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viernes, 15 de enero de 2010

PIXHÍDRALA Y MASPODONTE

—He hablado con alguien que afirma conocerte mejor que yo. ¿Debería preocuparme?

Antonio se giró dejando cuajar las patatas a fuego lento. Soltó la espátula sobre la mezcla y la vio apoyada en el quicio de la puerta. Los ojos le brillaban.

—Qué tontería es esa.

—No sé. Dímelo tú. Estuve en el cine.

—¿Tú en el cine? ¿Desde cuando te gusta el cine? —dijo quitándose el delantal y dejándolo en el poyete.

—Desde nunca, pero tuve que hacerlo. Me contaron que la película te encantó. Me pasé hora y media intentando averiguar por qué.

Antonio sacó un mantel recién planchado del mueble y extrajo tres cubiertos del lavavajillas. Luego se acercó a su esposa, la besó en los labios y se adentró en el pasillo hasta el salón. Con la tela a cuadros cubrió la mesa. Ella lo siguió con la chaqueta al hombro y la mano en el bolsillo.

—Por lo visto Pixhídrala te ha cautivado. Una dragona astrónoma que pasea a un palmo del suelo y se ilumina al andar. Menuda tontería.

—Centellea.

—¿Qué?

—Que centellea. No como esos bichos que investigas con su luz verdiblanca y pegajosa, sino en arcoiris. Se incendia cuando sonríe con un resplandor que ilumina sus siete cabezas.

—Las luciérnagas también resplandecen, Antonio. Si aprovechásemos su radiación…

—Sí, ya lo sé, ahorraríamos energía, tiempo y blablablá, blablablá, blablablá... Yo la prefiero a ella. ¿Te fijaste en sus cabezas? Roja, naranja, amarilla, verde…

—Sí, en las siete. En la azul, la añil, la violeta. Un auténtica cursilada. No me extraña que las niñas nos volvamos tontas.

Antonio regresó a la cocina con su esposa pegada a la espalda.

—Y el otro ¿Cómo se llamaba?

—¿Quién?

—Mascla…Mastro…

—Maspodonte.

—Eso. Maspodonte. Menudo héroe. Cojo y tuerto.

Antonio pinchó la tortilla con el tenedor, comprobó que no había restos de huevo en sus dientes y apagó la vitrocerámica. No ha entendido nada, pensó. Seguro que se durmió a la mitad, después de inflarse a palomitas y sorber el hielo de la coca-cola.

—Maspodonte no es cojo. Tiene un solo pie y un único ojo, como todos los de su raza. Es un híbrido entre Arimaspos y Sciápodas.

—Un cafre. Siempre llega tarde.

—Sí, pero consigue avisar a Pixhídrala de las intenciones del rey.

Antonio llenó la jarra en el fregadero y simulando empuñar un arma retó a su esposa a llevarla al salón. Reni dejó la chaqueta en la silla y aceptó el desafío con ambas manos. Él la siguió con tres vasos.

—Esa es otra. Qué hacen dos raritos divagando sobre árboles mientras se acaba el mundo.

—Parece mentira que seas científica Reni. Ella es ecologista. Adora los árboles. Cuando se frota el lomo en la corteza del fresno es feliz. ¿No te acuerdas del berrinche de Carlitos cuando tiramos su pececillo al váter? —añadió regresando a la cocina y apagando el extractor—. Pixhídrala está triste porque el rey piensa talarlos y construirse otro jardín.

Reni abrió la nevera y cogió una lata. Al abrirla se inundó de espuma. Trató de impedir que se derramara chupando los bordes. Antonio volvió al tema.

—¿A que te gustó que Maspodonte le regalara su lente?

—¿Te refieres al monóculo roto que ella transformó en telescopio? —añadió relamiéndose los labios blancos—. Eso no se lo cree nadie.

—A mí me pareció romántico. Sacrificó su anteojo para que su chica cumpliese su sueño.

—Sí, y para confirmar que las estrellas se mueven y no permanecen quietas en el Universo. Otra invención absurda. Todo el mundo sabe que fue Halley quien llegó a esa conclusión, no una dragona fosforita ayudada de un tuerto.

—Qué pesadita estás. Que no es tuerto. Que es así. Raro. Como tú con tus manazas —dijo buscando la fregona para recoger la cerveza del suelo.

Reni lo miró pensativa y bebió otro sorbo.

—Bueno y todo para nada. Al final como siempre. Chica lista busca chico tonto y cuando está en el bote ¡zas!, desaparece.

Antonio dejó la fregona y el cubo y buscó otra lata en la nevara. Al tocarla miró a Reni

—¿La tuya está fría?

—No mucho.

—Y si se quieren tanto, ¿por qué no terminan juntos?

