viernes, 23 de octubre de 2009

DISTANCIA

El puerto está en obras. Un desfile de camiones enturbia el horizonte, otras veces naranja. Huele a lluvia. El más cercano al espigón maniobra hacia atrás siguiendo las instrucciones de un obrero que repite mecánico el proceso. Son las ocho de la mañana. Bea ajusta el volumen de su Ipod y entorna los ojos con la primera canción. Piensa en Marino y se frota los ojos. El obrero se detiene y el camión lanza el cargamento de piedras al agua. Bea aprieta los labios y destierra el pensamiento hundiendo las zapatillas en el asfalto. Calienta tobillos, estira las piernas y comienza a correr. El alud salpica sobre la bruma espesa y se queda en el estómago. Bea contiene el aliento y fija la mirada más allá del puerto, detrás de la niebla. El camión recupera la posición inicial, repliega la plataforma y regresa despacio hasta el cruce. Bea se detiene, observa el reguero de huellas sobre el suelo embarrado, le cede el paso y cambia de canción. Marino busca el gato en la lavadora, gira el tambor vacío sin pensar qué hace e intenta no pensar en Bea. El gato es su regalo. Su regalo de despedida. “Déjalo maullar” dice la nota “Yo no pude soportarlo”. Siete meses después, el possit sigue en la nevera. Intacto. Marino grita su nombre y revisa los cajones. Remueve la tierra de las macetas, desenrosca las lámparas, vacía las papeleras. Bea siente frío en el pecho, pero acelera. Adelanta a una pareja de atletas sincronizados y a un par de perros que escoltan al trote a su dueña. El gato no aparece. La casa saqueada, el pelo revuelto. Marino se arrodilla sosteniendo la cabeza, tapándose, para no gritar. La carrera continúa. Los músculos se tesan, los latidos se disparan. Varios mechones se escapan de su coleta. Marino se esfuerza por odiar a Bea, pero la recuerda sonriendo, fabulando historias, acariciándolo. Sigue sin salir el sol. Bea oxigena los músculos. Aumenta la zancada y se prepara para el spring final. Los charcos tiemblan al paso. Los camiones encojen. Diminutos. Imprecisos. Se alejan llevándose el ruido y acercando la meta. El esfuerzo le seca la boca. Corre hasta el límite. Sobrevuela los últimos metros como un látigo batido con fuerza y aterriza exhausta. Junto al faro. Ha vuelto a superar su marca. Marino los busca en la ventana. A Bea, a su gato. Aprieta el pecho en la barandilla y rastrea en la distancia. Sólo reconoce el faro. Ni siquiera está seguro de haberlos querido del todo.

Relato Corto. Taller de Escritura. 22 de octubre de 2009.

(En esta ocasión, trabajamos la metáfora de situación, anticipando con un símbolo, lo esencial de la escena. Me resultó complicado encajar la metáfora para que no chirriase -sobre todo después de haber leído a Carver-. Al final, creo que más que trabajar la metáfora, disfruté envolviendo a los protagonistas en una atmósfera que encajase bien la historia)

El dibujo, originalmente sobre blanco, es un regalo de mi querida Irati http://1080recetas.blogspot.com/2009/05/y-de-nuevo-la-generosidad-me-alegro-la.html

Su blog http://iratifg.blogspot.com/


domingo, 18 de octubre de 2009

EL SEÑOR X

Versión original

El señor X tiene las manos atadas al cabecero. La mujer no pestañea. Observa el temblor de sus ojos bajo los párpados y respeta el silencio que los separa. No gimen, no hablan. Tampoco se besan. Sólo sudan sobre una fría cama deshecha hasta que llega el grito entre sus piernas, la respiración furiosa, la descarga. La mujer arquea la espalda. El señor X se desvanece. Blando, blanco, primitivo. Ella lo permite y afloja las nalgas. Después sacude la melena rubia, alarga las uñas y alcanza el puñal. El señor X la mira por primera vez. Perplejo, Asustado. Confunde su nombre. Tarde. Demasiado tarde. La sangre brota del pecho. La mujer no se detiene. No pestañea. Asesta la número trece y termina. Desvalija la caja fuerte y se marcha. Parece sonreír.

Versión cuento

Hace muchos, muchísimos años, un joven y apuesto príncipe se propuso invertir su tiempo y fortuna en encontrar el amor de su vida. Pasaron lunas y lunas, hasta que una buena noche, apareció una bella dama portando la más hermosa de las sonrisas, el más fino de los talles y la más seductora de las miradas. El joven no tuvo dudas y, sin consultar la decisión con consejero alguno, transformó su palacio en nido de amor. Allí, cada noche, la misteriosa princesa disfrutaba de placeres divinos junto a su amado caballero. Y éste, confinado a sus juegos y delicias, olvidaba atender los compromisos reales. Cuentan los más ancianos, que la diosa fortuna, cansada de visitar cada día el mismo lecho, se fue a vivir a otro lado y el apuesto príncipe, rechazando una vez más los avisos de sabios y adivinos, siguió entregado al amor. Pero la desgracia no tardó en llegar y una noche sin luna, la princesa se convirtió en la bruja que siempre había sido, huyó por la ventana y abandonó al caballero que malherido, triste y desangrado, dejó de soñar.

