miércoles, 27 de mayo de 2009

INCONFESABLE

Estábamos las cuatro reunidas. Peca, Amaya, Trini y la domadora de rizos con felpa que llevaba veinte cinco años conviviendo conmigo. Faltaban seis días para la boda y despedíamos la soltería de Amaya, con una cena pactada en un lugar elegante. En la segunda ronda de Contino, Peca decidió que era el momento ideal para revelar algunas escenas eróticas inconfesables. Todas reímos, bailamos las copas en un brindis desafinado y nos exploramos esperando la primera intervención. Mi recuerdo llegó en un destello, semioculto entre un montón de libros sujetos por dos refinadas manos de bronce que chirriaban junto a la colección de latas de cerveza y el póster de los Ronaldos. Estaba allí esperándome, con su carátula amarilla y una sola palabra escrita con rotulador negro en la portada: SURF. Y allí estaba yo, en el cuarto de mi hermano, con once añitos y un manojo de rizos estirados en un coletero de margaritas a juego con los calcetines; un poco rancia y sabihonda, al tiempo que torpe y demasiado cursi. Esperé a que todos se marchasen; mi padre, a seguir arreglando el mundo desde su pequeño despacho sin vistas al mar, mi madre, con la abuela y sus tardes de novela y nostalgia y mi hermano con su amigo Fran, para preparar los primeros parciales de una diplomatura que duraría más de cinco años. Pasé de puntillas bordeando la cama, la tomé prestada y volé hasta el salón para conectar el video y quitar el volumen, antes de pulsar el play y levantar los ojos hacia la pantalla.

No había créditos. Aparecían sin previos dos hombres sentados en un banco de lo que mucho después supe que era una sauna. Tenían el pecho descubierto y una toalla mínima sujeta a la cintura. No se miraban. El más ancho de hombros, lucía un torso negro y brillante, húmedo. El otro, de menor apariencia y para compensar, mostraba un tatuaje que cubría el brazo derecho y terminaba en la mano posada en el muslo del compañero. Al cerrar el puño, un primer plano, me reveló que se trataba de la cabeza de una serpiente enroscada desde el hombro. Tenía la caperuza desplegada, los ojos fijos sin párpados y el color tostado de una cobra amarilla en posición de ataque (esto también lo averigüé después). Lenta y precisa, comenzó a frotar sus escamas contra el rizo de la toalla. Subía, bajaba y se ondeaba, mientras el negro aflojaba las piernas, se mordía el labio inferior y mantenía los ojos fijos en el reptil que cruzaba de muslo a muslo incidiendo en el bulto que empezaba a crecer en el centro. Desde mi ángulo, a dos palmos de la pantalla y con el dedo fijo en el stop por si sonaban las llaves o el timbre, las proporciones se disparaban. Las piernas crecían mostrando la tensión de los músculos, el ombligo tiritaba en el abdomen a cuadros y la presa engordaba a una velocidad sofocante.

-Noe, comienza tú, con lo listilla que eres seguro que te los has cepillado a pares.

-¿Yo? ¡Qué va! Soy tan ñoña que ni siquiera me atrevería a pensar las perversiones que esconde mi futura cuñada. (Las demás rieron).

-¡Ah! Yo no cuento y menos para ti, guapa -dijo dirigiéndome su copa y simulando un brindis-. Todavía tengo que cazar a tu hermano ¿recuerdas? –Y sonrió mostrando un diminuto diamante de compromiso.

Cazar, atrapar, apresar... Las palabras me devolvieron a la culebra tatuada que continuaba danzando cauta entre las piernas hasta que el dueño de la preciada presa, cansado de rodeos, la atrapó al vuelo y se arrancó la toalla mostrando sus atributos.

-¿Os acordáis de Miguel? El hermano de Eulalia -me atreví al fin para romper el hielo-. Pues, la verdad es que no nos reuníamos precisamente para repasar integrales en selectividad.

-¿De veras? Pero si Escalante lo más valiente que hacía era robarle cromos a su hermana –añadió Amaya en el mismo tono.

-Eso creía yo hasta que una tarde cerramos la puerta y apagamos el flexo.

-Yo soy incapaz de cerrar los ojos –desveló Trini besando la servilleta.

-Depende de quién, ¿no? A veces, hay tipos que… en fin… -y señalé al gordo enchaquetado que engullía una torre de fresas, en la mesa de enfrente.

El silencio entre risas me devolvió a la sauna transformada en campo de batalla.  El tatuado se arrodilló mirando a la cámara y comenzó a morder los pezones del negro que mostraba su lengua jugosa a cada bocado y profería ruiditos que yo no alcanzaba a escuchar. Mientras, la cobra, insistente y obsesiva, separaba las mandíbulas-dedos lanzándose ávida sobre su conquista y sacudiéndola de arriba abajo.

-¿Y qué pasó luego? ¿Os seguisteis viendo? -insistió la futura novia.

-Sólo un tiempo. Llegó el verano. Se marchó a estudiar Interpretación a Madrid y perdimos el contacto.

-Suele pasar…

-Lo mío, prefiero olvidarlo –continuó Peca-. Si mi abuela hubiese intuido las perversiones que mi primo Javi me enseñaba en su casa después de clase, la habría palmado mucho antes. 

