
Había explicado cien veces que el ser humano es social y que la calidad de su existencia depende directamente de las conexiones que establece a través del lenguaje, pero la única vez que se enamoró, no se atrevió a decirle nada.

Había explicado cien veces que el ser humano es social y que la calidad de su existencia depende directamente de las conexiones que establece a través del lenguaje, pero la única vez que se enamoró, no se atrevió a decirle nada.

Entramos en la tienda. Antigüedades Fernández. Nos recibió un cuco disparando un pájaro desde la esquina. Cantó seis veces y luego se encerró en su jaula. Por el aspecto de la madera sin colorear y la forma de la casa de calado plano, supe enseguida que se trataba de un Eisenlohr, de mediados del XIX. Había catalogado uno parecido no hacía mucho. Junto a él, dos mesas gemelas de patas mordisqueadas, revelaban la presencia de larvas abandonando montoncitos de serrín junto a los orificios. Olía intensamente a madera, las ventanas estaban cerradas y el polvo oscurecía la superficie de varios objetos seleccionados con cuidado. Un frutero de cristal azul bañado en oro imploraba más luz para apreciar sus detalles. Miré al fondo y le vi entre sombras manipulando una caja rota. La esfera desecha, las gafas al filo de nariz, los ojos certeros y las manos tiznadas engrasando el anclaje del mecanismo. El flexo recortaba la escena como en los bodegones barrocos. No estuve segura de que era el dueño hasta que Emilio se adelantó.
-Buenas tardes, veníamos buscando los corazones de la señora Rosa.
El anciano (le calculé unos ochenta) despegó los ojos del reloj descuartizado y nos hizo un gesto que interpreté como una invitación a pasar.
-Disculpe- Insistió Emilio -Siento interrumpirle.
-Están al fondo- Arrojó sin más- Enciendan la luz junto a la puerta y entreténganse un rato. Acabo esto y les atiendo.
Salvamos la montaña de muebles intentando no causar estropicio hasta alcanzar la puerta. Emilio me cedió los honores y la entreabrí. Un neón afilado tembló en el techo y nos deslumbró hasta que apareció ante nosotros la pared lacrada de corazones cincelados, repujados y calados en plata. Emilio me apretó la mano y no dijimos nada. Experimenté un placer físico, casi hiriente, como de punta de alfileres. Me estremecí.
-Piezas de culto- Pronunció frotándose las manos en el delantal- Ofrendas de altares para los días de fiesta. Los más antiguos son del XVI; en las esquinas. La mayoría son exvotos a la Virgen para agradecer las buenas cosechas, aunque Doña Rosa, su anterior dueña, me contó otra historia.
-¿Son todos de la misma propietaria?- Pregunté separándome de Emilio y acercándome embelesada.
-Sí. Los reunió durante años. Repartidos en los salones de su finca. Ya ve, a algunos les da por coleccionar sellos y a Doña Rosa…
-Pero ¡Esto debe costar una fortuna!- Añadió Emilio, pensando como siempre en números.
-No se crean. Tuve suerte de encontrarlos a un buen precio. Doña Rosa no heredó fortuna de marido alguno. La suya, le llegó quinceañera. Apareció un día paseando los rizos negros, la sonrisa amplia y las enaguas brillantes por calle Sierpes, con un apellido heredado de un primo emparentado con la Duquesa Roja.
-Doña Luisa Isabel Álvarez de Toledo y Maura, tres veces Grande de España- añadí sin separarme de los corazones y abriendo los ojos más aún.
-Pues… sí. Parece informada -Afirmó observándome como al cuco destripado.
-¿Y cómo han llegado hasta aquí?- Volvió a cuestionar Emilio.
-El primero que me vendió fue el del centro. El maestro que lo trabajó debió pasar días estirando la plata para conseguir esos hilos y hacer el calado.
-Parece encaje de bolillos- Interrumpió Emilio.
-Es veneciano. Principios del XIX. Una copia del original que perteneció a la Cofradía de San Marcos. Doña Rosa lo compró en el sesenta y ocho, si no recuerdo mal.
-¿Por qué reunía corazones?- Pregunté ensimismada.
