domingo, 22 de febrero de 2009

TIERRA, TRÁGAME

Faltaban cinco minutos para las doce. Miguel bajó del coche acelerado, extrajo un maletín acolchado de la parte trasera y rodeó el vehículo lanzando un improvisado beso a su acompañante. Sin mirar atrás, se dirigió hacia la taquilla apresurando el paso para aligerar la marcha.  El bullicio era ensordecedor. El anuncio continuo de llegadas y salidas se mezclaba con el murmullo incesante del revuelo de equipajes.  Un chico en camiseta enganchado a un monopatín tuneado recibía las quejas de una anciana sentada sobre una nevera de playa, mientras un trío de jóvenes acicaladas con mandil y peinas dificultaba la marcha regalando romero y prometiendo romances. Junto al bar, atestado de pasajeros perfumados de un añejo olor a  refrito y café, giraban los muestrarios de una tienda con un sobrecargado escaparate de miniaturas inservibles a un euro. En su interior, una pareja bronceada solicitaba ayuda para depositar sus postales a una señora ofuscada en calcular el importe de sus compras, mientras una niña trenzada aplastaba su piruleta sobre la portada del Marca y su padre, ajeno al estropicio, ojeaba varios suplementos dominicales.

Tras atravesar la jauría que llegaba o partía aprovechando la festividad y el puente, y hacerse con el último billete, Miguel llegó al andén indicado, subió al autobús y buscó hueco al fondo, junto a una rubia espléndida que se despedía efusiva de su gemela tras el cristal.

-¿Te importa?- preguntó señalando el maletín y depositándolo en sus rodillas.

-No, no…- pronunció la joven reculando sobre su asiento.

Sin mediar palabra, extrajo el portátil y los cascos, lo encendió y se llevó los auriculares a las orejas. Después, abrió la biblioteca de Itunes, configuró un listado de canciones y ajustó el tiempo a la duración del trayecto.

El vehículo emprendió la marcha y Miguel, acomodándose a conciencia, sintonizó el play, apoyó la cabeza en el respaldo y se limitó a observar el baile de cogotes que iniciaba el trayecto. Jugueteó con el ratón, subiendo y bajando el volumen hasta encontrar el nivel exacto, entornó los ojos y se dejó llevar.

Al principio, el aforo aparentó discreción, pero poco a poco, comenzó a palparse cierta inquietud. Algunos se giraban observando como Miguel bostezaba plácidamente llevando el ritmo de las canciones con la boca y los pies. Otros, no daban crédito a tanto descaro.

¿Pero qué hace? preguntó la chica de delante a su marido. ¡Éste se cree que va sólo! Exclamó otra voz próxima. ¡Vaya tela! Objetó un tercero.

Incómodos y reacios a forzar el enredo, miraban a su acompañante exigiendo alguna reacción, pero ella, incapaz de perturbar su placentero descanso, recibía las quejas encogiendo los hombros y negando con el dedo cualquier implicación en el asunto.

Hora y media más tarde, el conductor anunció la penúltima parada. Varios viajeros abandonaron el autobús; entre ellos, la belleza rubia que lo había soportado.

-Perdona ¿me dejas paso? – preguntó

-Sí, claro - contestó despertando de su agradable letargo.

-Ah… y la próxima vez –matizó en voz baja-  baja un poco el volumen. Nos hemos aprendido todas las canciones de Amaya.

Miguel arqueó las cejas, miró la pantalla, agarró el cable de los cascos y, al comprobar que la clavija colgaba libre sobre sus piernas, aplastó de golpe el portátil, dejó paso a su acompañante y enflaqueció en el asiento como una avestruz temerosa de ser desplumada.