Seguí escuchando sin escuchar y recordé que aquella, había sido mi tercera película rara. No sé el tiempo que mi hermano llevaba grabando y regrabando la vieja cinta de video y si alguien más que yo, compartía el secreto. Lo cierto es que siempre aparecían hombres y yo enrojecía cuando comenzaban los acoples y miraba al suelo desconcertada. Sin embargo, no podía resistir el impulso de fisgar a escondidas, cada semana. Fueron muchos los pitos que descubrí aquel invierno hasta que un día desapareció la carátula amarilla y mi hermano dejó de estudiar en casa de Fran. Nadie preguntó nada. Pasaron más de cinco años hasta que nos presentó a su primera novia. Tenía veintitrés años y una sonrisa perfecta. La misma que lucía entonces a una semana de la boda. Antes era demasiado pequeña para entender, después demasiado cobarde para confesar. Solo sé que mi mejor recuerdo erótico, continuó siendo inconfesable. 

Ejercicio de relato erótico. Taller de Escritura. 25 de mayo de 2009.


jueves, 30 de abril de 2009

NIDO (VIDEOPOEMA)


Para los que imploramos libertad...


Delicioso...

http://nuria-gil.blogspot.com/2008/10/nido-videopoema.html

El poema es de Nuria Gil y la ilustración de David Sánchez


martes, 28 de abril de 2009

CONCURSO MICROS DIARIO SUR



"Silencio inerte", de Maite Josune Cuevas Prieto Setién (503 votos):

Tu silencio es una tumba vacía en el inquebrantable día en que tus besos inquietaron mis pasiones más ocultas, del más inicuo recuerdo que calladamente muere.

Hola chicos!
Ya tenemos ganador para el primer concurso de microrrelatos del Diario el Sur, al que presenté mis dos micros.

http://www.diariosur.es/20090427/cultura/ganador-lectores-concurso-microrrelatos-200904271135.html


Mi resultado, en relación al voto del público, me alegra mucho!

"El ambidiestro" con 225 votos, el quinto más votado, entre las 1659 obras presentadas.
"El profesor", con 50 votos, quedó en el puesto número 17.

No está nada mal ¿verdad?
Muchas gracias a todos por apoyarme...

lunes, 27 de abril de 2009

EL CONCIERTO

Y cuarto y no empieza, desde las diez haciendo cola, qué tio más grande, siempre me toca un largo delante, enorme, por lo menos dos metros diez, y yo sin tacones, qué alto y qué lacio, está chapao, esta birra no me dura ni dos minutos, qué apretura, uff y la gente y el humo, joder con el humo, tía, ¿por qué no se lo echas al largo y te largas? qué ansia y qué hambre, lentejas, ayer fueron lentejas, qué manía tiene con preguntar lo que como y dónde voy y lo que como y yo que sé, niño apártate, échate a un lao, que no veo un gruño joder fffff, ahí está, qué bajita, el vestido mola, sin tirantes, seguro que lleva un pedazo de relleno de la hostia, sin tirantes no puedo, se me aplastan y me quedo sin tetas, pues se llevan los asimétricos, lo mismo el verde, el verde no, se me ven las rodillas y la celulitis, mierda, torcidas, las tengo como mi madre, eres cortita de cuartos, será cabrón y tú barrigón cervecero, eso es de parir, que te enteres, que todas las mujeres se casan con cincuenta kilos, tengo que ordenar el armario, jerseys mezclados con tirantes, me da una flojera, qué calor, además yo no llego arriba, se lo diré antes, que luego protesta si me jodo la espalda, anda que no es guapa la tía, tímida y guapa, Celine también era tímida, si hubiese hablado más con ella, y el cuello, qué sexy, ¿será verdad que es lesbiana? pues yo creo que el batería le pone, o ella a él, la mira y pasa, pedazo de voz, será gilipoyas, oye tío o te apartas o empiezo a meter caña con el culo, ¿de dónde la sacará? con lo bajita que es, la Caballé es súper gorda, pero ésta no ha probado el chorizo en su vida, al Naturhouse va a volver tu puta madre, Adrián lo hubiera flipado, mira que se lo dije, joder la peña con los putos cigarros de la hostia, puta, joder, fffff, cállate coño que no la escucho, yo no soy sexy, sin tacones y tan guapa, qué flaca está, ésta me la sé, la grabo y luego me la pongo de tono en el móvil y le vacilo a Carlos, yo qué culpa tengo de que la mierda el móvil suene tan bajito, pues si me llama que me llame, si luego se pasa to el puto día enganchao para llamar a sus colegas, ¿qué talla tendrá? vaya ojazos, ¿será verdad que los focos deslumbran? sí, sí, sí, sí, está me la sé, yo no me vuelvo andando ni de coña, seguro que acaba a las y pico mil, esto está súper lejos, mola, así, pequeñito, un garito guapo, seguro que Silvia también ha venido, aunque no se yo si, mierda, sin batería, sí, sí, ya te dejo pasar, joder con las prisas, qué sed, cualquiera se mueve ahora para ir a la barra, mañana no madrugo, qué gusto, ojala haga sol, la playa, el bikini, la playa, el bikini, sí, me gusta, qué pasa, no como a ti, que te tiras todo el verano en formol, no sé como a la gente le puede gustar el frío y la lluvia y el frío, el otoño deprime, ¿qué dirán la letras? esto de no tener ni puta idea de inglés y la tía pronuncia que te cagas, me gusta el nombre del grupo, Russian Red, le pega, me recuerda a los lentos del Cocas, es un poco años cuarenta, Bangles y el San Francisco con azuquita en los bordes del tubo, a las diez en casa y yo corre que te corre, ¿cómo tendrá la melena? ahora se llevan los flequillos así, todas las niñatas con el mismo flequillo, se les pone una cara de tontas con el uniforme, a mí no me pega nada, uff cuando se gira me pone a cien, la cabrona, con esa forma de modular, si me cantase al oído, me lanzaría, al final Adrián tenía razón, los maricones se lanzan antes, pero yo, qué labios, la muy puta cierra los ojos para gustarme, a lo mejor me ve o me lee el pensamiento, sí, claro, seguro que se tira al batería, yo me lo tiraría también, tengo que arreglar el puto armario. 