-Si le interesa, le contaré un cuento- Emilio me miró extrañado y yo asentí expectante.
-La chica era pobre, sumisa y disciplinada. Una Cenicienta infeliz que pasó su infancia en Verona, escribiendo mensajes de amor en la supuesta casa de Julieta. Al quedar huérfana y, convertirse de pronto en princesa sevillana, soñó con encontrar un Montesco al que amar para siempre y regresar a su tierra natal algún día. Pero los planes se torcieron y no tuvo final feliz. Por más que rezó a la Macarena; y recreó altares cada mayo para enaltecerla; y gastó su fortuna en corazones de plata; Romeo no apareció nunca y Doña Rosa, murió de pena.
-¿De pena?- Desconfió Emilio arrugando el entrecejo.
-Bueno, de pena y… La visité en La Estrella, la residencia de ancianos. Semanas antes morir. Fue el año pasado… Don Antonio -me dijo- No me venda el primero que le empeñé. Se lo regalo. A lo mejor, usted, que tan bien se lleva con San Antonio, consigue mejores frutos. Pero qué dice Doña Rosa, si yo a la única que he querido siempre es a usted. Bromeé con ella. Entonces me cogió la mano y me miró a los ojos y me trasladó a la primavera del sesenta y ocho.
Doña Rosa se levantó temprano y prendió azahares en su blusa bordada. Se atusó los rizos, se colocó su mejor peina y bajó a desayunar al jardín. Estrella lo tenía todo dispuesto. La mosquitera del columpio alzada, el mantel recién planchado, el té sin hervir, las tostadas con miel y manchego. Llevaba años organizando a la misma hora el mismo ritual.
-Que tenga un buen día señora- deseó retirando la bandeja, tras comprobar que todo era de su agrado.
-Gracias- Respondió con el primer balanceo- Por cierto- añadió sin mirarla- Dile a Paco que descuelgue el tapiz del salón rojo. Hoy esperamos un nuevo envío desde Italia.
-¿Otro corazón señora?- Se adelantó sin pensarlo.
Doña Rosa destapó la tetera y absorbió su calma cerrando los ojos. Se quedó prendada en algún recuerdo y, al escuchar alejarse a Estrella, sacó del pecho una foto, suspiró lamiendo una lágrima y susurró “Sí, otro más, Rosita, otro más. Y esta vez, será el último”.
-¿Éste es veneciano?- Indagó Emilio señalando la filigrana y quebrando sus recuerdos -Algo gordo debió ocurrir para empeñarlos ¿cómo se arruinó?- Añadió dando por supuestas demasiadas cosas.
Don Antonio dejó de mirarme, retomó en silencio sus pasos y volvió a la tarea como si estuviese todo dicho.
-Qué tipo más raro- Vámonos de aquí.
Me acerqué aún más al santuario de corazones. Todos tenían cincelados cuatro iniciales. Las dos primeras, siempre coincidían. R. A. Las siguientes, variaban en cada ejemplar. El del centro, el veneciano de filigrana, marcaba A. F. Recordé el nombre de la tienda, “Antigüedades Fernández” y el de su dueño, “Don Antonio”. Tomé a Emilio de la mano y desaparecimos. No sabía por qué, pero me sentía una profanadora de tumbas. El resto, preferí imaginarlo.

Relato corto. Taller de Escritura. 7 de febrero de 2009.
(En esta ocasión, el ejercicio consistía en escribir un relato libre, realizando un salto temporal; no pude evitar inspirarme en la historia que me contó mi amigo Pedro. No dejen de visitar su blog http://florescaras.blogspot.com/. Las imágenes que acompañan al relato, pertenecen a su serie "grandes esperanzas" que a finales de febrero se expondrá en Basel -Suiza-)

Me costó encontrarla, pero había conseguido comprar la maleta aquella misma mañana: Samsonite, modelo spinner, 4 ruedas, 72 cmts, roja. Podía sentir el tacto arrugado de la nota en el bolsillo de mi falda. La apreté y me aproximé hasta la terminal de salidas. Faltaban diez minutos para las cinco.