Relato Corto. Taller de Escritura. 25 de octubre de 2008

(Rescato un relato anterior. En esta ocasión, el ejercicio consistía en escribir desde la sencillez, contar una historia sin artificios para no complicar al lector. En esto, Hemingway, sigue siendo el rey)

Te lo dedico, Miguelae http://paquequieroyounblog.blogspot.com/

domingo, 15 de febrero de 2009

LA BIBLIOTECARIA



Conocía de sobra aquel lugar. Los últimos cinco años los había empleado en reponer carteles que aseguraban la conexión Wifi en toda la sala, la advertencia sobre la protección electrónica de los libros o el evidente circulito rojo que prohibía fumar. El más odiado para Julia era, curiosamente, el más deseado por sus compañeros. No había mayor placer, según Carlos, que incorporarse al turno de tarde y remitirse a las normas: “El préstamo está cerrado de 14h al 16h”. Pero ella detestaba el cartel y lo ocultaba siempre que podía porque necesitaba escuchar las dudas de los novatos, el deletreo de las signaturas o el calor de una sonrisa agradeciendo un préstamo. Condenaba el aburrimiento que trepaba por las paredes de las estanterías forradas de libros organizados por colecciones, disponibles para el préstamo o la consulta, o la reserva de ácaros, o el criadero de arañas; o lo que fuera que mantenía todo en su sitio, sin cambiar un ápice, desde no recordaba cuándo. Y aquella tarde, también volvió a cuestionar sus hábitos. Su manía a llegar con antelación para sumar minutos que nunca gastaba en nada, el recuento diario de las hojas del pascuero que se negaba a perder ni una sola desde diciembre y la lectura obligada del parte de incidencias, que repetía episodios tan atractivos como la falta de impresos para el préstamo de portátiles, la fotocopiadora atascada o la premisa de dejar las llaves en conserjería una vez terminado el turno. Era tanto su aburrimiento que, a veces, imaginaba que el carro de la limpieza cobraba vida y los palos de escoba que escoltaban al Señor Pronto, Don Limpio y Mister Pato W.C, se revelaban y huían volando para dejar de barrer las porquerías de aquella tropa de estudiantes malcriados; o que los guantes posados en el asa del carro, como dos manos de plástico inerte, eran un descuido de la limpiadora asesina que ocultaba en la bolsa accesoria el caniche descuartizado de la Rectora. Dejaba así volar su imaginación sobre el jardín de cactus reverdecidos por la luz falsa de los fluorescentes. Aquellos tallos tan vivos, apoyados en el mostrador, que podrían haber sido obsequio de un apuesto alumno al que eximió de condena por no devolver un libro en plazo y, después, la invitó a cenar, y la besó en los labios, y la salvó de jubilarse como actriz principal de aquella obstinada función con demasiadas temporadas. Un lleno absoluto, sí, los meses de exámenes, que protagonizaba con austeridad franciscana, sin presumir de una prodigiosa memoria que recordaba autores que no sabían pronunciar ni los Erasmus, ni sus tutores. Tan sólo, el vaivén de la puerta abatible y sin pomos que recogía la entrada y salida constante del público, el rechinar de alguna silla deslizada por el suelo, el repiqueteo de bolígrafos y el termitero de folios, enfrentaba el mutismo permanente y la sensación claustrofóbica de lo que ella imaginaba sería una copia del fin del mundo. Penaba y soñaba Julia, aquella tarde de febrero inhóspita, deseando que el tiempo detenido se echara a andar, como un bebé estrenando los primeros pasos o balbuceando las primeras palabras. Y entonces ocurrió; organizando los objetos olvidados por los alumnos y  acumulados bajo su mesa, desenterró una pequeña agenda dorada, la abrió al azar y comenzó a leer, desatendiendo a su conciencia.

Escena. Taller de Escritura. 14 de febrero de 2009.

(En esta ocasión, el ejercicio consistía en escribir una escena, introduciendo una descripción del espacio físico y psicológico)


miércoles, 11 de febrero de 2009

EXVOTOS



Entramos en la tienda. Antigüedades Fernández. Nos recibió un cuco disparando un pájaro desde la esquina. Cantó seis veces y luego se encerró en su jaula. Por el aspecto de la madera sin colorear y la forma de la casa de calado plano, supe enseguida que se trataba de un Eisenlohr, de mediados del XIX. Había catalogado uno parecido no hacía mucho. Junto a él, dos mesas gemelas de patas mordisqueadas, revelaban la presencia de larvas abandonando montoncitos de serrín junto a los orificios. Olía intensamente a madera, las ventanas estaban cerradas y el polvo oscurecía la superficie de varios objetos seleccionados con cuidado. Un frutero de cristal azul bañado en oro imploraba más luz para apreciar sus detalles. Miré al fondo y le vi entre sombras manipulando una caja rota. La esfera desecha, las gafas al filo de nariz, los ojos certeros y las manos tiznadas engrasando el anclaje del mecanismo. El flexo recortaba la escena como en los bodegones barrocos. No estuve segura de que era el dueño hasta que Emilio se adelantó.