—Tenemos que llamar al técnico —dijo devolviéndola a la nevera—. Este trasto nos dará problemas.

—Pues porque no, Reni. Porque Maspodonte se debe a su pueblo y enamorarse de una Hidra significa el fin de su especie.

—Ya estamos con los tópicos. Chorradas.

—A ver ¿Tú que harías si por decreto real se impidiesen los matrimonios entre López y Garcías?

—Antonio, que yo no soy monárquica.

—Contesta…

—Que no Antonio, que no. Que por mucho que te empeñes, si el peludo enano y la dragona teñida no acaban juntos, se arruina la historia.

—Bueno… Está bien —dijo acercándose y pellizcándole la barbilla. —Tú ganas. Si a mí también me fastidia. Que diga Carlitos lo que lloré. Se me empañaron las gafas 3D y no podía ver nada.

Reni apuró la cerveza y se acercó a su marido. Antonio le abarcó la cintura y relamió los restos de espuma caliente goteando en la barbilla. Luego, con la mano derecha le acarició el entrecejo e intentó alisarlo.

—Como se os ocurra volver al cine sin mí me enfado.

Él negó con la cabeza y volvió a besarla. Esta vez despacio, entretenido.

—¡Carlos! ¡A cenar! Mamá está en casa.



Relato Corto. Taller de Escritura. 14 de enero de 2010.

(En esta ocasión, el ejercicio consistía en trabajar sobre bestiarios o seres imaginarios. Jugar con la fantasía es un reto divertido. Te permite traspasar barreras y adentrarte en mundos increíbles. No me extraña que muchos se hayan enganchado a este género literario.
Me hubiese gustado conocer mejor a mis queridos monstruos... PIXHÍDRALA, procede de la famosa tribu de las Hidras de Lerna. Es extrovertida, soñadora, seductora. Nunca posa los "pies" en la tierra y trabaja mirando el cielo. Es astrónoma. MASPODONTE, un híbrido entre el Arimaspos -raza humana con un solo ojo- y el Sciápodas -hombre de un solo pie-. Es bajito, pero fuerte. Fiel, romántico y entrañable. Trabaja en la corte real y sacrifica su amor por defender su especie. Un dramón, vamos.... ¿Alguien se atreve a dibujarlo?
La próxima vez, soy yo, la que no me pierdo la película... )

sábado, 9 de enero de 2010

EL DON DE LA BELLEZA



Susana aseguraba que leer a Terenci Moix frente al busto de Amenophis IV era una experiencia inolvidable. Por eso el vértigo que sentí ante su rostro anguloso me pareció producto de la inquietud descrita días antes. Mi esposa me despidió con la puerta entreabiarta y la bufanda en la mano. Disfruta y desconecta. Piensa en lo que te he dicho. París es especial y esa escultura tiene algo. Yo solía escaparme un par de veces al año, varios días, solo. Era la única forma de no sucumbir al estrés del cargo. Dirigir un instituto privado con alumnos insolentes y padres que resuelven su educación a base de talonario, exigía dedicación exclusiva y algún extra de valiums.

Siguiendo su recomendación el primer día aterricé en el Louvre. Expuesto al final de un laberinto que me costó más de una hora encontrar, el honorable faraón insistió en repetir las palabras subrayadas por Susana. Los párrafos marcados en rojo y adornados de florecitas hablaban de la grandeza de un nuevo imperio, del culto al sol y la egipcia más bella de todos los tiempos, Nefertiti. Me esforcé por comprender a Susana, por entender su emocionada visión de los hechos, por creérmelos. Pero al tercer monólogo insufrible me chirriaron las tripas y comprendí que necesitaba cambiar el Nilo por una cerveza helada. Desplegué el plano girándolo hasta encontrar la posición correcta y, sin atreverme a preguntar si estaba en el camino, emprendí mi viaje.

La cafetería convertida en hervidero de lenguas y turistas me dejó sin elección. Sólo quedaba un hueco en la barra, me senté y pedí la cerveza. Entonces la vi. Sobre la espuma blanca flotaba el perfil de una joven de pelo negro recogido en alto. Nariz, ojos, frente y moño dibujaban una oblicua perfecta acentuada por la proximidad del café que humeaba entre sus guantes. La contemplé hasta que decidió marcharse y la seguí.

Caminaba sobre botas de tacón de aguja sujetando un bolso peludo junto a la cadera. El abrigo rojo con cuello levita mostraba una abertura trasera a la altura del bolso. Su indumentaria parecía medida al milímetro, estudiada.