Ejercicio de monólogo interior. Taller de Escritura. 25 de abril de 2009.

viernes, 24 de abril de 2009

SÍ, ME VOLVÍ LOCA...


Sí, me volví loca... 
Ayer en el día del libro arrasé con esos títulos que andaban rondando en mi cabeza



DOROTHY PARKER "Narrativa completa"
STANISLAW LEM "Provocación"
THOMAS BERNHARD "El imitador de voces"
ROBERTO BOLAÑO "Llamadas telefónicas"
TRUMAN CAPOTE "Música para camaleones"
KURT VONNEGUT "Matadero Cinco"
RAYMOND CARVER "Si me necesitas, llámame"
ENRIQUE VILA-MATAS "Suicidios ejemplares"
ITALO CALVINO "Las ciudades invisibles"



Qué gusto da dormirse con "Viajar, perder países" de Vila-Matas y despertarse con El señor y la señora Wheelock de Parker..

Esto si que es vida!

domingo, 19 de abril de 2009

MI ABUELA LOLA


Martes, 17 de mayo del 1985.

 

-Dime –suplica separándole el flequillo de las pestañas- ¿me querrás siempre?

La muñeca permanece inmóvil, con la sonrisa cosida y los ojos de botón. La arropa entre sus brazos y le canta una nana sin letra. Me fijo en los encajes que cubren sus piernas entumecidas y en los zapatos de charol y recuerdo las palabras de Manuela -últimamente se quiere arreglar cada mañana. Es cómo si se resistiese a enfermar-. El pelo plateado se esponja en un moño de alfileres, coronado por una diadema blanca. Adelanto el pie derecho y apoyo la mano en el cristal. La puerta avanza unos pasos y me aflijo al encontrar sus ojos. Me mira sin entender y regresa enseguida a su bebé de trapo.

 

La recuerdo en primavera. 1950. Aparece sentada en su butaca como una pichona blanca ablandando las alas y haciendo las veces de la madre que murió al parirme y el padre que no lo soportó. Tengo seis años, mi hermana nueve. Mi abuela cose vestidos para sus nietas. El mío siempre con más vuelo. Engañamos a Manuela diciéndole que el suyo tiene seis cuartas de más estirando la tela por debajo para aparentar el doble. La abuela me guiña y yo contengo la risa encogiendo los hombros.

 

Verano. Me caigo de un árbol intentando espiar, sin ayuda, un nido cantarín. Escalo destrozando la puntilla recién bordada y pelando las medias. La caída desbarata las costuras y araña mis piernas, pero la abuela no protesta. Me lleva en brazos hasta su cama de hierro, cambia los retales por un camisón crujiente y me pasa un huevo por agua para calmar la pena.

 

Cumplo quince años. Ando abstraída con la fuerza de Manolo que alardea de hombría arrastrando un seiscientos con una cuerda atada a la cintura. Mi vecino se mocea luciendo el torso pelado y un flequillo tapando los ojos y la vergüenza. Cuando silba, me apresuro a la habitación de la abuela que es la única que da a la calle. Ella me abre y se siente en la mecedora mientras yo curioseo por los visillos. -Anda, acércate a lo de Marieta a por tres onzas del blanco- me dice sacando unas monedas del delantal, sin despegar los ojos de la costura. Y yo vuelo escalera abajo, para hacerle el recado y cruzarme con Manolo que se sopla el flequillo y me espera en la esquina para contarme su última hazaña. Tres años después, nos casamos. Él, mostrando galones de marinero novato y yo, paseando orgullosa las filigranas de la abuela, que no cesa de ahuecarme el velo y espantar las moscas.

