lunes, 30 de marzo de 2009

EL PROFESOR

Había explicado cien veces que el ser humano es social y que la calidad de su existencia depende directamente de las conexiones que establece a través del lenguaje, pero la única vez que se enamoró, no se atrevió a decirle nada.

viernes, 27 de marzo de 2009

ESTUPIDECES

No paraba de hablar y comer al mismo tiempo. En dos horas, me contó un año de estupideces y hasta tuve que pagar la cuenta. Luego, pretendió venir a casa y aplastarme contra las sábanas para aumentar su ego. Destruirle la cara contra la almohada fue la única forma de liberarme. Hay tipos, señor comisario, que no entienden que dos copas de más no son suficientes para seducirme.



(Ejercicio para la tercera clase de escritura creativa en FNAC. De la serie, tres micros, tres crímenes)

 

miércoles, 25 de marzo de 2009

OJOS QUE NO VEN, CORAZÓN QUE NO SIENTE

Era ciego de nacimiento. Cada tarde, esperaba el sonido de la ducha de Clara pegando su torso al cristal de la ventana. Clara con braguitas de seda, sin ligas, sin corsé. A través de la ventana entreabierta intuía la friega para arrancar los abrazos soldados, los sudores, las mentiras. Fantaseaba con su pecho almidonado, la espalda mojada, la entrepierna tersa, y todo cabía en sus manos. Algún día llamaría a su puerta y se atrevería a escuchar cómo se acercaban los pasos desnudos. Esperaría a que Clara apareciese recién salida de la ducha, con la melena húmeda mojando la seda de la bata. Y se atrevería a decirle que era el vecino ciego del número 12 que todas las tardes la espiaba.

Pasó un año y Clara se marchó con alguien que pagó lo justo por sus besos. Pero el enamorado siguió pegado al cristal. No le importó que su nueva vecina no se llamase Clara.

Relato Corto. Taller de Escritura FNAC. 24 de marzo de 2009.

Estamos en la mitad de un ciclo de cuatro conferencias que imparte Rafael Caumel en FNAC, en torno a escritura creativa y microrrelatos. Para animar a los asistentes a escribir, en el primer encuentro, que tuvo lugar el pasado 10 de marzo, Rafael nos propuso construir un relato buscando información en algún periódico o a partir de un refrán popular. De la segunda propuesta, nació mi interés por el "irrefrenable español" http://www.fotolog.com/1080recetas

La primera propuesta nació en fotolog. Aquí os presento la versión mejorada.