A escasos metros de la salida se detuvo frente a un escaparate, una tienda de perfumes y objetos exóticos con adornos navideños. Pasamos. Se adentró hasta la sección de música y, sin evitar los guantes, volteó unos auriculares para no estropearse el peinado. Embobado simulé consultar el precio de unas semillas en bolsa. Cuando dejó las canciones ocupé su lugar y descubrí que me fascinaban las baladas celtas. Nos situamos en colas paralelas. Ella con una caja de incienso de bergamota y yo con la discografía completa de Lorena McKennit y diez lotes de la misma fragancia. Pagamos, salimos y tomamos el metro. Dirección Gallieni hasta Opéra. Allí cambiamos de línea hasta Gambetta, el final del trayecto.

Llovía. La mujer sacó del bolso un paraguas diminuto para cubrir su moño. La seguí maldiciendo la ciudad de la luz y me dejé empapar. A pocos metros en pendiente apareció el cementerio de Père Lachaise. Entramos. El frío, la lluvia y la ventisca acentuaban el gris de las tumbas y el verde de los líquenes inflados como estropajos devorando el granito. Caminaba despacio esparciendo su reflejo en los charcos y un suave aroma a vainilla y cilantro. Su moño me pareció comestible. Se detuvo frente a una lápida. Un hombre yacía en el suelo con la camisa desabrochada y una notable erección. Parecía muerto en un asalto, de un disparo, sin tiempo para reclamar auxilio o escuchar el alboroto de los posibles testigos. El silencio se coló entre la figura, más gastada en la entrepierna, y sus tacones reblandecidos por la humedad. La mujer se agachó para evitar que el agua siguiese mojando su miembro. Yo la espiaba perplejo intentando mantenerme erguido para no perder su perfil. Apoyó el paraguas entre el hombro y la mejilla y extrajo del bolso un pañuelo y una varilla de incienso. Secó el bronce, la encendió y agachó la mirada. Se mantuvo así hasta que se extinguió. Luego le acarició la entrepierna tres veces y se llevó la mano a los labios pronunciando unas palabras que no conseguí entender. Se levantó y retomó la marcha.

De nuevo en el metro cambiamos de rumbo hacia la Porte d’Orleáns. Bajamos en la Place Denfert. Marcó unos dígitos en el número catorce y desapareció en el portal. No recuerdo el tiempo que permanecí esperándola.

Regresé al hotel excitado, confuso y pregunté en recepción por la misteriosa tumba. Me respondió un tipo alto y flacucho en voz baja. Se trata de Victor Noir. Falleció el día antes de su boda tras batirse en duelo con el sobrino de Napoleón III. Cuentan que las mujeres con problemas de fertilidad o cualquier tipo de enredo amoroso lo solucionan acariciándole el miembro. Dijo malmirando la holgura de mis vaqueros. ¿Se habrá fijado en su proporción, verdad? El tipo soltó una risita ridícula que imité sin lograrlo. Sí, sí… claro. Gracias por la información. Añadí volviendo a mi habitación sin dejar de pensarla. Me acosté sin cenar.

A la mañana siguiente regresé al Louvre, a la cafetería, a la misma hora. Busqué hueco en la barra y pedí otra cerveza. A mi lado, Nefertiti agotaba un café sin humo. Pagué su cuenta y abandoné el bullicio. Su olor se adhirió a mi espalda. Lo aspiré.

Me resistí a mirar.


Relato Corto. Taller de Escritura. 7 de enero de 2010.

(En esta ocasión, el ejercicio consistía en trabajar sobre la literatura de viajes. Me interesa especialmente la experiencia de viajar como acto único y personal y el empeño absurdo que ponemos a veces en recomendar momentos que para otros no significan nada. Dice Rafa que a los viajes hay que llevarse siempre una pregunta, quizás el protagonista de mi relato haya encontrado su respuesta. Yo la encontré en Venecia, ella estaba allí para dármela...)

jueves, 17 de diciembre de 2009

LOULOU

Danielle llegó a la estación de Montparnasse con media hora de antelación. Con el peluche bajo el brazo y apuntalando su bastón hacia la taquilla, compró el billete. Encontró un banco en el andén y se sentó al filo, con los pies muy juntos y el abrigo desabrochado. Tenía sueño, los ojos le pesaban e intentó aliviarse acariciando la panza de Loulou del mismo modo que lo hizo la mañana que abandonó para siempre el apartamento de la rue Saint-Claude.

Era una niña. Su padre, cubierto con la quipá que sólo usaba los sábados, la abrazó y le acarició el pelo mirando sus enormes ojos azules y la boca prieta. Danielle tiritaba por las medias rotas, el pis y por el aire que levantaba el vaivén de la falda de su madre. Temblaba sin entender aquel juego y lo hacía mirando a su padre que tiritaba igual.

—No llores y haz caso a mamá. Ven, vamos a ayudarla con las maletas.

