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miércoles, 11 de febrero de 2009

EXVOTOS



Entramos en la tienda. Antigüedades Fernández. Nos recibió un cuco disparando un pájaro desde la esquina. Cantó seis veces y luego se encerró en su jaula. Por el aspecto de la madera sin colorear y la forma de la casa de calado plano, supe enseguida que se trataba de un Eisenlohr, de mediados del XIX. Había catalogado uno parecido no hacía mucho. Junto a él, dos mesas gemelas de patas mordisqueadas, revelaban la presencia de larvas abandonando montoncitos de serrín junto a los orificios. Olía intensamente a madera, las ventanas estaban cerradas y el polvo oscurecía la superficie de varios objetos seleccionados con cuidado. Un frutero de cristal azul bañado en oro imploraba más luz para apreciar sus detalles. Miré al fondo y le vi entre sombras manipulando una caja rota. La esfera desecha, las gafas al filo de nariz, los ojos certeros y las manos tiznadas engrasando el anclaje del mecanismo. El flexo recortaba la escena como en los bodegones barrocos. No estuve segura de que era el dueño hasta que Emilio se adelantó.

-Buenas tardes, veníamos buscando los corazones de la señora Rosa.

El anciano (le calculé unos ochenta) despegó los ojos del reloj descuartizado y nos hizo un gesto que interpreté como una invitación a pasar.

-Disculpe- Insistió Emilio -Siento interrumpirle.

-Están al fondo- Arrojó sin más- Enciendan la luz junto a la puerta y entreténganse un rato. Acabo esto y les atiendo.

Salvamos la montaña de muebles intentando no causar estropicio hasta alcanzar la puerta. Emilio me cedió los honores y la entreabrí. Un neón afilado tembló en el techo y nos deslumbró hasta que apareció ante nosotros la pared lacrada de corazones cincelados, repujados y calados en plata. Emilio me apretó la mano y no dijimos nada. Experimenté un placer físico, casi hiriente, como de punta de alfileres. Me estremecí.

-Piezas de culto- Pronunció frotándose las manos en el delantal- Ofrendas de altares para los días de fiesta. Los más antiguos son del XVI; en las esquinas. La mayoría son exvotos a la Virgen para agradecer las buenas cosechas, aunque Doña Rosa, su anterior dueña, me contó otra historia.

-¿Son todos de la misma propietaria?- Pregunté separándome de Emilio y acercándome embelesada.

-Sí. Los reunió durante años. Repartidos en los salones de su finca. Ya ve, a algunos les da por coleccionar sellos y a Doña Rosa…

-Pero ¡Esto debe costar una fortuna!- Añadió Emilio, pensando como siempre en números.

-No se crean. Tuve suerte de encontrarlos a un buen precio. Doña Rosa no heredó fortuna de marido alguno. La suya, le llegó quinceañera. Apareció un día paseando los rizos negros, la sonrisa amplia y las enaguas brillantes por calle Sierpes, con un apellido heredado de un primo emparentado con la Duquesa Roja.

-Doña Luisa Isabel Álvarez de Toledo y Maura, tres veces Grande de España- añadí sin separarme de los corazones y abriendo los ojos más aún.

-Pues… sí. Parece informada -Afirmó observándome como al cuco destripado.

-¿Y cómo han llegado hasta aquí?-  Volvió a cuestionar Emilio.

-El  primero que me vendió fue el del centro. El maestro que lo trabajó debió pasar días estirando la plata para conseguir esos hilos y hacer el calado.

-Parece encaje de bolillos- Interrumpió Emilio.

-Es veneciano. Principios del XIX. Una copia del original que perteneció a la Cofradía de San Marcos. Doña Rosa lo compró en el sesenta y ocho, si no recuerdo mal.

-¿Por qué reunía corazones?- Pregunté ensimismada.

-Si le interesa, le contaré un cuento- Emilio me miró extrañado y yo asentí expectante.

-La chica era pobre, sumisa y disciplinada. Una Cenicienta infeliz que pasó su infancia en Verona, escribiendo mensajes de amor en la supuesta casa de Julieta. Al quedar huérfana y, convertirse de pronto en princesa sevillana, soñó con encontrar un Montesco al que amar para siempre y regresar a su tierra natal algún día. Pero los planes se torcieron y no tuvo final feliz. Por más que rezó a la Macarena; y recreó altares cada mayo para enaltecerla; y gastó su fortuna en corazones de plata; Romeo no apareció nunca y Doña Rosa, murió de pena.

-¿De pena?- Desconfió Emilio arrugando el entrecejo.

-Bueno, de pena y… La visité en La Estrella, la residencia de ancianos. Semanas antes morir. Fue el año pasado… Don Antonio -me dijo- No me venda el primero que le empeñé. Se lo regalo. A lo mejor, usted, que tan bien se lleva con San Antonio, consigue mejores frutos. Pero qué dice Doña Rosa, si yo a la única que he querido siempre es a usted. Bromeé con ella. Entonces me cogió la mano y me miró a los ojos y me trasladó a la primavera del sesenta y ocho.

 

Doña Rosa se levantó temprano y prendió azahares en su blusa bordada. Se atusó los rizos, se colocó su mejor peina y bajó a desayunar al jardín. Estrella lo tenía todo dispuesto. La mosquitera del columpio alzada, el mantel recién planchado, el té sin hervir, las tostadas con miel y manchego. Llevaba años organizando a la misma hora el mismo ritual.