No había probado bocado desde la noche anterior y el vacío me golpeaba el estómago. Me detuve en mitad de la pasarela llena de viajeros e intenté memorizar el máximo número de detalles. Me temblaban las piernas y temía caer desplomada. Éramos muchos, había demasiadas maletas, abundaban las rojas. La multitud paseaba una extraña mezcla de ropa y complementos. Pieles, maxibolsos con botines de plataforma, vaqueros, bermudas, sandalias. Todo el fondo de armario disponible en los cinco continentes. Un caniche con un abriguito a cuadros reclamaba la atención de un golfista vestido igual. A su lado, una pareja de ancianos endebles se enzarzaba en una discusión absurda sobre la disposición de sus baúles en un solo carro y, a mi izquierda, dos imberbes devoraban un bocata entre beso y beso, mientras una desbandada de adolescentes perseguidos por sus maestros corría hacia una de las colas de facturación. Detrás, una pequeña despistada con gafas y trenzas rubias me recordó a Laura.
Paré, descargué el peso en el suelo, respiré hondo y estrujé la nota con rabia. Cerré los ojos y traté de concentrarme en el recorrido. Pasado el quinto mostrador de facturación verá el luminoso azul de Finnair, gire a la derecha y continúe recto hasta llegar a la cafetería Colombia. Dispone de mesas en el exterior. Siéntese y espere. El contacto llegará a las cinco. Sentí una arcada. Me faltaba el aliento, la sala encogía y el ruido aumentaba. Recordé a mi pequeña apretando mi espalda con un abrazo esponjoso recogido en mi hombro. Ves, mamá, encajamos como dos piezas de puzzle, decía sonriéndole a la pantalla del portátil y cambiando los colores de mis diseños. Aceleré el paso y dejé de pensar. Me senté frente a un tipo enorme que hojeaba un periódico removiendo un café. No llevaba equipaje. Me fijé en sus zapatos afilados y su camisa morada. Por los pliegues, supuse que llevaba horas de retraso y espera.
Alguien se aproximó por mi espalda. Su olor leñoso y azucarado me recordó al almizcle. Con un movimiento felino cambió la maleta. El aroma se esfumó. Fue un segundo. A mi lado, una Samsonite, modelo spinner, 4 ruedas, 72 cmts, roja. Sólo sus pasos. No me giré. Esperé los treinta minutos indicados en la nota y sonó el móvil. Lo cogí.
-Elena, ¿dónde estás? Ha llamado la policía. Han encontrado a Laura. Está viva.
Relato corto. Taller de Escritura. 31 de enero de 2009.
(En esta ocasión, el ejercicio consistía en escribir un relato libre proponiendo una intriga resuelta en la misma historia)
Mi primera maleta fue roja.
Dedicado especialmente a chambarural y al tío paco...
La abuela murió de vieja, con más de noventa años y nos legó un montón de trastos concentrados en una sola habitación; la suya. En casa teníamos cinco. Una para papá y mamá, dos más para mis hermanas, la mía y la de la abuela. La suya estaba aislada. Le gustaba estar sola. Dormía junto a la cochera, en un cubículo asimétrico que hizo papá aprovechando las obras del sótano. Estaba llena de fotografías antiguas bajo esas láminas de cristal sujetas por clips que no necesitan marco. Tras el funeral, por ser la mayor de mis hermanas, me tocó guardarlas en una caja y entonces ocurrió. Resbaló de las manos aquella fotografía de sus pies pintados de henna, estalló el cristal y un par de hojas se debatieron en el aire hasta rozar el suelo. Las leí.
París, 18 de septiembre de 2001.