 

Invierno del 68. Nace mi tercera hija y nos trasladamos a la capital. La abuela se niega a acompañarnos alegando tareas pendientes que le llevarán tiempo. Se afana, me cuenta Manuela, en deshacer los vestidos olvidados en roperos y transformarlos en muñecas de tafetán, gasa y piqué, con las que nadie juega. Las recuerdo en visitas posteriores, todas reclinadas sobre la cama de hierro, por estricto orden de llegada. La más antigua, me alcanza a la cintura. Es estrecha y suave, con la boca torcida y la nariz respingona y se parece a Manuela cuando se enfada y pasea su arrogancia por los pasillos. Luego llegan las copias de Marieta, con el delantal a cuadros y los rizos desordenados y las tres bisnietas y las vecinas del barrio y así, hasta que cose la última, la mía y me la regala un mayo florido para festejar mis treinta y cinco, coincidiendo con la celebración de su setenta cumpleaños. Tiene la sonrisa bordada y los ojos de botón y la viste a conciencia con los mismos encajes que cubren sus piernas cansadas. -¿Te gusta?- me pregunta arrugando las arrugas y desoyendo las súplicas de las biznietas para saquearla. -Es la más hermosa-, declaro retando al vecindario a rebatir mi criterio. Pero nadie dice nada. Ni tan siquiera Manuela, que se limita a servir la tarta con la sonrisa de medio lado y una luz distinta en los ojos.

 

Desde aquel día, cada mayo regreso para festejar nuestro cumpleaños. Hasta hoy  martes, alarmada por Manuela, que no deja de repetirme lo extraña que es la enfermedad que la mantiene ausente.

 

-¡Qué haces ahí mirándome como un pasmarote!– me reprocha, de repente, despertando las manos –anda y ve a buscar a tu hermana, que hoy toca medir las telas– y se afana en remover los trapos del cesto que custodia a su lado, sin soltar la muñeca.

Manuela acude al instante. Se coloca a su espalda, la abraza despacio y apoya la cabeza sobre el hombro izquierdo. Yo me rindo en su regazo. Nos miramos.

-Ves Manuela –declara guiñándome un ojo y utilizando sus tretas- por ser la mayor, te concedo el privilegio de doblarle el vuelo a tu hermana-.

Miro mi muñeca, la más hermosa del mundo y aprieto las manos de mi abuela Lola. Radiante, seductora. Le deseo feliz cumpleaños y contengo la risa encogiendo los hombros. 



Relato Corto. Taller de Escritura. 18 de abril de 2009.

(En esta ocasión, el ejercicio consistía en trabajar el tiempo y contar la vida de alguien a través de algunos momentos clave para definir al personaje)


La foto es de Amaya Blanco

http://www.fotolog.com/ranmma/36272244

Un solete de criatura que me ha permitido transformar el viento en el vértigo de los recuerdos...



miércoles, 15 de abril de 2009

EL ESCÉPTICO


La maté. Ignoraba que fuese irreversible.


(Ejercicio para la tercera clase de escritura creativa en FNAC. De la serie, tres micros, tres crímenes)

La obra pertenece a la artista holandesa Madelon Vriesendorp. Exposición antológica en el Museo Suizo de Arquitectura -Basel-. Para saber más, no duden en consultar el magnífico artículo que le dedica Pedro Alarcón en su blog

http://florescaras.blogspot.com/2009/03/madelon-vriesendrop-gabinete-de.html


martes, 14 de abril de 2009

ENTRE LOS MÁS VOTADOS!!!


Estoy muy feliz porque mis micros van avanzando!!!!

Y están entre los más votados!!!!

El ambidiestro, 28 votos
El profesor, 22 votos

Se puede realizar un voto cada día hasta el 23 de abril, incluso si ya has votado.


REQUETEMUAAAAAA!!!!!!!

viernes, 10 de abril de 2009

LA ESCRITORA

-Tengo un problema doctor- le dijo mostrando un puñado de papeles sobre su regazo -Llevo semanas sin terminar un capítulo. La pasada, me cargué al narrador porque presumía de no inmiscuirse en nada y terminó entrometiéndose hasta en mis pensamientos. Antesdeayer rechacé a un falso secundario con excesivo afán de protagonismo y ahora acabo matar al protagonista. Era tan guapo, doctor. No hubiese soportado que se casara con otra. 


(Ejercicio para la tercera clase de escritura creativa en FNAC. De la serie, tres micros, tres crímenes)

La obra pertenece a la serie "Las santitas". María Bueno.


domingo, 5 de abril de 2009

LOS MONSTRUOS DE TÍO ERNESTO

-Que sí Elena, que mi tío Ernesto me ha dicho que funciona. No pierdas el ritmo y mueve el pié rápidamente como si patalearas el suelo.

-Eso es imposible. Mi manta pesa un montón. Y la colcha. Y la sábana. Yo no puedo con un solo pie. Y con el otro, ¿qué hago?

-El otro lo dejas quieto. Y de vez en cuando, cambias.

-¿Estás seguro de que así se irán los monstruos?

-Mi tío Ernesto me ha contado que a su casa llegaban los peores. Uno verde con un solo ojo y los dientes en punta. Echaba espuma por la boca y, cuando se enfadaba, arañaba las paredes con las paletas y babeaba las cortinas.

-Puag… Es asqueroso. Los que entraron anoche en mi cuarto tenían cara de payaso y boca negra, los ojos se les volvían transparentes cuando intentaban hablarme, y desaparecían.

-¿Hacían magia?

-Todos los monstruos hacen magia, Pablo.