sábado, 21 de marzo de 2009

UNA BONITA HISTORIA DE AMOR

Me camuflé en la biblioteca buscando tregua al sol excesivo adelantado al mes de marzo. Supuse que a esa hora, más propicia para unas cañas que para unos libros, mi refugio estaría vacío. Me equivoqué. Crucé la sala despacio esquivando miradas y me senté de espadas al ventanal del fondo, junto a una rubia en tirantes que leía un libro. Fue la única que no se inmutó. Respeté la mochila sobre la silla de su derecha y alcé la mía para evitar distraerla. Ubicado y con el muestrario de test expandido sobre la mesa, descubrí que se entretenía volteando una entrada de cine entre los dedos. Al quinto intento, fijé el nombre de la sala y el título de la película. La suya tampoco estaba numerada y tan sólo me había adelantado un par de días para ver “El Lector”. Recordé la obsesión de Hanna, su protagonista, e imaginé que la joven desconocida también penaría escuchando historias de amor. Tras soñarlo, retomé el estudio sin ganas y a la quinta equis, me volví a despistar. La culpable se giró para buscar una carpeta en la mochila y nos cruzamos. Tenía los ojos verdes, cargados de puntitos (que lo mismo eran grises o malvas o verdes también) y la sonrisa pequeña. Me observó sin mirarme y sonrió regresando al libro y aplastando la entrada de un golpe certero. Mi manía a cuestionarlo todo y a no creer en el destino, chocó de frente con la segunda casualidad. Al pasar los folios de la carpeta comprobé que usábamos la misma impresora y reciclábamos las hojas de muestra que estampaba la dichosa máquina, cada vez que iniciaba una nueva impresión. ¡Oh capitán, mi capitán! Tan sólo faltaba que estuviese leyendo a Whitman, pensé. Pero la rubia y sus ojos moteados seguían ignorándome. Regresé a mi infatigable misión de opositor cuarentón asumiendo la derrota y entonces volvió a ocurrir. Utilizó un puntafina turquesa para subrayar sus apuntes, rodeando con un círculo certero cifras y porcentajes. Miré mi stabilo del mismo color y me giré acalorado para ocultar la cara de panolis y convencerme de que no estaba soñando. Uff… Ya iban tres.
El calor o el hambre comenzaron a nublarme la vista cuando, la belleza rubia se levantó ajustando una falda de tablas que aireaba las mejores piernas tostadas que podía merendar. Embutidas en unas medias café rodearon la mesa hasta un contenedor para reciclar papel situado enfrente. Se agachó aplastando una montaña de hojas, recortando la distancia entre la falda y las bragas y no pude evitar forzar las dioptrías y mostrar las mismas torpezas que a mi oftalmólogo. Entonces ocurrió. Una carrera de puntos blancos comenzó a extenderse por el muslo izquierdo a una velocidad extrema paralizando mis pulmones hasta la pantorrilla. Cerré los ojos y me castigué recordando las opciones de la pregunta once. Aquello era demasiado para un soltero mediocre y solitario. La desnudé al completo encomendándome a todos los santos que rezaba mi anciana madre y convenciéndome de que no podía ser cierto. Sus ojos moteados, su melena, su falda, sus muslos… Me levanté azorado para prestarle ayuda sin saber qué decir y al girarse chocamos en el mismo gesto.
-Perdona, tienes una… (me miró por primera vez) carrera en las medias.
Se palpó en el sitio exacto, girando el cuello, obligándome a colarme en sus tetas donde reposaba una diminuta cruz de madera. Me miró sorprendida (sus ojos se agrandaron y se llenaron de manchas) y, sin mediar palabra, se acercó a la mesa, enganchando la mochila a un hombro y sujetando la carpeta y el libro en la mano contraria. El tiempo se detuvo, las casualidades dejaron de existir y aquella Lolita endiabladamente guapa escapó con la misma rapidez que habían saltado los puntos en sus medias. Sin ánimo para rechistar, regresé aturdido a la mesa del panolis, retomé la pregunta once y prometí olvidar lo que podría haber sido una bonita historia de amor. 

Relato Corto. Taller de Escritura. 21 de marzo de 2009.

(En esta ocasión, el ejercicio consistía en escribir un relato teniendo en cuenta la iluminación, es decir, cómo contamos la escena; A veces, pretendemos deslumbrar al lector, con palabrería y circunloquios que no llevan a ningún sitio y otras, lo dejamos a oscuras, porque iluminamos mal la escena, dando por supuesto, que el lector maneja ciertas cosas que conocemos. Para aprender a iluminar teníamos que construir una historia de las tres formas, con exceso, con defecto y con lo que consideramos iluminación justa. Ésta es la tercera versión)

Dedicada a Isidoro

http://aparienciasyvirtualidades.blogspot.com

un maestro de la iluminación de objetos... Fue inevitable, pensar en él.


sábado, 14 de marzo de 2009

LA HORMIGA, LA CIGARRA Y LA CRISIS DEL SECTOR


Yo tuve un negocio de postales con dos empleadas.

La una se pasaba el día enterrada en papeles. Tenía las mejillas acartonadas y la nariz afilada soportando unas lentes redondas que bailaban noche y día sobre un desfile de números rojos interminables. Se preocupaba por la economía de la empresa. Por la mala economía de la empresa. A veces, las cuentas iban tan mal que ponía dinero de su bolsillo para mentirme sobre las ventas. -Han sido cinco- suspiraba al teléfono -Para ser lunes…- Luego enmudecía hasta que me escuchaba asentir con sus propias palabras -Claro, para ser lunes…-

La otra, sonrosada y cantarina, alegraba las mañanas de invierno contagiando de color los días sin sol, sin sabor, sin clientes y sin beneficios.

-Niña, alegra esa cara- le decía la otra a la una contando maravillas sobre el último estreno de cine, las delicias del menú vegetariano compartido con su profesor de yoga o los cuarenta y seis minutos cabalgando sobre su nueva conquista.

Los días que cerraba caja (muchos menos que su infatigable compañera) era la encargada de mentirme sobre las ganancias del negocio. -Hola Marina ¿qué tal va todo? Por aquí es casi primavera ¿Te he dicho que en casa ya huele a azahar? Cristóbal te echa de menos. Ha retirado de la carta el Hendrix con pétalos de rosa porque no soporta servirlo para otra que no seas tú… Ya sabes cuánto le gustas…

La dejaba hablar y chisporrotear como el gas de la coca-cola, escuchando encantada sus palabras efervescentes.