Danielle sujetó su oso contra el pecho, se sentó en la alfombra junto a la cama y esperó a que terminasen. Salieron juntos y apretados. La madre entregó una maleta a la portera con las fotos, el candelabro, los libros y las tazas de porcelana, y su padre las acompañó al coche del amigo que las escondería en Angers. Danielle alargó su manita, acarició la chapa arqueada que cubría las ruedas delanteras y pensó en el tobogán del parque.

—¿Donde vamos habrá un parque?

Su madre le arregló el pelo, la ayudó a subir al coche que desprendía un fuerte olor a cuero y se sentó delante. Cuando el motor se puso en marcha Danielle pegó la boca al cristal trasero y ayudó a Loulou a despedirse moviéndole la patita.

Danielle pensaba en la silueta de su padre cada vez más borrosa cuando sonó el móvil. Tenía un mensaje de su hija: No te preocupes por Claude. Sigue sin fiebre. Preguntó por ti y volvió a dormirse. Disfruta la conferencia.

Anunciaron la salida del tren. Danielle recogió su bastón, sacudió los huesos y se encaminó hacia el vagón decidida. Durante el trayecto rechazó el servicio de auriculares y evitó la cafetería. Apoyó la cabeza en el respaldo y se adormeció mirando la cadena de árboles viajando al revés. Hora y media más tarde llegó a Angers, tomó un taxi hacia la Facultad de Letras y la recibió la doctora Blanchard.

—Bienvenida Danielle. Te hemos echado de menos.

—Mi nieto con gripe. Me quedé a cuidarlo.

—¿Y esto?

—Te presento a Loulou. Mi compañero de viaje —dijo extendiendo el brazo y mostrando al peluche sin el ojo-botón que perdió en su infancia. Recordó ese instante.

—Ha sido él mamá, te lo prometo —dijo Danielle en cuclillas, mostrando a Loulou y tirando la tiza con la que había garabateado la pared.

—Danielle…

—Yo no quiero llamarme Tellier. Ese apellido es feo.

—Danielle…

—Yo me llamo Schneck, Danielle Schneck. ¿Verdad, Loulou?

Danielle miró la pared desconchada. Había escrito muchas veces su nombre formando una cenefa irregular a la altura de sus ojos. Intentó levantarse cuando el habitáculo se estremeció por el ruido de las sirenas y su madre la obligó a bajar al sótano. En la huida, el oso se enganchó un ojo en la puerta y terminó en el suelo. Danielle gritó, pero su madre le tapó la boca y la arrastró en brazos saltando los escalones y dejando al oso tuerto tumbado sobre la alfombra mordisqueada y descolorida.

La doctora Blanchard miró a Loulou, intentó acariciarle una pata, dudó y cambió al hocico que no acarició tampoco. Danielle lo devolvió al pecho y calló un momento antes de decir en voz baja:

—Vamos, ya casi es la hora —Y adelantó a la doctora con el bastón, adentrándose en el salón de actos.

Un centenar de estudiantes esperaban curiosos su intervención como colofón a las jornadas sobre derechos humanos. Danielle atravesó el auditorio y se sentó en el estrado junto a la doctora Blanchard que pasó a presentarla.

—Para concluir este encuentro contamos con la inestimable presencia de la doctora Danielle Bailly…

Danielle posó el discurso impreso sobre la mesa y se fijó en el sello de la Facultad. Pensó en su madre a la luz de las velas del nuevo escondite en Grenoble. La presión alemana las había forzado a huir de Angers en un pequeño ómnibus ruidoso, frío y destartalado. Modelaba un trozo de mantequilla para copiar la marca de agua de los nuevos documentos. La tinta violeta le ensuciaba los dedos y la punta de la nariz.

—Te has manchado.

—Te he dicho que no me molestes cuando estoy con papeles.

—Tengo hambre.

—Pregúntale a Loulou qué quiere cenar.

Danielle regresó a la sala con el sonido de los aplausos y sentó a Loulou delante del micro, sobre los folios. Tardó unos segundos en reaccionar.

—Mi nombre es Danielle Bailly. Nací el 23 de marzo de 1936 en París. Tenía cuatro años cuando mi padre, Thadée Schneck, judío de origen polaco, se unió a las tropas francesas para combatir a los alemanes. Loulou estaba cuando ocurrió. Durante la guerra cambié de apellido y dirección en seis ocasiones. Tengo dos hijos que no conocieron a su abuelo y un nieto de cinco años al que le gusta Loulou. Procuro que viva sin frío, sin hambre. Que sea feliz. A los tres nos asusta la oscuridad.

Relato Corto. Taller de Escritura. 10 de diciembre de 2009.