Elena abrió los ojos y soltó el aire como los buzos, como los muertos que regresan a la vida sin avisar. En su cabeza, Pablo, con el traje de Spiderman y botines rojos, seguía contando las hazañas de su tío Ernesto. Recordó las alas de gomaespuma, la camiseta a rayas, las antenas, la corona y la foto del parque. Su disfraz de abeja Maya había conseguido arrebatarle el primer premio a la Bella Durmiente y, aunque Spiderman no había tenido la misma suerte, no se había despegado de su lado, por mucho brillo en los labios que luciese la señorita Bella. Miró el reloj. Era lunes. Antonio no había regresado y en dos horas comenzaba su turno. Se levantó a oscuras y cruzó el pasillo. La puerta de los niños estaba entreabierta y la lamparita encendida. Comprobó que dormían y siguió hasta la cocina.

-Pues mi tío Ernesto dice que, la noche que desaparecieron los suyos, fue cuando terminó pronto de hacer los deberes, ayudó a su madre a poner la mesa y cenó espinacas.

-A mí me gustan las espinacas.

-A mí no. Pero mi tío Ernesto dice que los monstruos desaparecen cuando te portas bien.

Abrió el lavavajillas y ordenó los platos, los vasos, los cazos y los cubiertos, repasando con una bayeta los restos de humedad. El aroma a limón se expandió por la cocina. Fue al lavadero y destapó la cesta de la ropa sucia. Separó cuidadosamente la más pequeña y la introdujo en el bombo. Olfateó el suavizante y el detergente, los cajetines de la lavadora olían a Nenuco y lavanda.

-Eso es mentira. El domingo repartí las chuches con mi hermana, me bañé sin protestar y me acosté a las nueve.

-¿Y qué pasó?

-Que vinieron. No pude verlos, pero los escuché. Se reían bajito y bailaban de puntillas.

-Los míos no bailan.

-Mejor para ti. Dan más miedo.

Programó la lavadora a media carga, se sentó en la cesta y anotó con lápiz en un bloc: cereales, yogures de fresa, macarrones, aceitunas rellenas, azafrán, arroz…

-¿Y te dan mucho miedo?

-A veces, sí. Un poco.

-¿Pues sabe qué te digo?, que voy a luchar contra ellos con mis superpoderes para que te dejen en paz. Le voy a preguntar a mi madre si esta noche puedo dormir contigo.

Sonaron las llaves, el crujir de la puerta y unos pasos bizcos contra el perchero. Antonio había regresado. Elena soltó el lápiz y no supo si mover los pies o seguir siendo buena. Hurgó entre visillos, contó cuatro luces y dudó a quien llamar. Cerró los ojos apretando los párpados. Lloró. No por lo que vendría, que no era nuevo, sino por lo que hubiera pasado si aquella tarde la mamá de Pablo hubiese dejado que Spiderman la defendiera.

Relato Corto. Taller de Escritura. 4 de abril de 2009.

(En esta ocasión, el ejercicio consistía en continuar el principio de historia que presentamos en el taller anterior teniendo en cuenta el final. El cierre de un relato debería ser como la guinda de una sabrosa tarta... Aunque a veces no sea dulce...)

lunes, 30 de marzo de 2009

EL PROFESOR

Había explicado cien veces que el ser humano es social y que la calidad de su existencia depende directamente de las conexiones que establece a través del lenguaje, pero la única vez que se enamoró, no se atrevió a decirle nada.

viernes, 27 de marzo de 2009

ESTUPIDECES

No paraba de hablar y comer al mismo tiempo. En dos horas, me contó un año de estupideces y hasta tuve que pagar la cuenta. Luego, pretendió venir a casa y aplastarme contra las sábanas para aumentar su ego. Destruirle la cara contra la almohada fue la única forma de liberarme. Hay tipos, señor comisario, que no entienden que dos copas de más no son suficientes para seducirme.



(Ejercicio para la tercera clase de escritura creativa en FNAC. De la serie, tres micros, tres crímenes)

 

miércoles, 25 de marzo de 2009

OJOS QUE NO VEN, CORAZÓN QUE NO SIENTE

Era ciego de nacimiento. Cada tarde, esperaba el sonido de la ducha de Clara pegando su torso al cristal de la ventana. Clara con braguitas de seda, sin ligas, sin corsé. A través de la ventana entreabierta intuía la friega para arrancar los abrazos soldados, los sudores, las mentiras. Fantaseaba con su pecho almidonado, la espalda mojada, la entrepierna tersa, y todo cabía en sus manos. Algún día llamaría a su puerta y se atrevería a escuchar cómo se acercaban los pasos desnudos. Esperaría a que Clara apareciese recién salida de la ducha, con la melena húmeda mojando la seda de la bata. Y se atrevería a decirle que era el vecino ciego del número 12 que todas las tardes la espiaba.

Pasó un año y Clara se marchó con alguien que pagó lo justo por sus besos. Pero el enamorado siguió pegado al cristal. No le importó que su nueva vecina no se llamase Clara.

Relato Corto. Taller de Escritura FNAC. 24 de marzo de 2009.