Con ella nunca hablé de ingresos. Al menos, en términos económicos. Me contaba cómo y cuándo el señor alto inglés con acento alemán se enamoró del Klee de los circulitos pequeños y compró postales para su nieta; o lo que había ganado el Rothko desde que lo cambiaron de sitio y absorbía el sol filtrado por la ventana; o las felicitaciones anónimas del blog por las novedades de la nueva temporada.

Llegó la primavera y “El rincón de Marina” celebró su primer cumpleaños con una vela prestada y nuevos reclutas para el regimiento rojo. Seguíamos en bancarrota.

Ese día, la una, prefirió quedarse en la trastienda haciendo balance de la temporada y la otra, lo celebró con el único cliente fiel que no nos había abandonado. Cristóbal, el encargado del bar de enfrente, llevó la botella de Hendrix a la tienda y lo sirvió con finísimas rodajas de pepino en unas copas de cóctel azul cobalto. Se cruzaron los brazos (según me contaron luego) y brindaron por el futuro. Pero el conjuro no funcionó.

Al mes siguiente, el banco me obligó a hipotecar el negocio. Intenté compensarlo minimizando costes y congelando los sueldos. Tampoco sirvió. Ni siquiera el tres por dos nos libró del desahucio.

El martes pasado me decidí. Me decanté por una de mis empleadas. Me hubiese gustado apostar por la otra, la sonrosada y cantarina, si la una no hubiese suplicado compasión por los días de sacrificio sin beneficio, las noches en vela y la extrema fidelidad a la causa y, sobre todo, si la otra no me hubiese animado a emprender nuevos proyectos, asegurado que seguiría bien y agradecido las merecidas vacaciones.

No sé por qué lo hice. No fue la solución. Esta mañana, me llamó Cristóbal para contarme la irreversible desgracia de la una. Él mismo se ha encargado de colgar el cartel del cierre definitivo por defunción.

Al final, el prozac, tampoco pudo salvarla. 

Relato Corto. Taller de Escritura. 14 de marzo de 2009.

(En esta ocasión, el ejercicio consistía en escribir un relato sin temor al "plagio creativo", reformulando un cuento, una historia contada o una fábula conocida.  Yo elegí a La Fontaine y su archiconocidas cigarra y hormiga; siempre deseé cargarme a la hormiga...)


miércoles, 11 de marzo de 2009

SAN VALENTÍN


Sonó el teléfono, me libré a jirones de las sábanas  y reconocí su voz.

-¿Ana? Soy Valentín. Tu compañero del Instituto. Conseguí tu número en Asuntos Sociales. Expongo en Madrid la semana próxima. Tengo galería en Arco y me encantaría volver a verte.

El sueño me golpeó en las sienes. Apareció tan nítido que colgué.


Hacía más de veinte años que no nos veíamos y convencí a Raúl para que me acompañase. Diluviaba y me calcé las botas con doble calcetín para evitar calarme. El taxista nos recogió a las ocho y recitó un aburrido monólogo sobre el mal tiempo, su suegra, la crisis y los tramos en obra sin finalizar. Media hora más tarde llegamos a la dirección indicada. Nos recibió un grupo deslucidos por el aguacero que vencía las varillas de los paraguas y empapaba las medias de las más valientes. Buscamos refugio en un portal cercano que rezumaba agua por un canalón oxidado junto a un ventanal sin luz. Raúl me abrazó. Los demás edificios también estaban a oscuras. Ninguno parecía habitado. Valentín no tardó en aparecer. Se presentó ignorando al resto con paso firme y sonrisa planchada. Lo encontré distinto. Más pequeño, encogido. Mimetizado con los enanos de los reportajes fotográficos publicados en prensa. Llevaba años cotizando fama por sus arriesgadas propuestas estéticas. Me besó en la mejilla. Un solo beso. Y enseguida se aferró a las maravillas de nuestra adolescencia.

-Los mejores años- repetía, mientras recordaba el maratón de cine que nos mantuvo aferrados hasta el amanecer de un catorce de febrero sin hacer novillos; y el asalto al kiosco desvalijado previamente por los listillos de COU; y el grafitti de margaritas que hicimos para celebrar la primavera. Enrojecí. No me recordaba tan cursi.

-Tan delicada como un soplo en la mejilla- añadió apretándome las manos e ignorando la presencia de mi marido.