(En esta ocasión, el ejercicio ha consistido en trabajar la analepsis -los saltos en el tiempo- utilizando la transición para suavizar y ayudar al lector. Teniendo en cuenta que un flash-back siempre debe informarnos de algo y debe transmitir inmediatez. Y, sobre todo, que debe ser atractivo y recrear un escena. En los saltos incluidos en mi relato he añadido algunos diálogos para potenciar la acción. Ha sido un placer viajar a los años 40. Espero que os guste.)

miércoles, 18 de noviembre de 2009

EN PAZ

Almorzaban mirando la tele cuando el techo se derrumbó. Un bloque de cemento y polvo del tamaño de una sandía cayó sobre el parqué removiendo vasos y platos y dejando al descubierto la cara del vecino que asomado, desde arriba, preguntaba si estaban bien. Arturo saltó con la camisa chorreando de tomate y la boca tan abierta como los ojos. Se pringó los dedos y avanzó hasta el agujero apretando el cuchillo, goteando salsa y resoplando. Maite se puso tan nerviosa al escuchar al vecino bajar las escaleras que abrió la puerta y le zampó dos besos, como a las visitas. Luego se quedó sin voz. Estaba convencida. Arturo lo mataría.

La primera noche que llegaron juntos y apretados, la despertó su risa y el sonido de los tacones. La vecina se esforzaba por bajar la falda y estirar el diminuto trozo de tela enrollado en la mano que se escurría por sus nalgas. Él se reía y le mordía la oreja un escalón por detrás para compensar su altura.

Tras las llaves y el portazo, Maite despegó el ojo de la mirilla, se ató la bata y regresó junto a su marido que dormía acurrucado a su almohadón de plumas.

El descanso se rompió enseguida.

-¿Qué son esos golpes? -preguntó Ernesto.

-La vecina –contestó ella contándole lo que había visto.

Arturo se limitó a desear que durase tan poco como el último capullo, apretó su almohadón y compadeció a los niños.

Los rugidos del colchón cesaron con el despertador, pero las ojeras regresaron al día siguiente y la intensidad, lejos de perder potencia, se hizo insoportable. A la tercera noche, Arturo, incapaz de cruzar palabra con la vecina, se hizo con todo tipo de artilugios para conciliar el sueño. Tapones de espuma. Anatómicos. De silicona flexible. Nada. Los vecinos seguían de acampada libre, desplegando instintos que no podían evitar.

A la semana, Maite regresó a la mirilla. El vecino bajaba sonriendo de la mano de la pequeña que alzaba un donuts brillante como el que muestra un trofeo. A la vuelta, la niña subía cantando, montada en una escoba y arrastrando el cepillo escalón a escalón. Él, cargado de bolsas, sonreía y tarareaba siguiendo el paso.

Mientras crecía la distancia entre Arturo y los vecinos, Maite se dedicaba a reconstruir sus vidas por las paredes, los visillos, la mirilla. Escuchaba el chapoteo de los niños en la bañera y la respiración exhausta de los vecinos que aprovechaban el remojo para hacer rugir el colchón. Atendía los consejos de la madre al niño para evitar las bromas del largo, el Chano, el Pelayo y las propuestas del vecino para esquivar las burlas.

-Cuando te lo echen en cara, les dices que te encanta. Que ser bajito tiene sus ventajas y que ellos no pueden mirarle las tetas a la profesora sin ganarse un guantazo.

A veces, se asomaba al patio común para oler las sábanas que tendía a diario y los guisos que cocinaba. Se entretenía en los piropos dedicados a su vecina. Y pasaba el rato, siguiendo el parchís o las risas del Scrabble y añadiendo palabras inventadas.

Por las tardes, cuando Arturo regresaba y retomaban las opciones para deshacerse de los vecinos, le preguntaba cómo había ido el día. Ella confesaba que era insoportable, que discutían, que escuchaba llorar a los niños. Que todo iba mal. Y él, con las piernas sobre el taburete y los riñones mullidos entre cojines, compadecía a los niños y deseaba que durase tan poco como el último capullo.

Así concluyó el invierno. Hasta que una tarde, Arturo dejó de quejarse, tragó saliva y tendió la mano hacia la taza de té.

-¿Estarías dispuesta a hacerlo? –Preguntó antes de probarlo.

-Sólo si me prometes que todo irá bien.

Se miraron.

-Pues entonces…-pensó un momento –Prometido -Y se llevó a la boca la taza para sellar la conversación.

La semana siguiente fue cuando el techo se desplomó. Arturo recibió al vecino con las manchas de tomate y los ojos encendidos. El vecino, espátula en mano, apareció sudando, con un peto desteñido que no tapaba sus musculados brazos. Miró a Arturo, al cuchillo y tiró la espátula en son de paz.

-Lo siento, yo… ¿Estáis bien? –dijo mirando a Maite por primera vez.

Detrás llegaron los niños y después la vecina, con un vestido muy corto y unas piernas muy largas. Los tres avanzaron sin verla descubriendo el destrozo y abrazando al culpable.