Estamos en la mitad de un ciclo de cuatro conferencias que imparte Rafael Caumel en FNAC, en torno a escritura creativa y microrrelatos. Para animar a los asistentes a escribir, en el primer encuentro, que tuvo lugar el pasado 10 de marzo, Rafael nos propuso construir un relato buscando información en algún periódico o a partir de un refrán popular. De la segunda propuesta, nació mi interés por el "irrefrenable español" http://www.fotolog.com/1080recetas

La primera propuesta nació en fotolog. Aquí os presento la versión mejorada.

sábado, 21 de marzo de 2009

UNA BONITA HISTORIA DE AMOR

Me camuflé en la biblioteca buscando tregua al sol excesivo adelantado al mes de marzo. Supuse que a esa hora, más propicia para unas cañas que para unos libros, mi refugio estaría vacío. Me equivoqué. Crucé la sala despacio esquivando miradas y me senté de espadas al ventanal del fondo, junto a una rubia en tirantes que leía un libro. Fue la única que no se inmutó. Respeté la mochila sobre la silla de su derecha y alcé la mía para evitar distraerla. Ubicado y con el muestrario de test expandido sobre la mesa, descubrí que se entretenía volteando una entrada de cine entre los dedos. Al quinto intento, fijé el nombre de la sala y el título de la película. La suya tampoco estaba numerada y tan sólo me había adelantado un par de días para ver “El Lector”. Recordé la obsesión de Hanna, su protagonista, e imaginé que la joven desconocida también penaría escuchando historias de amor. Tras soñarlo, retomé el estudio sin ganas y a la quinta equis, me volví a despistar. La culpable se giró para buscar una carpeta en la mochila y nos cruzamos. Tenía los ojos verdes, cargados de puntitos (que lo mismo eran grises o malvas o verdes también) y la sonrisa pequeña. Me observó sin mirarme y sonrió regresando al libro y aplastando la entrada de un golpe certero. Mi manía a cuestionarlo todo y a no creer en el destino, chocó de frente con la segunda casualidad. Al pasar los folios de la carpeta comprobé que usábamos la misma impresora y reciclábamos las hojas de muestra que estampaba la dichosa máquina, cada vez que iniciaba una nueva impresión. ¡Oh capitán, mi capitán! Tan sólo faltaba que estuviese leyendo a Whitman, pensé. Pero la rubia y sus ojos moteados seguían ignorándome. Regresé a mi infatigable misión de opositor cuarentón asumiendo la derrota y entonces volvió a ocurrir. Utilizó un puntafina turquesa para subrayar sus apuntes, rodeando con un círculo certero cifras y porcentajes. Miré mi stabilo del mismo color y me giré acalorado para ocultar la cara de panolis y convencerme de que no estaba soñando. Uff… Ya iban tres.
El calor o el hambre comenzaron a nublarme la vista cuando, la belleza rubia se levantó ajustando una falda de tablas que aireaba las mejores piernas tostadas que podía merendar. Embutidas en unas medias café rodearon la mesa hasta un contenedor para reciclar papel situado enfrente. Se agachó aplastando una montaña de hojas, recortando la distancia entre la falda y las bragas y no pude evitar forzar las dioptrías y mostrar las mismas torpezas que a mi oftalmólogo. Entonces ocurrió. Una carrera de puntos blancos comenzó a extenderse por el muslo izquierdo a una velocidad extrema paralizando mis pulmones hasta la pantorrilla. Cerré los ojos y me castigué recordando las opciones de la pregunta once. Aquello era demasiado para un soltero mediocre y solitario. La desnudé al completo encomendándome a todos los santos que rezaba mi anciana madre y convenciéndome de que no podía ser cierto. Sus ojos moteados, su melena, su falda, sus muslos… Me levanté azorado para prestarle ayuda sin saber qué decir y al girarse chocamos en el mismo gesto.
-Perdona, tienes una… (me miró por primera vez) carrera en las medias.
Se palpó en el sitio exacto, girando el cuello, obligándome a colarme en sus tetas donde reposaba una diminuta cruz de madera. Me miró sorprendida (sus ojos se agrandaron y se llenaron de manchas) y, sin mediar palabra, se acercó a la mesa, enganchando la mochila a un hombro y sujetando la carpeta y el libro en la mano contraria. El tiempo se detuvo, las casualidades dejaron de existir y aquella Lolita endiabladamente guapa escapó con la misma rapidez que habían saltado los puntos en sus medias. Sin ánimo para rechistar, regresé aturdido a la mesa del panolis, retomé la pregunta once y prometí olvidar lo que podría haber sido una bonita historia de amor. 

Relato Corto. Taller de Escritura. 21 de marzo de 2009.

(En esta ocasión, el ejercicio consistía en escribir un relato teniendo en cuenta la iluminación, es decir, cómo contamos la escena; A veces, pretendemos deslumbrar al lector, con palabrería y circunloquios que no llevan a ningún sitio y otras, lo dejamos a oscuras, porque iluminamos mal la escena, dando por supuesto, que el lector maneja ciertas cosas que conocemos. Para aprender a iluminar teníamos que construir una historia de las tres formas, con exceso, con defecto y con lo que consideramos iluminación justa. Ésta es la tercera versión)

Dedicada a Isidoro

http://aparienciasyvirtualidades.blogspot.com

un maestro de la iluminación de objetos... Fue inevitable, pensar en él.


sábado, 14 de marzo de 2009

LA HORMIGA, LA CIGARRA Y LA CRISIS DEL SECTOR


Yo tuve un negocio de postales con dos empleadas.