-Buenas tardes, veníamos buscando los corazones de la señora Rosa.

El anciano (le calculé unos ochenta) despegó los ojos del reloj descuartizado y nos hizo un gesto que interpreté como una invitación a pasar.

-Disculpe- Insistió Emilio -Siento interrumpirle.

-Están al fondo- Arrojó sin más- Enciendan la luz junto a la puerta y entreténganse un rato. Acabo esto y les atiendo.

Salvamos la montaña de muebles intentando no causar estropicio hasta alcanzar la puerta. Emilio me cedió los honores y la entreabrí. Un neón afilado tembló en el techo y nos deslumbró hasta que apareció ante nosotros la pared lacrada de corazones cincelados, repujados y calados en plata. Emilio me apretó la mano y no dijimos nada. Experimenté un placer físico, casi hiriente, como de punta de alfileres. Me estremecí.

-Piezas de culto- Pronunció frotándose las manos en el delantal- Ofrendas de altares para los días de fiesta. Los más antiguos son del XVI; en las esquinas. La mayoría son exvotos a la Virgen para agradecer las buenas cosechas, aunque Doña Rosa, su anterior dueña, me contó otra historia.

-¿Son todos de la misma propietaria?- Pregunté separándome de Emilio y acercándome embelesada.

-Sí. Los reunió durante años. Repartidos en los salones de su finca. Ya ve, a algunos les da por coleccionar sellos y a Doña Rosa…

-Pero ¡Esto debe costar una fortuna!- Añadió Emilio, pensando como siempre en números.

-No se crean. Tuve suerte de encontrarlos a un buen precio. Doña Rosa no heredó fortuna de marido alguno. La suya, le llegó quinceañera. Apareció un día paseando los rizos negros, la sonrisa amplia y las enaguas brillantes por calle Sierpes, con un apellido heredado de un primo emparentado con la Duquesa Roja.

-Doña Luisa Isabel Álvarez de Toledo y Maura, tres veces Grande de España- añadí sin separarme de los corazones y abriendo los ojos más aún.

-Pues… sí. Parece informada -Afirmó observándome como al cuco destripado.

-¿Y cómo han llegado hasta aquí?-  Volvió a cuestionar Emilio.

-El  primero que me vendió fue el del centro. El maestro que lo trabajó debió pasar días estirando la plata para conseguir esos hilos y hacer el calado.

-Parece encaje de bolillos- Interrumpió Emilio.

-Es veneciano. Principios del XIX. Una copia del original que perteneció a la Cofradía de San Marcos. Doña Rosa lo compró en el sesenta y ocho, si no recuerdo mal.

-¿Por qué reunía corazones?- Pregunté ensimismada.

-Si le interesa, le contaré un cuento- Emilio me miró extrañado y yo asentí expectante.

-La chica era pobre, sumisa y disciplinada. Una Cenicienta infeliz que pasó su infancia en Verona, escribiendo mensajes de amor en la supuesta casa de Julieta. Al quedar huérfana y, convertirse de pronto en princesa sevillana, soñó con encontrar un Montesco al que amar para siempre y regresar a su tierra natal algún día. Pero los planes se torcieron y no tuvo final feliz. Por más que rezó a la Macarena; y recreó altares cada mayo para enaltecerla; y gastó su fortuna en corazones de plata; Romeo no apareció nunca y Doña Rosa, murió de pena.

-¿De pena?- Desconfió Emilio arrugando el entrecejo.

-Bueno, de pena y… La visité en La Estrella, la residencia de ancianos. Semanas antes morir. Fue el año pasado… Don Antonio -me dijo- No me venda el primero que le empeñé. Se lo regalo. A lo mejor, usted, que tan bien se lleva con San Antonio, consigue mejores frutos. Pero qué dice Doña Rosa, si yo a la única que he querido siempre es a usted. Bromeé con ella. Entonces me cogió la mano y me miró a los ojos y me trasladó a la primavera del sesenta y ocho.

 

Doña Rosa se levantó temprano y prendió azahares en su blusa bordada. Se atusó los rizos, se colocó su mejor peina y bajó a desayunar al jardín. Estrella lo tenía todo dispuesto. La mosquitera del columpio alzada, el mantel recién planchado, el té sin hervir, las tostadas con miel y manchego. Llevaba años organizando a la misma hora el mismo ritual.