-¡Ay va! –exclamó la pequeña señalando el agujero.

-Martina -reprendió su madre agachándole el brazo.

Arturo soltó el cuchillo, cruzó el salón pisando escombros y se fundió en el abrazo con los cuatro. Los vecinos se miraron extrañados.

-Pues sí. Sí que tenía ganas de conocer al maldito hijo de puta que me jode las noches desde hace un año y a sus malditos bastardos –dijo apretándolos fuerte.

Las caras cambiaron.

-Ya me contarás el secreto para mantener en forma semejante cuerpazo –añadió palmeando el culo de la vecina que se resistió dando un saltito.

–Vaya con la putita –añadió. -Qué trasero…

Arturo señaló el sofá y les dedicó una agradable sonrisa.

-Si queréis tomar algo. Ponche, galletas, té. Estáis en vuestra casa -y llamó a Maite.

De lo próximo no quedó nada. Fue lo último que fijó. Esto, el agujero y el puño en las costillas. Los médicos lo llamaron síndrome postraumático selectivo. La pérdida de memoria no afectó a las demás capacidades, aunque fue motivo de una larga baja laboral. El seguro corrió con los gastos. Del agujero y de las costillas. El juez creyó la versión de Maite, el abogado los libró del vecino y la vecina cambió de barrio.

Maite siguió sin dormir y Arturo continuó abrazado a su almohadón de plumas.

-Ay, Maite… –murmuraba, a veces, sin variar la postura. –La de cosas que hace uno para descansar en paz.

Relato Corto. Taller de Escritura. 12 de noviembre de 2009.

(En esta ocasión, trabajamos sobre la construcción del personaje redondo. Aquel con el que, en cierta medida, podemos identificarnos. Con sus contradicciones, su conducta. Incluso, aunque no compartamos su actitud, lo llegamos a comprender. El personaje redondo siempre tiene cosas que contar. Su valor reside en su actitud para sorprendernos de manera convincente. En este caso, Maite -y, aunque en menor medida, también Arturo-, a pesar de sus pocas palabras y del tono del narrador, que consiguió despistarme un poco...- tuvieron mucho que contar.)

Les seguiré la pista...


viernes, 23 de octubre de 2009

DISTANCIA

El puerto está en obras. Un desfile de camiones enturbia el horizonte, otras veces naranja. Huele a lluvia. El más cercano al espigón maniobra hacia atrás siguiendo las instrucciones de un obrero que repite mecánico el proceso. Son las ocho de la mañana. Bea ajusta el volumen de su Ipod y entorna los ojos con la primera canción. Piensa en Marino y se frota los ojos. El obrero se detiene y el camión lanza el cargamento de piedras al agua. Bea aprieta los labios y destierra el pensamiento hundiendo las zapatillas en el asfalto. Calienta tobillos, estira las piernas y comienza a correr. El alud salpica sobre la bruma espesa y se queda en el estómago. Bea contiene el aliento y fija la mirada más allá del puerto, detrás de la niebla. El camión recupera la posición inicial, repliega la plataforma y regresa despacio hasta el cruce. Bea se detiene, observa el reguero de huellas sobre el suelo embarrado, le cede el paso y cambia de canción. Marino busca el gato en la lavadora, gira el tambor vacío sin pensar qué hace e intenta no pensar en Bea. El gato es su regalo. Su regalo de despedida. “Déjalo maullar” dice la nota “Yo no pude soportarlo”. Siete meses después, el possit sigue en la nevera. Intacto. Marino grita su nombre y revisa los cajones. Remueve la tierra de las macetas, desenrosca las lámparas, vacía las papeleras. Bea siente frío en el pecho, pero acelera. Adelanta a una pareja de atletas sincronizados y a un par de perros que escoltan al trote a su dueña. El gato no aparece. La casa saqueada, el pelo revuelto. Marino se arrodilla sosteniendo la cabeza, tapándose, para no gritar. La carrera continúa. Los músculos se tesan, los latidos se disparan. Varios mechones se escapan de su coleta. Marino se esfuerza por odiar a Bea, pero la recuerda sonriendo, fabulando historias, acariciándolo. Sigue sin salir el sol. Bea oxigena los músculos. Aumenta la zancada y se prepara para el spring final. Los charcos tiemblan al paso. Los camiones encojen. Diminutos. Imprecisos. Se alejan llevándose el ruido y acercando la meta. El esfuerzo le seca la boca. Corre hasta el límite. Sobrevuela los últimos metros como un látigo batido con fuerza y aterriza exhausta. Junto al faro. Ha vuelto a superar su marca. Marino los busca en la ventana. A Bea, a su gato. Aprieta el pecho en la barandilla y rastrea en la distancia. Sólo reconoce el faro. Ni siquiera está seguro de haberlos querido del todo.