La una se pasaba el día enterrada en papeles. Tenía las mejillas acartonadas y la nariz afilada soportando unas lentes redondas que bailaban noche y día sobre un desfile de números rojos interminables. Se preocupaba por la economía de la empresa. Por la mala economía de la empresa. A veces, las cuentas iban tan mal que ponía dinero de su bolsillo para mentirme sobre las ventas. -Han sido cinco- suspiraba al teléfono -Para ser lunes…- Luego enmudecía hasta que me escuchaba asentir con sus propias palabras -Claro, para ser lunes…-

La otra, sonrosada y cantarina, alegraba las mañanas de invierno contagiando de color los días sin sol, sin sabor, sin clientes y sin beneficios.

-Niña, alegra esa cara- le decía la otra a la una contando maravillas sobre el último estreno de cine, las delicias del menú vegetariano compartido con su profesor de yoga o los cuarenta y seis minutos cabalgando sobre su nueva conquista.

Los días que cerraba caja (muchos menos que su infatigable compañera) era la encargada de mentirme sobre las ganancias del negocio. -Hola Marina ¿qué tal va todo? Por aquí es casi primavera ¿Te he dicho que en casa ya huele a azahar? Cristóbal te echa de menos. Ha retirado de la carta el Hendrix con pétalos de rosa porque no soporta servirlo para otra que no seas tú… Ya sabes cuánto le gustas…

La dejaba hablar y chisporrotear como el gas de la coca-cola, escuchando encantada sus palabras efervescentes.

Con ella nunca hablé de ingresos. Al menos, en términos económicos. Me contaba cómo y cuándo el señor alto inglés con acento alemán se enamoró del Klee de los circulitos pequeños y compró postales para su nieta; o lo que había ganado el Rothko desde que lo cambiaron de sitio y absorbía el sol filtrado por la ventana; o las felicitaciones anónimas del blog por las novedades de la nueva temporada.

Llegó la primavera y “El rincón de Marina” celebró su primer cumpleaños con una vela prestada y nuevos reclutas para el regimiento rojo. Seguíamos en bancarrota.

Ese día, la una, prefirió quedarse en la trastienda haciendo balance de la temporada y la otra, lo celebró con el único cliente fiel que no nos había abandonado. Cristóbal, el encargado del bar de enfrente, llevó la botella de Hendrix a la tienda y lo sirvió con finísimas rodajas de pepino en unas copas de cóctel azul cobalto. Se cruzaron los brazos (según me contaron luego) y brindaron por el futuro. Pero el conjuro no funcionó.

Al mes siguiente, el banco me obligó a hipotecar el negocio. Intenté compensarlo minimizando costes y congelando los sueldos. Tampoco sirvió. Ni siquiera el tres por dos nos libró del desahucio.

El martes pasado me decidí. Me decanté por una de mis empleadas. Me hubiese gustado apostar por la otra, la sonrosada y cantarina, si la una no hubiese suplicado compasión por los días de sacrificio sin beneficio, las noches en vela y la extrema fidelidad a la causa y, sobre todo, si la otra no me hubiese animado a emprender nuevos proyectos, asegurado que seguiría bien y agradecido las merecidas vacaciones.

No sé por qué lo hice. No fue la solución. Esta mañana, me llamó Cristóbal para contarme la irreversible desgracia de la una. Él mismo se ha encargado de colgar el cartel del cierre definitivo por defunción.

Al final, el prozac, tampoco pudo salvarla. 

Relato Corto. Taller de Escritura. 14 de marzo de 2009.

(En esta ocasión, el ejercicio consistía en escribir un relato sin temor al "plagio creativo", reformulando un cuento, una historia contada o una fábula conocida.  Yo elegí a La Fontaine y su archiconocidas cigarra y hormiga; siempre deseé cargarme a la hormiga...)


miércoles, 11 de marzo de 2009

SAN VALENTÍN


Sonó el teléfono, me libré a jirones de las sábanas  y reconocí su voz.

-¿Ana? Soy Valentín. Tu compañero del Instituto. Conseguí tu número en Asuntos Sociales. Expongo en Madrid la semana próxima. Tengo galería en Arco y me encantaría volver a verte.

El sueño me golpeó en las sienes. Apareció tan nítido que colgué.


Hacía más de veinte años que no nos veíamos y convencí a Raúl para que me acompañase. Diluviaba y me calcé las botas con doble calcetín para evitar calarme. El taxista nos recogió a las ocho y recitó un aburrido monólogo sobre el mal tiempo, su suegra, la crisis y los tramos en obra sin finalizar. Media hora más tarde llegamos a la dirección indicada. Nos recibió un grupo deslucidos por el aguacero que vencía las varillas de los paraguas y empapaba las medias de las más valientes. Buscamos refugio en un portal cercano que rezumaba agua por un canalón oxidado junto a un ventanal sin luz. Raúl me abrazó. Los demás edificios también estaban a oscuras. Ninguno parecía habitado. Valentín no tardó en aparecer. Se presentó ignorando al resto con paso firme y sonrisa planchada. Lo encontré distinto. Más pequeño, encogido. Mimetizado con los enanos de los reportajes fotográficos publicados en prensa. Llevaba años cotizando fama por sus arriesgadas propuestas estéticas. Me besó en la mejilla. Un solo beso. Y enseguida se aferró a las maravillas de nuestra adolescencia.