-Que tenga un buen día señora- deseó retirando la bandeja, tras comprobar que todo era de su agrado.

 -Gracias- Respondió con el primer balanceo- Por cierto- añadió sin mirarla- Dile a Paco que descuelgue el tapiz del salón rojo. Hoy esperamos un nuevo envío desde Italia.

-¿Otro corazón señora?- Se adelantó sin pensarlo.

Doña Rosa destapó la tetera y absorbió su calma cerrando los ojos. Se quedó prendada en algún recuerdo y, al escuchar alejarse a Estrella, sacó del pecho una foto, suspiró lamiendo una lágrima y susurró “Sí, otro más, Rosita, otro más. Y esta vez, será el último”.

 

-¿Éste es veneciano?- Indagó Emilio señalando la filigrana y quebrando sus recuerdos -Algo gordo debió ocurrir para empeñarlos ¿cómo se arruinó?- Añadió dando por supuestas demasiadas cosas.

Don Antonio dejó de mirarme, retomó en silencio sus pasos y volvió a la tarea como si estuviese todo dicho.

-Qué tipo más raro- Vámonos de aquí.

Me acerqué aún más al santuario de corazones. Todos tenían cincelados cuatro iniciales. Las dos primeras, siempre coincidían. R. A. Las siguientes, variaban en cada ejemplar. El del centro, el veneciano de filigrana, marcaba A. F. Recordé el nombre de la tienda, “Antigüedades Fernández” y el de su dueño, “Don Antonio”. Tomé a Emilio de la mano y desaparecimos. No sabía por qué, pero me sentía una profanadora de tumbas. El resto, preferí imaginarlo.

Relato corto. Taller de Escritura. 7 de febrero de 2009.

(En esta ocasión, el ejercicio consistía en escribir un relato libre, realizando un salto temporal; no pude evitar inspirarme en la historia que me contó mi amigo Pedro. No dejen de visitar su blog http://florescaras.blogspot.com/. Las imágenes que acompañan al relato, pertenecen a su serie "grandes esperanzas" que a finales de febrero se expondrá en Basel -Suiza-)

martes, 9 de diciembre de 2008

DESDE EL LUNES



Llevo desde el lunes intentando escribir unas frases sobre lo que pienso al despertar y tratando de acordarme de las recomendaciones básicas que anoté en clase para abordar el ejercicio en cuanto llegase a casa. Pero pasó el lunes y no lo tuve claro por que no surgieron esos sueños extraños que tanto me gusta contar y que tan pronto me hacen sudar recorriendo un laberinto imposible de escaleras y portalones huyendo de no se quién; que escaparme con Zapatero para investigar los bajos fondos y terminar en un jacuzzi haciendo manitas; o programar una escapada en una habitación flotante plagada de tiburones-grillo… En fin, que llegó el martes y ocurrió, que a media mañana traté de recordar cual había sido esa primera sensación y no apareció nada, excepto el sonido de la alarma vibrátil del último modelo de Nokia que me vendió aquel tipo bajio de Vodafone –qué me gustan los tipos bajitos que saben engatusarme con palabrería y maquinitas raras-. El miércoles, pasó que no dormí apenas y de tanto dar vueltas y restregarme las sábanas maldiciendo la dosis extra de teína del martes, me levanté refunfuñando no sé qué historias sobre calcetines sucios, la humedad del baño y los tacones de la vecina y claro, no había forma de encajar esta ristra de inconsistencias con algo levemente coherente que contar el sábado. El jueves tarde me dije: “De hoy no pasa” y me  procuré el escenario adecuado entre los usuarios de la Biblioteca Cánovas, un montón de mochileros tranquilos regentados por dos cincuentonas repintadas intercambiando menús de Arguiñano. Busqué un hueco junto al ventanal del fondo, en la única mesa disponible. Desenvolví mi montón de hojarasca sucia, los stbilo de colores y limpié con decisión el cristal de las gafas. Luego, mientras brotaban las ideas que estaba segura tendrían que llegar, me entretuve mirando por la ventana y deseando alargar el triángulo soleado que iluminaba parte de la mesa y mi brazo izquierdo e imaginé, entonces, que era un primer indicio de la primavera que tanto añoro desde que aterrizó este otoño de lluvias, morenos desteñidos y montones de propaganda sobre el inicio de cursos y descuentos en los gimnasios. Y se me pasaron las horas trabada en las musarañas, sin intención alguna de maldecirme por nada, por entrometerme en los tics de la rubia de enfrente o calcular la edad del barbudo que leía con lupa la prensa deportiva.

Hoy es viernes, son las nueve y cuarto de la mañana y acabo de encontrar la libreta en la que anoté los puntos necesarios para el ejercicio propuesto: No utilizar palabras gastadas, soltar el texto y, en una fase posterior e incluso en un espacio diferente, ajustarlo y corregirlo; evitar la retórica, las frases hechas y contar algo entretenido; o sea,  nada parecido a lo que acabo de contar. Si es que… ya me lo temía yo, tenía que haber elegido la otra opción: entrecruzar palabras dispares y comenzar diciendo aquella cursilada que tanto el gustó a Jesús cuando la solté: “Tú a lo tuyo y mis manos… mis manos llenas de termitas interminables”.

Primer Ejercicio. Taller de escritura. 10 de octubre de 2008.