-Que tenga un buen día señora- deseó retirando la bandeja, tras comprobar que todo era de su agrado.

 -Gracias- Respondió con el primer balanceo- Por cierto- añadió sin mirarla- Dile a Paco que descuelgue el tapiz del salón rojo. Hoy esperamos un nuevo envío desde Italia.

-¿Otro corazón señora?- Se adelantó sin pensarlo.

Doña Rosa destapó la tetera y absorbió su calma cerrando los ojos. Se quedó prendada en algún recuerdo y, al escuchar alejarse a Estrella, sacó del pecho una foto, suspiró lamiendo una lágrima y susurró “Sí, otro más, Rosita, otro más. Y esta vez, será el último”.

 

-¿Éste es veneciano?- Indagó Emilio señalando la filigrana y quebrando sus recuerdos -Algo gordo debió ocurrir para empeñarlos ¿cómo se arruinó?- Añadió dando por supuestas demasiadas cosas.

Don Antonio dejó de mirarme, retomó en silencio sus pasos y volvió a la tarea como si estuviese todo dicho.

-Qué tipo más raro- Vámonos de aquí.

Me acerqué aún más al santuario de corazones. Todos tenían cincelados cuatro iniciales. Las dos primeras, siempre coincidían. R. A. Las siguientes, variaban en cada ejemplar. El del centro, el veneciano de filigrana, marcaba A. F. Recordé el nombre de la tienda, “Antigüedades Fernández” y el de su dueño, “Don Antonio”. Tomé a Emilio de la mano y desaparecimos. No sabía por qué, pero me sentía una profanadora de tumbas. El resto, preferí imaginarlo.

Relato corto. Taller de Escritura. 7 de febrero de 2009.

(En esta ocasión, el ejercicio consistía en escribir un relato libre, realizando un salto temporal; no pude evitar inspirarme en la historia que me contó mi amigo Pedro. No dejen de visitar su blog http://florescaras.blogspot.com/. Las imágenes que acompañan al relato, pertenecen a su serie "grandes esperanzas" que a finales de febrero se expondrá en Basel -Suiza-)

jueves, 5 de febrero de 2009

LA MALETA ROJA



Me costó encontrarla, pero había conseguido comprar la maleta aquella misma mañana: Samsonite, modelo spinner, 4 ruedas, 72 cmts, roja. Podía sentir el tacto arrugado de la nota en el bolsillo de mi falda. La apreté y me aproximé hasta la terminal de salidas. Faltaban diez minutos para las cinco.

No había probado bocado desde la noche anterior y el vacío me golpeaba el estómago. Me detuve en mitad de la pasarela llena de viajeros e intenté memorizar el máximo número de detalles. Me temblaban las piernas y temía caer desplomada. Éramos muchos, había demasiadas maletas, abundaban las rojas. La multitud paseaba una extraña mezcla de ropa y complementos. Pieles, maxibolsos con botines de plataforma, vaqueros, bermudas, sandalias. Todo el fondo de armario disponible en los cinco continentes. Un caniche con un abriguito a cuadros reclamaba la atención de un golfista vestido igual. A su lado, una pareja de ancianos endebles se enzarzaba en una discusión absurda sobre la disposición de sus baúles en un solo carro y, a mi izquierda, dos imberbes devoraban un bocata entre beso y beso, mientras una desbandada de adolescentes perseguidos por sus maestros corría hacia una de las colas de facturación. Detrás, una pequeña despistada con gafas y trenzas rubias me recordó a Laura.

Paré, descargué el peso en el suelo, respiré hondo y estrujé la nota con rabia. Cerré los ojos y traté de concentrarme en el recorrido. Pasado el quinto mostrador de facturación verá el luminoso azul de Finnair, gire a la derecha y continúe recto hasta llegar a la cafetería Colombia. Dispone de mesas en el exterior. Siéntese y espere. El contacto llegará a las cinco. Sentí una arcada. Me faltaba el aliento, la sala encogía y el ruido aumentaba. Recordé a mi pequeña apretando mi espalda con un abrazo esponjoso recogido en mi hombro. Ves, mamá, encajamos como dos piezas de puzzle, decía sonriéndole a la pantalla del portátil y cambiando los colores de mis diseños. Aceleré el paso y dejé de pensar. Me senté frente a un tipo enorme que hojeaba un periódico removiendo un café. No llevaba equipaje. Me fijé en sus zapatos afilados y su camisa morada. Por los pliegues, supuse que llevaba horas de retraso y espera.