Relato Corto. Taller de Escritura. 22 de octubre de 2009.

(En esta ocasión, trabajamos la metáfora de situación, anticipando con un símbolo, lo esencial de la escena. Me resultó complicado encajar la metáfora para que no chirriase -sobre todo después de haber leído a Carver-. Al final, creo que más que trabajar la metáfora, disfruté envolviendo a los protagonistas en una atmósfera que encajase bien la historia)

El dibujo, originalmente sobre blanco, es un regalo de mi querida Irati http://1080recetas.blogspot.com/2009/05/y-de-nuevo-la-generosidad-me-alegro-la.html

Su blog http://iratifg.blogspot.com/


domingo, 18 de octubre de 2009

EL SEÑOR X

Versión original

El señor X tiene las manos atadas al cabecero. La mujer no pestañea. Observa el temblor de sus ojos bajo los párpados y respeta el silencio que los separa. No gimen, no hablan. Tampoco se besan. Sólo sudan sobre una fría cama deshecha hasta que llega el grito entre sus piernas, la respiración furiosa, la descarga. La mujer arquea la espalda. El señor X se desvanece. Blando, blanco, primitivo. Ella lo permite y afloja las nalgas. Después sacude la melena rubia, alarga las uñas y alcanza el puñal. El señor X la mira por primera vez. Perplejo, Asustado. Confunde su nombre. Tarde. Demasiado tarde. La sangre brota del pecho. La mujer no se detiene. No pestañea. Asesta la número trece y termina. Desvalija la caja fuerte y se marcha. Parece sonreír.

Versión cuento

Hace muchos, muchísimos años, un joven y apuesto príncipe se propuso invertir su tiempo y fortuna en encontrar el amor de su vida. Pasaron lunas y lunas, hasta que una buena noche, apareció una bella dama portando la más hermosa de las sonrisas, el más fino de los talles y la más seductora de las miradas. El joven no tuvo dudas y, sin consultar la decisión con consejero alguno, transformó su palacio en nido de amor. Allí, cada noche, la misteriosa princesa disfrutaba de placeres divinos junto a su amado caballero. Y éste, confinado a sus juegos y delicias, olvidaba atender los compromisos reales. Cuentan los más ancianos, que la diosa fortuna, cansada de visitar cada día el mismo lecho, se fue a vivir a otro lado y el apuesto príncipe, rechazando una vez más los avisos de sabios y adivinos, siguió entregado al amor. Pero la desgracia no tardó en llegar y una noche sin luna, la princesa se convirtió en la bruja que siempre había sido, huyó por la ventana y abandonó al caballero que malherido, triste y desangrado, dejó de soñar.

Versión morbosa

Las vísceras colgando, el rostro irreconocible, las muñecas rotas. El cuerpo perforado del Señor X desprende un olor rancio y cremoso a matanza, a podrido, a humedad. El hedor es insoportable. Un reguero de líquidos enmohecidos ensucian las sábanas aflojando las carnes deshechas. Residuos de sangre putrefacta fermentan con restos de piel sudada y semen, mientras un centenar de larvas remueven el cadáver. Al otro lado del planeta, una seductora mujer de mirada pétrea y cuerpo fetiche, perfuma su almohada con Chanel nº 5. De fondo, “la vie en rose”.

Versión monólogo

Trece. Que fueron trece. Ni más ni menos. Y luego dirán que no hubo saña ni ensañamiento y le llamarán locura transitoria al tiempo que gastó la tipa en destrozarle la vida al pobre imbécil. Con lo guapo que era… Mira que dejarse engañar así. Si hasta se sabía la contraseña. Los trece números, los trece. Que digo yo, que lo mismo, mientras le clavaba el puñal pensaba en la clave para después… ¡Qué barbaridad!. Una escabechina. Para que luego digan que en este pueblo nunca pasa nada. No, si cualquier día… Ya lo vengo diciendo. Que esas rubias larguiruchas no traen nada bueno, que no son de fiar. Con esos labios tan rojos y esos ojos tan claros… Donde se ponga una morenaza fuerte, con el culo gordo para engendrar zagales… Si es que se está perdiendo lo bueno. ¡Ay Dios! Y yo, soltera y entera. ¡Qué divina desgracia!

Versión noticia

Con trece puñaladas en el abdomen, maniatado y desnudo, encontraron ayer las autoridades el cuerpo de un hombre cuya identidad aún está por confirmar. La autoría del crimen podría recaer sobre una joven mujer rubia que, según testigos presenciales, abandonaría el domicilio portando un maletín oscuro, altos tacones y un vestido ceñido de color negro. Fuentes policiales barajan el robo como posible móvil del crimen. No se descarta la venganza pasional.