Me encantó pasear contigo. Aquí todo empieza a llenarse de agua; el cielo, las manos, los ojos. Los recuerdos no me dejan pasear por las calles de antes. Ni siquiera sé si esto es bueno. ¿Quieres saber qué se siente? Un prisma cristaliza lo que resta de tarde, el último instante de luz que escapa urgente de un horizonte negro como nunca. La esponja de mi nariz absorbe la humedad que deja lluvia olvidada en los charcos. Estoy asustada. Mi imagen se multiplica sobre la pirámide que me persigue. Siento su peso de años sobre la espalda. Grito de miedo. Alguien sonríe e imagino su rostro atragantado de sombras. Hace frío. Los huesos crujen y el pecho tiembla. Mi rostro se torna de un azul que no me gusta. El aire se satura. La presión me quema los labios y el resto del mundo desparece. Desaparezco. No soy más que un ángulo del prisma que me contiene. Arrastro mis huesos sobre el recuerdo de días mejores y pienso inevitablemente en ti, en tu sonrisa, en tus ojos. Te imagino cerca y el otoño se llena de matices insospechados.
Madrid, 28 de septiembre de 2001.
Empiezo a pensar que todo lo que dices se va a continuar dentro de poco. Dejas un regusto a algo inacabado que promete una vuelta esperanzadora. Cuando quiebras en un gesto de dolor, a la vez estás prometiendo una sonrisa postrera… Hay días que esa sonrisa no llega, pero creas la espera. A veces pienso que debería haber alguna ciudad en el mundo que fueras tú, para perderse dentro. Imagino una Venecia o una Constantinopla como tú, excesivamente anegada de agua en septiembre tras la gota fría, a la espera de soles venideros y de evaporaciones. Me encanta la idea de que seas una ciudad. Puedo imaginar el horizonte rojizo de nubes ensortijadas enredadas en las torres torcidas de las pequeñas iglesias, y en el crepúsculo dos ojos profundos que se camuflan entre los ribetes del cielo. Al final, luces de gas que se encienden intermitentemente entre una brisa fría y prometedora. Una luna salvaje, enorme como una paellera para San Pedro. Y tu voz, en el agua.
Te añoro. Añoro personas humanas. Aquellas donde el otro se convierte en una aventura distinta de uno mismo, añoro “alguienes” con tesoros por descubrir y regalar, libremente, libre-mente… Hablar con alguien que ofrezca resistencia y alternativa, alguien capaz de inventar mundos que nunca habría conocido de otra forma. Y no hablo de idealizaciones extramundanas. Estoy en el mundo, soy del mundo y conozco los temores y las perezas que nos acechan. No obstante, creo que sobre esto es capaz de alzarse la sensibilidad y la profundidad, el valor y el sentido que afloran espontáneos en una conversación casual entre desconocidos.
A mí también me encantó pasear contigo y conocerte y sentirte cerca.
Javier.
No sé el tiempo que pasé sujetando las cartas sobre mi pecho y respirando a tropezones. Tampoco recuerdo lo que había tras la ventana y si hacía frío a pesar del invierno. Las doblé bajo el delantal y subí corriendo las escaleras.
-Mamá ¿qué año fue cuando la yaya estuvo en aquel balneario francés para descansar?
-Ay hija, no sé… Ya sabes lo culillo de mal asiento que era tu abuela. Siempre viajando y haciendo de las suyas. No la disfrutábamos ni un mes completo. Suspiró.
No sé, no sé… A ver, eso fue después de volver de Estados Unidos y visitar a los Kane. El año de las torres gemelas, creo.
-O sea, en el 2001. Hace un par de años.
-Si no recuerdo mal, sí. Y ¿para qué quieres saberlo?
Sonreí.
-Ah, por nada… Simple curiosidad.
Relato corto. Taller de Escritura. 10 de enero de 2009.
(En esta ocasión, el ejercicio consistía en escribir un relato con dos remitentes. Decir que como soy fetichista de mis recuerdos y guardo absolutamente toda la correspondencia que he recibido durante años y hasta algunos fragmentos de las cartas que escribí, la primera carta utilizada es real -incluidos el lugar y la fecha- y la tomé prestada de un relato anterior; en cuanto al segundo remitente, comentar que he intentado hacer un pequeño homenaje a varias voces que han llenado mi vida a través de sus palabras. Las fotos que acompañan son de Elliott Erwitt http://www.elliotterwitt.com/lang/es/index.htm
Las hice en una retrospectiva que se celebró en Mallorca en el año 2006. Me gusta el desenfoque y los reflejos del cristal. Soy mala fotógrafa, pero a veces el resultado me satisface.)