Alguien se aproximó por mi espalda. Su olor leñoso y azucarado me recordó al almizcle. Con un movimiento felino cambió la maleta. El aroma se esfumó. Fue un segundo. A mi lado, una Samsonite, modelo spinner, 4 ruedas, 72 cmts, roja. Sólo sus pasos. No me giré. Esperé los treinta minutos indicados en la nota y sonó el móvil. Lo cogí.

-Elena, ¿dónde estás? Ha llamado la policía. Han encontrado a Laura. Está viva.

Relato corto. Taller de Escritura. 31 de enero de 2009.

(En esta ocasión, el ejercicio consistía en escribir un relato libre proponiendo una intriga resuelta en la misma historia)

Mi primera maleta fue roja.

Dedicado especialmente a chambarural y al tío paco...

http://chambarural.blogspot.com




domingo, 25 de enero de 2009

NICO

El día que me crucé con Nico no esperaba encontrarlo. Mi fobia a cibernavegar eternamente después de palmarla, se entendía como una excentricidad de las mías; así que me cuidé bien de dejarle el encargo a Marcos, mi editor, para que llegado el caso, encontrara las claves anotadas en mi agenda y las cerrase todas. Llevaba años engordando el listado de usuarios y contraseñas ficticias para comunicarme sin esfuerzo; bastaba escanear un dibujo, colgar una foto o escribir unas líneas, para colapsar cualquiera de los blogs,  fotologs, flickres y myspaces, que alimentaba a diario.

Una tarde, al salir del curro, Marcos me preguntó cómo me veía en diez años y no supe responder. Se cruzaron mil cosas que no quedaron en nada y resolví que, si bien no tenía ni idea de hacia dónde iba, llevaba meses invirtiendo el tiempo en lo esencial: hablar de  la vida y la muerte; sobre todo, de la vida después de la muerte. Los cuentos que ilustraba para la editorial que pagaba la hipoteca de mi sofisticado loft, estaban destinados a quinceañeras introvertidas con botas metaleras y gabardinas de cuero que idolatraban a Tim Burton y se reunían en guetos para hablar de vampiros, suicidios o cadáveres. Pero, mi interés por el más allá rebasaba estos límites. Lo que me inquietaba realmente estaba relacionado con vivir en los ojos, riñones o el corazón de otros; así que, movido por la curiosidad y pensando en cazar espectadores para la próxima historia, comencé a buscar información sobre transplantes. Los sondeos en Internet me llevaron hasta el transplante de médula y de éste, a la leucemia y sus síntomas. Me pregunté hasta qué punto, el aspecto de cansancio, la palidez y la respiración acelerada para compensar la disminución de oxígeno de los pacientes leucémicos, no eran sino la descripción de mi estado al final de la semana. Sonreí. Seguí investigando y, en menos de tres horas, recopilé más información de la que podría utilizar en años. Una referencia a la “aplasia medular”, relacionada con el estado de aislamiento de los pacientes para prever posibles infecciones, me hizo recordar las putas exhibidas en los escaparates de Ámsterdam (ningún dibujante las había explotado aún). Volví a sonreír. Decidido a conocer más sobre esta extraña afección, seleccioné los resultados en el buscador; la cuarta entrada en google decía así: “La vida es una constante patada en las bolas: Yo y la aplasia medular. Mi nombre es Nicolás y padecí o padezco, para el miércoles averiguo bien, aplasia medular, enfermedad de la medula, que hace que esta no funcione y no ... “. Pinché el enlace y apareció su blog. Una fecha, domingo, 15 de octubre de 2006, seguida del relato de, cito textualmente “una súper aguja bien gorda para extraer muestras de líquido y hueso de la médula”, me mantuvieron enganchado (no sé si por morbo o ganas de saber, quizás sean lo mismo) hasta las respuestas anónimas que mostraban su apoyo o contaban historias similares de miseria y esperanza. Mi primer impulso fue agregarlo a mi lista de blogs y postearle explicando por qué extrañas asociaciones le había encontrado en la Red, pero un fallo en la línea no recogió el mensaje. Comencé a explorar las entradas antiguas y descubrí que, días antes de lo expuesto, contaba sus encuentros casuales con la profe de química, recomendaba temas de sus grupos estrella, U2, Pink Floyd y The Kooks, y relataba las vivencias con su hermano y sus colegas; una vida normal para un chaval de veintiún años, pensé. Anochecía ya, cuando descargando sus temas y tarareando “Your blue room” (mejor entonada por Bono), llamó mi atención la fecha de la última actualización. Lunes, 30 de julio de 2007. Decía así:

Querida muerte

Ja! no me morí nadaaaaa.

Nicolás 4- muerte 1.

Como te la estoy peleandoooo, te debes querer morir no? (cuak). No me voy a entregar tan fácil como crees, ya te lo dije varias veces, tengo cosas porque vivir:

Flor

Absolutamente todas las personas que conozco

Los sábados a la tarde

La música

La facu

La filia

Entendelo, no puedo entregarme así como así, si no tuviese nada, lo pensaría. Pero no, tengo cosas… así que seguí esperando por lo menos 20 años más, después vemos.

Debajo, junto a un pequeño sobre en blanco, 52 comentarios. La mitad de ellos de ánimo; el resto, para rendirle homenaje. Lloré en silencio, escribí el número 53 y apagué el ordenador. Ya tenía mi historia.

Relato corto. Taller de Escritura. 24 de enero de 2009.

(En esta ocasión, el ejercicio consistía en escribir un relato libre y diferenciar el ARGUMENTO -la historia trata del encuentro fortuito de un ilustrador aficionado a Internet y a las Redes Sociales con un blog sorprendente que confirmará sus temores- y el TEMA -el conflicto personal entre las vidas virtuales que teje el protagonista y la honestidad y autenticidad de Nico-). 

lunes, 19 de enero de 2009

SIN TECHO


Aquella mañana de diciembre, Pachi enrolló el colchón, prendió el hornillo y calentó a oscuras la cafetera mientras escuchaba las noticias de las siete. Había llovido. Olía rancio. La voz blanda de Lola enumeraba las cuestiones del día, destacando la iluminación del puente que desembocaba en el zaguán de la casa número treinta y tres; su hogar desde hacía un año. El evento tendría lugar a las ocho, confirmó. Pachi escuchó completa la noticia hasta que el hervor del café le trajo de vuelta. Derramó el mejunje sobre su taza desteñida, consultó el reloj que se lamentaba desde el suelo atascado a las doce y anotó en su libreta la hora prevista. Luego barrió la calle con la mirada, persiguió el rastro de los coches y suspiró hondo. Desganado, organizó la despensa sobre la mesa plegable, amontonó las latas de conserva, recogió las migajas y anudó la bolsa de los desperdicios. Después, apagó la radio, retiró los cartones de la reja reblandecidos por la lluvia y cubrió con una manta raída sus pertenencias. Estiró brazos y piernas, se sacudió la chaqueta y las canas, se enganchó su libreta al cuello y salió a caminar. Era temprano, pero comenzaba a sentirse el trajín del mercado. Las furgonetas en fila india destapaban sus mercancías frescas rezumando un dulzor resistente a la humedad. Fregona en mano, Jacinto, borraba los rastros de lluvia mientras saludaba a Pachi que asentía con la cabeza. Pásate luego que te guardo unas cuantas, pregonó señalando una caja de golden brillantes, como enceradas. Pachi se tocó el corazón y le devolvió una sonrisa amarilla y cálida.

A la misma hora, Antonio repasaba su agenda, mientras Carmen le preparaba el desayuno. La calefacción empeñaba los cristales y calentaba el parquet. Incómodo por el parpadeo que arrastraba desde hacía unas semanas, ensayaba una sonrisa en el espejo del baño, se ajustaba la corbata y derramaba más perfume del necesario sobre la calva y las manos. La ocasión lo merece, murmuró cerrando el frasco. Esa tarde, acompañaría al alcalde en la inauguración de la iluminación del puente, una iniciativa que se unía a las intervenciones programadas por su área para embellecer los elementos arquitectónicos más emblemáticos de la ciudad.