Relato Corto. Taller de Escritura. 15 de octubre de 2009.

(En esta ocasión, el ejercicio consistía en utilizar varios narradores para versionar una misma historia desde distintos puntos de vista. Disfruté muchísimo de la frialdad del narrador original, el estilo Mantis Religiosa -como me gusta llamarlo- de frases cortas y palabras directas, con una visión cámara para contar la escena sin implicarse; confieso que también me encantó el morboso; lo de remover llagas, tiene su gusto...)

domingo, 5 de abril de 2009

LOS MONSTRUOS DE TÍO ERNESTO

-Que sí Elena, que mi tío Ernesto me ha dicho que funciona. No pierdas el ritmo y mueve el pié rápidamente como si patalearas el suelo.

-Eso es imposible. Mi manta pesa un montón. Y la colcha. Y la sábana. Yo no puedo con un solo pie. Y con el otro, ¿qué hago?

-El otro lo dejas quieto. Y de vez en cuando, cambias.

-¿Estás seguro de que así se irán los monstruos?

-Mi tío Ernesto me ha contado que a su casa llegaban los peores. Uno verde con un solo ojo y los dientes en punta. Echaba espuma por la boca y, cuando se enfadaba, arañaba las paredes con las paletas y babeaba las cortinas.

-Puag… Es asqueroso. Los que entraron anoche en mi cuarto tenían cara de payaso y boca negra, los ojos se les volvían transparentes cuando intentaban hablarme, y desaparecían.

-¿Hacían magia?

-Todos los monstruos hacen magia, Pablo.

Elena abrió los ojos y soltó el aire como los buzos, como los muertos que regresan a la vida sin avisar. En su cabeza, Pablo, con el traje de Spiderman y botines rojos, seguía contando las hazañas de su tío Ernesto. Recordó las alas de gomaespuma, la camiseta a rayas, las antenas, la corona y la foto del parque. Su disfraz de abeja Maya había conseguido arrebatarle el primer premio a la Bella Durmiente y, aunque Spiderman no había tenido la misma suerte, no se había despegado de su lado, por mucho brillo en los labios que luciese la señorita Bella. Miró el reloj. Era lunes. Antonio no había regresado y en dos horas comenzaba su turno. Se levantó a oscuras y cruzó el pasillo. La puerta de los niños estaba entreabierta y la lamparita encendida. Comprobó que dormían y siguió hasta la cocina.

-Pues mi tío Ernesto dice que, la noche que desaparecieron los suyos, fue cuando terminó pronto de hacer los deberes, ayudó a su madre a poner la mesa y cenó espinacas.

-A mí me gustan las espinacas.

-A mí no. Pero mi tío Ernesto dice que los monstruos desaparecen cuando te portas bien.

Abrió el lavavajillas y ordenó los platos, los vasos, los cazos y los cubiertos, repasando con una bayeta los restos de humedad. El aroma a limón se expandió por la cocina. Fue al lavadero y destapó la cesta de la ropa sucia. Separó cuidadosamente la más pequeña y la introdujo en el bombo. Olfateó el suavizante y el detergente, los cajetines de la lavadora olían a Nenuco y lavanda.

-Eso es mentira. El domingo repartí las chuches con mi hermana, me bañé sin protestar y me acosté a las nueve.

-¿Y qué pasó?

-Que vinieron. No pude verlos, pero los escuché. Se reían bajito y bailaban de puntillas.

-Los míos no bailan.

-Mejor para ti. Dan más miedo.

Programó la lavadora a media carga, se sentó en la cesta y anotó con lápiz en un bloc: cereales, yogures de fresa, macarrones, aceitunas rellenas, azafrán, arroz…

-¿Y te dan mucho miedo?

-A veces, sí. Un poco.

-¿Pues sabe qué te digo?, que voy a luchar contra ellos con mis superpoderes para que te dejen en paz. Le voy a preguntar a mi madre si esta noche puedo dormir contigo.

Sonaron las llaves, el crujir de la puerta y unos pasos bizcos contra el perchero. Antonio había regresado. Elena soltó el lápiz y no supo si mover los pies o seguir siendo buena. Hurgó entre visillos, contó cuatro luces y dudó a quien llamar. Cerró los ojos apretando los párpados. Lloró. No por lo que vendría, que no era nuevo, sino por lo que hubiera pasado si aquella tarde la mamá de Pablo hubiese dejado que Spiderman la defendiera.

Relato Corto. Taller de Escritura. 4 de abril de 2009.

(En esta ocasión, el ejercicio consistía en continuar el principio de historia que presentamos en el taller anterior teniendo en cuenta el final. El cierre de un relato debería ser como la guinda de una sabrosa tarta... Aunque a veces no sea dulce...)