Insistió en recuperar el tiempo y me arrastró entre el bullicio sin turno para despedidas. Raúl no se movió. Le perdí a pocos metros de la entrada. Un catorce de febrero palpitante e intencionadamente rojo anunciaba el evento. La recepción, tapizada de estampado retro estaba provista de una tropa de camareros rapados, con el culo al aire y el pito tatuado perforado de aretes. Volví a enrojecer. Ofrecían cava y salmón, pero no probé nada. La luz, roja también, seducía desde el centro, emitiendo reflejos desde una bola gigante giratoria.

-Sígueme, te va encantar.

Me condujo por una red de pasadizos y combinaciones que temí no saber desandar. Los pasillos estaban atestados de fotografías. Me sentí observada por una multitud de personajes en sepia posando a la antigua. La luz cambió en el último tramo. Viró a blanca y me deslumbró.

-¡A que te encanta!- dijo sin mirarme ni esperar respuesta  -He tardado meses en agrupar y montar la escena. Es la estrella de la exposición. He pensado que te gustaría participar en la performance que estoy preparando.

Hablaba rápido, gesticulando con los brazos en alto, como arengando a las masas. Dejé de escucharle. El espectáculo era dantesco. Una cocina infectada con fogones chorreados de pasta y caldos fétidos, centraba la escena. Me tapé la boca para contener una arcada y prosiguió el discurso.

-Lo sabía. Sabía que morirías de expectación.

Pensé en mis viejos, mis pobres asistidos que acumulaban basura sin control, pero aquello superaba cualquier caso de Diógenes demencial. Repasé la montaña viscosa de desechos devorada por las ratas que compartían festín con los gusanos y las moscas. Una fauna imposible que arruinaba mis esperanzas de salir inmune de aquel antro espeluznante.

-Siéntate Ana- dijo acercándome un taburete de terciopelo que no encajaba en el resto -Estaré listo enseguida. Te servirán lo que gustes.

–Valentín- era la primera vez que pronunciaba su nombre.

-¿Sí?

-Raúl está en la puerta- atiné a decir.

-Chicos- palmeó llamando a su séquito -Atendedla en todo. Cientos de honores para mi dama- pronunció mientras forzaba una reverencia y abandonaba la sala.

Desapareció y comenzó la tortura. Los mafiosos de la entrada me arrastraron en volandas y, en segundos, me arrancaron los vaqueros y los calcetines; los dos pares. El chubasquero, las bragas y el sujetador. Forcejeé y llamé a Raúl, pero fue en vano. Me depositaron en una bandeja gigante insoportablemente fría. No podía respirar, o sí, pero no quería. El roce del metal me producía escalofríos. Me abracé contraída, intentando proteger los pechos menguados sin sostén, sin alivio. Todos giraban a mi alrededor, en una extraña danza que ignoraba mis súplicas. Se besaban. Se mordían. Se lamían los pitos tatuados gruñendo bajezas y arrancándose orgasmos. No recuerdo el tiempo que pasé tiritando hasta que rompí a llorar. Desesperada, desfigurada. Y como en la mitad de los thriller, cuando adelanto el final y destrozo al guionista, visualicé el futuro y presentí mi muerte. Moriría a manos de los sicarios viciosos enviados por el psicópata que había ideado la bacanal, el compañero adolescente que compartía mesa en el Instituto. Valentín; el mismo que rechacé la noche de cine sin palomitas. Me ovillé ocultando la sospecha entre las piernas y estallé en un grito animal que deshizo el resto.

 

-¿Estás bien Ana?- preguntó Raúl contemplando mis ojos desencajados.

-He tenido un sueño. Este año no quiero ir a Arco.

Contuve el aliento, Raúl me abrazó y me desmayé. Juraría que no habían pasado más de veinte años. 


Relato Corto. Taller de Escritura. 7 de marzo de 2009.

(En esta ocasión, el ejercicio consistía en escribir un relato siguiendo una red de palabras encadenadas realizada por los componentes del taller. La mía contenía frases como "lágrimas de impotencia", "una tostada negra carbonizada" y "la del puchero, bien apretadita, está para chuparse los dedos").