Cogió el maletín, guardó las llaves en su chaqueta y besó a Carmen estrechándola por la cintura. Ella le preguntó si había tomado su dosis de lexatín y le recordó la cita con el neurólogo. Si el tratamiento no funcionaba, tendrían que inyectarle algún relajante en los párpados para eliminar los espasmos. Antonio asintió y cerró la puerta con suavidad, dirigiéndose hacia el ayuntamiento.

A media mañana Pachi se cruzó con Adela que detuvo el coche y le animó a pasar por el centro a tomar un baño, recoger ropa limpia y saludar a los compañeros. Agradeció su empeño y coqueteó escribiendo frases cortas a gran velocidad. De regreso a casa, se detuvo en el mercado a recoger las manzanas y una porción de queso suficiente para acompañar el obsequio de la panadera, tres pitufos recién horneados y dos roscos de vino. Tocaba merendola y una buena siesta. La manta y el tacto de la ropa aseada le ayudarían a conciliar el sueño.

Tras el almuerzo con el alcalde, Antonio dudó entre visitar al neurólogo y hacerse unos largos en la piscina más la sesión de termas. Desechada la primera opción, se dirigió al gimnasio. En su particular oasis y durante los diez minutos que permaneció flotando a cuarenta y dos grados, desapareció el parpadeo y sobrevino la calma. Con la carne floja y las muñecas adormecidas, recordó nuevamente la tranquila vida del funcionario y se preguntó qué estaba cambiando. Poco después, maqueado y rebozado nuevamente en perfume, guardó sus enseres en la taquilla y efectuó una llamada a su secretaria para confirmar las previsiones. Consultó el reloj y se dirigió hacia el puente. Las luces navideñas le recordaron que aún no había comprado los regalos a las niñas y que, en breve, llegaría el coche de Carmen al confesionario. Pensó en ella e improvisó una excusa sobre su ausencia en el neurólogo. Estaba convencido que tras las críticas de prensa por su encomiable trabajo en el ayuntamiento, no serían necesarios los pinchanzos para detener el tic.

Al llegar al número treinta y tres, Pachi, descubrió que el puente había sido tomado por una decena de operarios que comprobaban la dirección y la intensidad del alumbrado. Sus escasas pertenencias habían desaparecido. A cambio, una pegatina azul con el teléfono y la dirección de los Servicios Sociales indicaban su paradero. Sin soltar las bolsas se dirigió hacia el que parecía el jefe y escribió en su libreta ¿sabes por qué se ha llevado mis cosas? El mandamás lo miró y le preguntó sin leerlo qué quería. Él insistió señalando la nota y el zaguán con la mano libre, pero la única respuesta que obtuvo fue un primer plano del cogote de su interlocutor reclamado por un ayudante. Pachi desistió, regresó arrastrando sus deportivas y se desinfló sobre la verja.

Pasadas las siete, aparecieron los primeros medios convocados por el gabinete oficial. Las autoridades municipales no tardaron en llegar. Entre ellas, Antonio, que pasó apresurado ante Pachi sin percibir su presencia. Diez minutos previos al encendido, el alcalde alabó el proyecto y los esfuerzos sumados para conseguir una iluminación sostenible respetuosa con el Medioambiente. Pachi buscó en su libreta la pregunta inútil y se dirigió hacia Antonio sin encontrar resistencia. Se miraron. El alcalde, en un gesto de gratitud, delegó en Antonio los privilegios y él, recurriendo a su sonrisa ensayada, accionó el mando. El reloj de San Pablo marcaba las ocho. El cielo crujió seguido de un destello violeta que explosionó en sus manos. Los treinta y seis proyectores centellearon sobre el puente y se apagaron al unísono. El suelo tembló y la descarga eléctrica alcanzó a Antonio que se desplomó ante la mirada atónita de los asistentes. Comenzó a diluviar entre un combate de truenos ensordecedor. El pánico se apoderó de la audiencia que empezó a correr buscando refugio. Todos huyeron, excepto Pachi, que libreta en mano, permaneció inmóvil observando la silueta arrugada de Antonio. Esa noche ninguno de los dos descansaría en su cama.

Relato corto. Taller de Escritura. 17 de enero de 2009.