Al comprobar que le habían quitado el móvil en su casa, la dueña decidió llamar a su número desde el fijo. Al otro lado estaba el presunto ladrón.
-Tranquila señora, no se preocupe. Su bolso está al final de la rampa del jardín –señaló de forma clara, sujetando con la otra mano un cigarrillo a medias.
-¿Quién es usted? ¿Por qué me hace esto? ¿Dónde están mis cosas?- preguntó desconcertada.
- Yo… -Pronunció absorbiendo el humo y reteniéndolo un instante- Le estoy diciendo que el bolso está en el jardín.
- Pero ¿Cómo se atreve a entrar en mi casa? ¿Qué quiere de mí?... Ahora mismo llamo a la… ¿oiga? ¿oiga? ¿Sigue ahí?...
Apartó el teléfono de su oreja para mirar la pantalla. Le habían colgado. ¿Quién era aquel tipo? ¿Por qué había entrado en su casa? Y lo peor de todo ¿Por qué había respondido al teléfono que le había robado? No podía dejar de hacerse preguntas, mientras colgaba el auricular y se apresuraba a cerrar ventana, abierta de par en par, sin detenerse a pensar que, quizás, estaba borrando las huellas del delito.
Dudó un instante entre llamar a la policía o recuperar su bolso, antes de que la noche y la luz fundida de la farola complicaran la búsqueda. Comenzó a sentir frío; como si parte del aire revuelto al cerrar la ventana, se hubiese pegado a su estómago. Cerró los ojos y aspiró con fuerza para recuperar el aliento; entonces, apareció la imagen de aquel tipo raro que le había pedido fuego al salir del metro. Se había acercado por sorpresa mientras guardaba en la cartera el abono mensual.
-¿Tiene fuego?
-Depende- Sugirió coqueta al descubrir una sonrisa envidiable sobre un cuerpo diez -Perdone, claro. En qué estaré pensando…- Remedió bajando la mirada.
-¿Si no le importa?
Tras rebuscar en las marañas ocultas de uno de sus bolsos sin fondo, encontró una caja de cerillas del último restaurante al que le había invitado Damián, su ex–novio de toda la vida.
-El Oasis… ¿Suele ir por allí?
-No mucho. En realidad, sólo he ido una vez.
-¿Le gustó?- Pronunció absorbiendo el humo y reteniéndolo un instante.
-Sí, claro. Es un sitio caro- Matizó -Nouvelle cuisine, ya sabe…
Su sonrisa se transformó en una escalera de poker.
-Me llamo, Iván- Pronunció a la vez que sustraía una pluma del bolsillo de la camisa y escribía un número en la cajetilla -Cuando quiera volver, sólo tiene que llamarme- Añadió antes de dar media vuelta y apresurar el paso en dirección contraria.
Ella lo observó marcharse sin dar crédito a lo que estaba pasando. Aquel maravilloso enviado de los dioses se había acercado, le había hablado, le había sonreído, le había anotado su número de teléfono y… ¿le había respondido a su móvil? Abrió los ojos y la boca en un gesto exagerado de tragedia griega, regresando al presente. No podía creerlo… -¿Iván?- repitió en voz alta recordando su nombre. Apto seguido, avanzó hacia la puerta, se coló con pies de gata entre el romero y la madreselva y observó atónita su bolso colgado de la reja principal. Junto a él, una nota manuscrita y un ramillete de flores pálidas extirpado de su propio jardín. “Perdone, no tengo intención de asustarla. Es usted tan hermosa... No sabía cómo retenerla, la seguí, la ventana estaba abierta y el resto, ya puede imaginarlo… En fin, ya tiene mi número. No se asuste y llámeme cuando quiera. Sin rencores. Iván”.
Relato. Taller de Escritura. 11 de noviembre de 2008.
(En esta ocasión, el ejercicio consistía en escribir a partir de algún artículo o titular de prensa que nos hubiese llamado la atención. Yo encontré una noticia en la que un ladrón había robado el bolso de una señora en su misma casa y le había respondido al móvil. El resto, por supuesto, es literatura...)