Las imágenes pertenecen al artista Carlos Aires (Ronda -Málaga- 1974)

Por cierto, el sueño es real... ¿Me estaré enfermando?

domingo, 22 de febrero de 2009

TIERRA, TRÁGAME

Faltaban cinco minutos para las doce. Miguel bajó del coche acelerado, extrajo un maletín acolchado de la parte trasera y rodeó el vehículo lanzando un improvisado beso a su acompañante. Sin mirar atrás, se dirigió hacia la taquilla apresurando el paso para aligerar la marcha.  El bullicio era ensordecedor. El anuncio continuo de llegadas y salidas se mezclaba con el murmullo incesante del revuelo de equipajes.  Un chico en camiseta enganchado a un monopatín tuneado recibía las quejas de una anciana sentada sobre una nevera de playa, mientras un trío de jóvenes acicaladas con mandil y peinas dificultaba la marcha regalando romero y prometiendo romances. Junto al bar, atestado de pasajeros perfumados de un añejo olor a  refrito y café, giraban los muestrarios de una tienda con un sobrecargado escaparate de miniaturas inservibles a un euro. En su interior, una pareja bronceada solicitaba ayuda para depositar sus postales a una señora ofuscada en calcular el importe de sus compras, mientras una niña trenzada aplastaba su piruleta sobre la portada del Marca y su padre, ajeno al estropicio, ojeaba varios suplementos dominicales.

Tras atravesar la jauría que llegaba o partía aprovechando la festividad y el puente, y hacerse con el último billete, Miguel llegó al andén indicado, subió al autobús y buscó hueco al fondo, junto a una rubia espléndida que se despedía efusiva de su gemela tras el cristal.

-¿Te importa?- preguntó señalando el maletín y depositándolo en sus rodillas.

-No, no…- pronunció la joven reculando sobre su asiento.

Sin mediar palabra, extrajo el portátil y los cascos, lo encendió y se llevó los auriculares a las orejas. Después, abrió la biblioteca de Itunes, configuró un listado de canciones y ajustó el tiempo a la duración del trayecto.

El vehículo emprendió la marcha y Miguel, acomodándose a conciencia, sintonizó el play, apoyó la cabeza en el respaldo y se limitó a observar el baile de cogotes que iniciaba el trayecto. Jugueteó con el ratón, subiendo y bajando el volumen hasta encontrar el nivel exacto, entornó los ojos y se dejó llevar.

Al principio, el aforo aparentó discreción, pero poco a poco, comenzó a palparse cierta inquietud. Algunos se giraban observando como Miguel bostezaba plácidamente llevando el ritmo de las canciones con la boca y los pies. Otros, no daban crédito a tanto descaro.

¿Pero qué hace? preguntó la chica de delante a su marido. ¡Éste se cree que va sólo! Exclamó otra voz próxima. ¡Vaya tela! Objetó un tercero.

Incómodos y reacios a forzar el enredo, miraban a su acompañante exigiendo alguna reacción, pero ella, incapaz de perturbar su placentero descanso, recibía las quejas encogiendo los hombros y negando con el dedo cualquier implicación en el asunto.

Hora y media más tarde, el conductor anunció la penúltima parada. Varios viajeros abandonaron el autobús; entre ellos, la belleza rubia que lo había soportado.

-Perdona ¿me dejas paso? – preguntó

-Sí, claro - contestó despertando de su agradable letargo.

-Ah… y la próxima vez –matizó en voz baja-  baja un poco el volumen. Nos hemos aprendido todas las canciones de Amaya.

Miguel arqueó las cejas, miró la pantalla, agarró el cable de los cascos y, al comprobar que la clavija colgaba libre sobre sus piernas, aplastó de golpe el portátil, dejó paso a su acompañante y enflaqueció en el asiento como una avestruz temerosa de ser desplumada.

Relato Corto. Taller de Escritura. 25 de octubre de 2008

(Rescato un relato anterior. En esta ocasión, el ejercicio consistía en escribir desde la sencillez, contar una historia sin artificios para no complicar al lector. En esto, Hemingway, sigue siendo el rey)