(En esta ocasión, el ejercicio consistía en escribir un relato a partir de dos personajes previamente trabajados en fichas. Los míos aparecieron tras leer, en las páginas principales de un periódico local, dos noticias que me resultaron curiosas por el contraste que suponían, la inauguración de la iluminación millonaria de un puente de mi ciudad y el alto porcentaje de "sin techo" que requería auxilio por el aumento del frío en diciembre. Y así fue como aparecieron Pachi y Antonio... y, desde entonces, casi no puedo dejar de escribir sobre ellos...)


domingo, 11 de enero de 2009

LOS HUMANOS SON RAROS




Informe 342

Mi comandante,

He iniciado la visita de reconocimiento, incidiendo en el objetivo fijado y he llegado a las siguientes conclusiones:

1. Los centros comerciales no huelen a humanidad. La entrada principal desprende una mezcla repulsiva de fragancias dispares concentradas en pequeños frascos que un equipo de jóvenes sonrientes insiste en compartir para transformarnos en sirenas doradas, estrellas de cine o irresistibles fábricas de feromonas, potenciando nuestra sexualidad. Respondiendo a su generosidad, he atendido a todos los ofrecimientos sin obtener los beneficios previstos; un aturdimiento generalizado, la pérdida momentánea de visión y equilibrio y un fuerte dolor de antenas, me ha obligado a detener la misión durante veintiocho minutos.

2.  La sección de lencería está mayoritariamente frecuentada por hembras que se entretienen mirando, tocando y mostrando pequeños fragmentos de tela de múltiples colores y diseños.  Algunos son esponjosos y cálidos como sus melocotones madurando al sol, otros fríos como la plata y, entre los más apreciados, destacan los trozos agujerados como los meteoritos de nuestra galaxia.

3. Los humanos no utilizan la ropa para protegerse del frío. Se visten por capas e independientemente de la temperatura ambiental, siempre utilizan las llamadas prendas íntimas.

4. Las hembras cubren su aparato reproductor con una especie de triángulo doble de tela llamado braga o tanga si la parte trasera se recorta o desaparece, transformándose en un filamento elástico. En ocasiones, las bragas o tangas, van acompañadas de un doble recipiente fabricado con similar diseño, para depositar o cubrir los senos. Estos elementos se denominan sujetadores.

5.  Las dimensiones de ambas prendas varían en función del volumen de las zonas a cubrir, aunque a veces no se cumple esta norma. He comprobado que algunas mujeres con un excesivo volumen en la zona pectoral utilizan sujetadores mucho menores que las que disponen de ejemplares más pequeños. Un porcentaje elevado de estas últimas, prefieren utilizar envases reforzados con un fragmento esponjoso que oprime y levanta los senos.

6.  Las hembras de avanzada edad o con mayor masa corporal añaden además una especie de venda que embute la carne de las caderas y el abdomen. He percibido que las más vendidas no son las más económicas, sino las que consiguen mejor combinación entre la expresión de sufrimiento de sus usuarias y la contención de kilos devuelta por los espejos de los probadores.

7.   Los machos sólo cubren su aparato reproductor con una variante de la braga, llamada calzoncillo que en ocasiones aparece reforzada en la parte delantera con una extraña abertura que aún no he conseguido averiguar para qué se utiliza. Igualmente existe gran variedad en colores, tejidos y formas. He podido comprobar que, al contrario de lo que ocurre en el caso de las hembras, a medida que aumenta la edad de los machos, estos optan por una mayor soltura en la entrepierna, decantándose por prendas amplias y cómodas.

8.  La ropa interior es inolora; sin embargo, he escuchado a una hembra asegurarle a otra que su amante le pide después de cada encuentro sexual conservar sus tangas para recordar su olor durante la semana. Al parecer, esto le causa gran placer.

Definitivamente, mi comandante, los humanos son raros.

Seguiremos informando.



Relato corto. Taller de Escritura. 15 de noviembre de 2008.

(En esta ocasión, el ejercicio consistía en escribir un relato imaginando a un extraterrestre en la sección de lencería femenina de El Corte Inglés. Para ello, rellenamos previamente un círculo sensorial con todos los sentidos: vista, tacto, olfato, gusto y oído, con objeto de presentar su percepción lo más completa posible).

La primera ilustración es de mi último descubrimiento. Eduardo Ortiz http://www.eduardo-ortiz.com/

¡No dejéis de visitarlo!