-Los mejores años- repetía, mientras recordaba el maratón de cine que nos mantuvo aferrados hasta el amanecer de un catorce de febrero sin hacer novillos; y el asalto al kiosco desvalijado previamente por los listillos de COU; y el grafitti de margaritas que hicimos para celebrar la primavera. Enrojecí. No me recordaba tan cursi.

-Tan delicada como un soplo en la mejilla- añadió apretándome las manos e ignorando la presencia de mi marido.

Insistió en recuperar el tiempo y me arrastró entre el bullicio sin turno para despedidas. Raúl no se movió. Le perdí a pocos metros de la entrada. Un catorce de febrero palpitante e intencionadamente rojo anunciaba el evento. La recepción, tapizada de estampado retro estaba provista de una tropa de camareros rapados, con el culo al aire y el pito tatuado perforado de aretes. Volví a enrojecer. Ofrecían cava y salmón, pero no probé nada. La luz, roja también, seducía desde el centro, emitiendo reflejos desde una bola gigante giratoria.

-Sígueme, te va encantar.

Me condujo por una red de pasadizos y combinaciones que temí no saber desandar. Los pasillos estaban atestados de fotografías. Me sentí observada por una multitud de personajes en sepia posando a la antigua. La luz cambió en el último tramo. Viró a blanca y me deslumbró.

-¡A que te encanta!- dijo sin mirarme ni esperar respuesta  -He tardado meses en agrupar y montar la escena. Es la estrella de la exposición. He pensado que te gustaría participar en la performance que estoy preparando.

Hablaba rápido, gesticulando con los brazos en alto, como arengando a las masas. Dejé de escucharle. El espectáculo era dantesco. Una cocina infectada con fogones chorreados de pasta y caldos fétidos, centraba la escena. Me tapé la boca para contener una arcada y prosiguió el discurso.

-Lo sabía. Sabía que morirías de expectación.

Pensé en mis viejos, mis pobres asistidos que acumulaban basura sin control, pero aquello superaba cualquier caso de Diógenes demencial. Repasé la montaña viscosa de desechos devorada por las ratas que compartían festín con los gusanos y las moscas. Una fauna imposible que arruinaba mis esperanzas de salir inmune de aquel antro espeluznante.

-Siéntate Ana- dijo acercándome un taburete de terciopelo que no encajaba en el resto -Estaré listo enseguida. Te servirán lo que gustes.

–Valentín- era la primera vez que pronunciaba su nombre.

-¿Sí?

-Raúl está en la puerta- atiné a decir.

-Chicos- palmeó llamando a su séquito -Atendedla en todo. Cientos de honores para mi dama- pronunció mientras forzaba una reverencia y abandonaba la sala.

Desapareció y comenzó la tortura. Los mafiosos de la entrada me arrastraron en volandas y, en segundos, me arrancaron los vaqueros y los calcetines; los dos pares. El chubasquero, las bragas y el sujetador. Forcejeé y llamé a Raúl, pero fue en vano. Me depositaron en una bandeja gigante insoportablemente fría. No podía respirar, o sí, pero no quería. El roce del metal me producía escalofríos. Me abracé contraída, intentando proteger los pechos menguados sin sostén, sin alivio. Todos giraban a mi alrededor, en una extraña danza que ignoraba mis súplicas. Se besaban. Se mordían. Se lamían los pitos tatuados gruñendo bajezas y arrancándose orgasmos. No recuerdo el tiempo que pasé tiritando hasta que rompí a llorar. Desesperada, desfigurada. Y como en la mitad de los thriller, cuando adelanto el final y destrozo al guionista, visualicé el futuro y presentí mi muerte. Moriría a manos de los sicarios viciosos enviados por el psicópata que había ideado la bacanal, el compañero adolescente que compartía mesa en el Instituto. Valentín; el mismo que rechacé la noche de cine sin palomitas. Me ovillé ocultando la sospecha entre las piernas y estallé en un grito animal que deshizo el resto.

 

-¿Estás bien Ana?- preguntó Raúl contemplando mis ojos desencajados.

-He tenido un sueño. Este año no quiero ir a Arco.

Contuve el aliento, Raúl me abrazó y me desmayé. Juraría que no habían pasado más de veinte años. 


Relato Corto. Taller de Escritura. 7 de marzo de 2009.

(En esta ocasión, el ejercicio consistía en escribir un relato siguiendo una red de palabras encadenadas realizada por los componentes del taller. La mía contenía frases como "lágrimas de impotencia", "una tostada negra carbonizada" y "la del puchero, bien apretadita, está para chuparse los dedos").

Las imágenes pertenecen al artista Carlos Aires (Ronda -Málaga- 1974)

Por cierto, el sueño es real... ¿Me estaré enfermando?