Te lo dedico, Miguelae http://paquequieroyounblog.blogspot.com/

domingo, 15 de febrero de 2009

LA BIBLIOTECARIA



Conocía de sobra aquel lugar. Los últimos cinco años los había empleado en reponer carteles que aseguraban la conexión Wifi en toda la sala, la advertencia sobre la protección electrónica de los libros o el evidente circulito rojo que prohibía fumar. El más odiado para Julia era, curiosamente, el más deseado por sus compañeros. No había mayor placer, según Carlos, que incorporarse al turno de tarde y remitirse a las normas: “El préstamo está cerrado de 14h al 16h”. Pero ella detestaba el cartel y lo ocultaba siempre que podía porque necesitaba escuchar las dudas de los novatos, el deletreo de las signaturas o el calor de una sonrisa agradeciendo un préstamo. Condenaba el aburrimiento que trepaba por las paredes de las estanterías forradas de libros organizados por colecciones, disponibles para el préstamo o la consulta, o la reserva de ácaros, o el criadero de arañas; o lo que fuera que mantenía todo en su sitio, sin cambiar un ápice, desde no recordaba cuándo. Y aquella tarde, también volvió a cuestionar sus hábitos. Su manía a llegar con antelación para sumar minutos que nunca gastaba en nada, el recuento diario de las hojas del pascuero que se negaba a perder ni una sola desde diciembre y la lectura obligada del parte de incidencias, que repetía episodios tan atractivos como la falta de impresos para el préstamo de portátiles, la fotocopiadora atascada o la premisa de dejar las llaves en conserjería una vez terminado el turno. Era tanto su aburrimiento que, a veces, imaginaba que el carro de la limpieza cobraba vida y los palos de escoba que escoltaban al Señor Pronto, Don Limpio y Mister Pato W.C, se revelaban y huían volando para dejar de barrer las porquerías de aquella tropa de estudiantes malcriados; o que los guantes posados en el asa del carro, como dos manos de plástico inerte, eran un descuido de la limpiadora asesina que ocultaba en la bolsa accesoria el caniche descuartizado de la Rectora. Dejaba así volar su imaginación sobre el jardín de cactus reverdecidos por la luz falsa de los fluorescentes. Aquellos tallos tan vivos, apoyados en el mostrador, que podrían haber sido obsequio de un apuesto alumno al que eximió de condena por no devolver un libro en plazo y, después, la invitó a cenar, y la besó en los labios, y la salvó de jubilarse como actriz principal de aquella obstinada función con demasiadas temporadas. Un lleno absoluto, sí, los meses de exámenes, que protagonizaba con austeridad franciscana, sin presumir de una prodigiosa memoria que recordaba autores que no sabían pronunciar ni los Erasmus, ni sus tutores. Tan sólo, el vaivén de la puerta abatible y sin pomos que recogía la entrada y salida constante del público, el rechinar de alguna silla deslizada por el suelo, el repiqueteo de bolígrafos y el termitero de folios, enfrentaba el mutismo permanente y la sensación claustrofóbica de lo que ella imaginaba sería una copia del fin del mundo. Penaba y soñaba Julia, aquella tarde de febrero inhóspita, deseando que el tiempo detenido se echara a andar, como un bebé estrenando los primeros pasos o balbuceando las primeras palabras. Y entonces ocurrió; organizando los objetos olvidados por los alumnos y  acumulados bajo su mesa, desenterró una pequeña agenda dorada, la abrió al azar y comenzó a leer, desatendiendo a su conciencia.

Escena. Taller de Escritura. 14 de febrero de 2009.

(En esta ocasión, el ejercicio consistía en escribir una escena, introduciendo una descripción del espacio físico y psicológico)


miércoles, 11 de febrero de 2009

EXVOTOS



Entramos en la tienda. Antigüedades Fernández. Nos recibió un cuco disparando un pájaro desde la esquina. Cantó seis veces y luego se encerró en su jaula. Por el aspecto de la madera sin colorear y la forma de la casa de calado plano, supe enseguida que se trataba de un Eisenlohr, de mediados del XIX. Había catalogado uno parecido no hacía mucho. Junto a él, dos mesas gemelas de patas mordisqueadas, revelaban la presencia de larvas abandonando montoncitos de serrín junto a los orificios. Olía intensamente a madera, las ventanas estaban cerradas y el polvo oscurecía la superficie de varios objetos seleccionados con cuidado. Un frutero de cristal azul bañado en oro imploraba más luz para apreciar sus detalles. Miré al fondo y le vi entre sombras manipulando una caja rota. La esfera desecha, las gafas al filo de nariz, los ojos certeros y las manos tiznadas engrasando el anclaje del mecanismo. El flexo recortaba la escena como en los bodegones barrocos. No estuve segura de que era el dueño hasta que Emilio se adelantó.

-Buenas tardes, veníamos buscando los corazones de la señora Rosa.

El anciano (le calculé unos ochenta) despegó los ojos del reloj descuartizado y nos hizo un gesto que interpreté como una invitación a pasar.

-Disculpe- Insistió Emilio -Siento interrumpirle.

-Están al fondo- Arrojó sin más- Enciendan la luz junto a la puerta y entreténganse un rato. Acabo esto y les atiendo.

Salvamos la montaña de muebles intentando no causar estropicio hasta alcanzar la puerta. Emilio me cedió los honores y la entreabrí. Un neón afilado tembló en el techo y nos deslumbró hasta que apareció ante nosotros la pared lacrada de corazones cincelados, repujados y calados en plata. Emilio me apretó la mano y no dijimos nada. Experimenté un placer físico, casi hiriente, como de punta de alfileres. Me estremecí.

-Piezas de culto- Pronunció frotándose las manos en el delantal- Ofrendas de altares para los días de fiesta. Los más antiguos son del XVI; en las esquinas. La mayoría son exvotos a la Virgen para agradecer las buenas cosechas, aunque Doña Rosa, su anterior dueña, me contó otra historia.

-¿Son todos de la misma propietaria?- Pregunté separándome de Emilio y acercándome embelesada.

-Sí. Los reunió durante años. Repartidos en los salones de su finca. Ya ve, a algunos les da por coleccionar sellos y a Doña Rosa…

-Pero ¡Esto debe costar una fortuna!- Añadió Emilio, pensando como siempre en números.

-No se crean. Tuve suerte de encontrarlos a un buen precio. Doña Rosa no heredó fortuna de marido alguno. La suya, le llegó quinceañera. Apareció un día paseando los rizos negros, la sonrisa amplia y las enaguas brillantes por calle Sierpes, con un apellido heredado de un primo emparentado con la Duquesa Roja.

-Doña Luisa Isabel Álvarez de Toledo y Maura, tres veces Grande de España- añadí sin separarme de los corazones y abriendo los ojos más aún.

-Pues… sí. Parece informada -Afirmó observándome como al cuco destripado.

-¿Y cómo han llegado hasta aquí?-  Volvió a cuestionar Emilio.

-El  primero que me vendió fue el del centro. El maestro que lo trabajó debió pasar días estirando la plata para conseguir esos hilos y hacer el calado.

-Parece encaje de bolillos- Interrumpió Emilio.

-Es veneciano. Principios del XIX. Una copia del original que perteneció a la Cofradía de San Marcos. Doña Rosa lo compró en el sesenta y ocho, si no recuerdo mal.

-¿Por qué reunía corazones?- Pregunté ensimismada.

-Si le interesa, le contaré un cuento- Emilio me miró extrañado y yo asentí expectante.

-La chica era pobre, sumisa y disciplinada. Una Cenicienta infeliz que pasó su infancia en Verona, escribiendo mensajes de amor en la supuesta casa de Julieta. Al quedar huérfana y, convertirse de pronto en princesa sevillana, soñó con encontrar un Montesco al que amar para siempre y regresar a su tierra natal algún día. Pero los planes se torcieron y no tuvo final feliz. Por más que rezó a la Macarena; y recreó altares cada mayo para enaltecerla; y gastó su fortuna en corazones de plata; Romeo no apareció nunca y Doña Rosa, murió de pena.

-¿De pena?- Desconfió Emilio arrugando el entrecejo.

-Bueno, de pena y… La visité en La Estrella, la residencia de ancianos. Semanas antes morir. Fue el año pasado… Don Antonio -me dijo- No me venda el primero que le empeñé. Se lo regalo. A lo mejor, usted, que tan bien se lleva con San Antonio, consigue mejores frutos. Pero qué dice Doña Rosa, si yo a la única que he querido siempre es a usted. Bromeé con ella. Entonces me cogió la mano y me miró a los ojos y me trasladó a la primavera del sesenta y ocho.

 

Doña Rosa se levantó temprano y prendió azahares en su blusa bordada. Se atusó los rizos, se colocó su mejor peina y bajó a desayunar al jardín. Estrella lo tenía todo dispuesto. La mosquitera del columpio alzada, el mantel recién planchado, el té sin hervir, las tostadas con miel y manchego. Llevaba años organizando a la misma hora el mismo ritual.

-Que tenga un buen día señora- deseó retirando la bandeja, tras comprobar que todo era de su agrado.

 -Gracias- Respondió con el primer balanceo- Por cierto- añadió sin mirarla- Dile a Paco que descuelgue el tapiz del salón rojo. Hoy esperamos un nuevo envío desde Italia.

-¿Otro corazón señora?- Se adelantó sin pensarlo.

Doña Rosa destapó la tetera y absorbió su calma cerrando los ojos. Se quedó prendada en algún recuerdo y, al escuchar alejarse a Estrella, sacó del pecho una foto, suspiró lamiendo una lágrima y susurró “Sí, otro más, Rosita, otro más. Y esta vez, será el último”.

 

-¿Éste es veneciano?- Indagó Emilio señalando la filigrana y quebrando sus recuerdos -Algo gordo debió ocurrir para empeñarlos ¿cómo se arruinó?- Añadió dando por supuestas demasiadas cosas.

Don Antonio dejó de mirarme, retomó en silencio sus pasos y volvió a la tarea como si estuviese todo dicho.

-Qué tipo más raro- Vámonos de aquí.

Me acerqué aún más al santuario de corazones. Todos tenían cincelados cuatro iniciales. Las dos primeras, siempre coincidían. R. A. Las siguientes, variaban en cada ejemplar. El del centro, el veneciano de filigrana, marcaba A. F. Recordé el nombre de la tienda, “Antigüedades Fernández” y el de su dueño, “Don Antonio”. Tomé a Emilio de la mano y desaparecimos. No sabía por qué, pero me sentía una profanadora de tumbas. El resto, preferí imaginarlo.

Relato corto. Taller de Escritura. 7 de febrero de 2009.

(En esta ocasión, el ejercicio consistía en escribir un relato libre, realizando un salto temporal; no pude evitar inspirarme en la historia que me contó mi amigo Pedro. No dejen de visitar su blog http://florescaras.blogspot.com/. Las imágenes que acompañan al relato, pertenecen a su serie "grandes esperanzas" que a finales de febrero se expondrá en Basel -Suiza-)

jueves, 5 de febrero de 2009

LA MALETA ROJA



Me costó encontrarla, pero había conseguido comprar la maleta aquella misma mañana: Samsonite, modelo spinner, 4 ruedas, 72 cmts, roja. Podía sentir el tacto arrugado de la nota en el bolsillo de mi falda. La apreté y me aproximé hasta la terminal de salidas. Faltaban diez minutos para las cinco.

No había probado bocado desde la noche anterior y el vacío me golpeaba el estómago. Me detuve en mitad de la pasarela llena de viajeros e intenté memorizar el máximo número de detalles. Me temblaban las piernas y temía caer desplomada. Éramos muchos, había demasiadas maletas, abundaban las rojas. La multitud paseaba una extraña mezcla de ropa y complementos. Pieles, maxibolsos con botines de plataforma, vaqueros, bermudas, sandalias. Todo el fondo de armario disponible en los cinco continentes. Un caniche con un abriguito a cuadros reclamaba la atención de un golfista vestido igual. A su lado, una pareja de ancianos endebles se enzarzaba en una discusión absurda sobre la disposición de sus baúles en un solo carro y, a mi izquierda, dos imberbes devoraban un bocata entre beso y beso, mientras una desbandada de adolescentes perseguidos por sus maestros corría hacia una de las colas de facturación. Detrás, una pequeña despistada con gafas y trenzas rubias me recordó a Laura.

Paré, descargué el peso en el suelo, respiré hondo y estrujé la nota con rabia. Cerré los ojos y traté de concentrarme en el recorrido. Pasado el quinto mostrador de facturación verá el luminoso azul de Finnair, gire a la derecha y continúe recto hasta llegar a la cafetería Colombia. Dispone de mesas en el exterior. Siéntese y espere. El contacto llegará a las cinco. Sentí una arcada. Me faltaba el aliento, la sala encogía y el ruido aumentaba. Recordé a mi pequeña apretando mi espalda con un abrazo esponjoso recogido en mi hombro. Ves, mamá, encajamos como dos piezas de puzzle, decía sonriéndole a la pantalla del portátil y cambiando los colores de mis diseños. Aceleré el paso y dejé de pensar. Me senté frente a un tipo enorme que hojeaba un periódico removiendo un café. No llevaba equipaje. Me fijé en sus zapatos afilados y su camisa morada. Por los pliegues, supuse que llevaba horas de retraso y espera.

Alguien se aproximó por mi espalda. Su olor leñoso y azucarado me recordó al almizcle. Con un movimiento felino cambió la maleta. El aroma se esfumó. Fue un segundo. A mi lado, una Samsonite, modelo spinner, 4 ruedas, 72 cmts, roja. Sólo sus pasos. No me giré. Esperé los treinta minutos indicados en la nota y sonó el móvil. Lo cogí.

-Elena, ¿dónde estás? Ha llamado la policía. Han encontrado a Laura. Está viva.

Relato corto. Taller de Escritura. 31 de enero de 2009.

(En esta ocasión, el ejercicio consistía en escribir un relato libre proponiendo una intriga resuelta en la misma historia)

Mi primera maleta fue roja.

Dedicado especialmente a chambarural y al tío paco...

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