Versión morbosa

Las vísceras colgando, el rostro irreconocible, las muñecas rotas. El cuerpo perforado del Señor X desprende un olor rancio y cremoso a matanza, a podrido, a humedad. El hedor es insoportable. Un reguero de líquidos enmohecidos ensucian las sábanas aflojando las carnes deshechas. Residuos de sangre putrefacta fermentan con restos de piel sudada y semen, mientras un centenar de larvas remueven el cadáver. Al otro lado del planeta, una seductora mujer de mirada pétrea y cuerpo fetiche, perfuma su almohada con Chanel nº 5. De fondo, “la vie en rose”.

Versión monólogo

Trece. Que fueron trece. Ni más ni menos. Y luego dirán que no hubo saña ni ensañamiento y le llamarán locura transitoria al tiempo que gastó la tipa en destrozarle la vida al pobre imbécil. Con lo guapo que era… Mira que dejarse engañar así. Si hasta se sabía la contraseña. Los trece números, los trece. Que digo yo, que lo mismo, mientras le clavaba el puñal pensaba en la clave para después… ¡Qué barbaridad!. Una escabechina. Para que luego digan que en este pueblo nunca pasa nada. No, si cualquier día… Ya lo vengo diciendo. Que esas rubias larguiruchas no traen nada bueno, que no son de fiar. Con esos labios tan rojos y esos ojos tan claros… Donde se ponga una morenaza fuerte, con el culo gordo para engendrar zagales… Si es que se está perdiendo lo bueno. ¡Ay Dios! Y yo, soltera y entera. ¡Qué divina desgracia!

Versión noticia

Con trece puñaladas en el abdomen, maniatado y desnudo, encontraron ayer las autoridades el cuerpo de un hombre cuya identidad aún está por confirmar. La autoría del crimen podría recaer sobre una joven mujer rubia que, según testigos presenciales, abandonaría el domicilio portando un maletín oscuro, altos tacones y un vestido ceñido de color negro. Fuentes policiales barajan el robo como posible móvil del crimen. No se descarta la venganza pasional.

Relato Corto. Taller de Escritura. 15 de octubre de 2009.

(En esta ocasión, el ejercicio consistía en utilizar varios narradores para versionar una misma historia desde distintos puntos de vista. Disfruté muchísimo de la frialdad del narrador original, el estilo Mantis Religiosa -como me gusta llamarlo- de frases cortas y palabras directas, con una visión cámara para contar la escena sin implicarse; confieso que también me encantó el morboso; lo de remover llagas, tiene su gusto...)

viernes, 9 de octubre de 2009

EL JARDÍN DE LA SEÑORA DUBOIS

-¿Y dice que se le ocurrió sin más?

-Sí.

-Entonces ¿Es consciente de lo que hace?

-Jardinera.

-¿Cómo dice?

-Se define como florista-jardinera.

El periodista observa la pose gatuna tras el cristal. Se alegra de que no pueda verle ni escucharle. Las manos sobre el regazo, las rodillas barriendo el suelo. Los pliegues de la falda revelan una musculatura ágil, pequeña.

-Me gustaría consultar su historial -añade anotando algo en la libreta.

Ajena a la conversación, la anciana se levanta recogiendo la falda para no tropezar, acaricia el gato que descansa a su lado y desaparece atravesando una cortina de madera en tiras con dibujos geométricos. Su sonido acorchado amortigua los pasos.

-Me temo que esa información está restringida –matiza la enfermera frotando sus manos.

La mujer regresa a la estancia con un ventilador bajo el brazo. Se sienta sobre un taburete azul, lo apoya en el suelo, recoloca las manos sobre la falda y entrelaza los tobillos aireando un par de sandalias con cintas de seda. El gato, ni se inmuta.

-La señora Dubois lleva con nosotros desde el noventa y dos. Llegó a través de una vecina que avisó a los servicios sociales por abandono.

El periodista la observa con extrañeza.

-Presenta un aspecto cuidado -apunta fijándose en el laborioso recogido que ondea en su espalda.

-Toda la ropa es de diseño propio –precisa la enfermera-, nos sorprende cada mañana con un vestido distinto, se inventa peinados… En fin, ya ve… Atípica de verdad.

-Entiendo. Y ¿los ventiladores? –pregunta, alzando el bolígrafo con expresión curiosa.

-Comenzaron a desaparecer el verano pasado.

-¿Los robaba?

-Primero del comedor; luego, de la cocina, las salas comunes… En menos de una semana había desvalijado la residencia al completo.

-Y… ¿Nadie se dio cuenta?

-Pues…

-Pero eso es ridículo –añade observando el gato que endereza el rabo, curva la espalda y se pierde entre flores. La mujer lo llama, pero no responde. Pausada, regresa a sus pinceles y se centra en los contornos de un lirio salpicado de vetas amarillas junto al nuevo ventilador. Dos peonías de enormes aspas coloradas se alzan al fondo. Junto a ellas y, entre tulipanes, florecen orquídeas sujetas a un rosal que gira en el techo.

-No me pregunte cómo logró convencernos –prosigue la enfermera sin dejar de observarla-, su psiquiatra…

-¿Es peligrosa?

-¿Cómo dice?

-Que si…

-En absoluto –corrige molesta por las continuas intromisiones de su interlocutor-. Su psiquiatra, le decía, la citó para aclararlo, pero ella aseguró que se trataba de un encargo que nos reportaría enormes beneficios. El caso es que lanzamos una circular.

El periodista frunce el entrecejo. Observa a la anciana y cae en la cuenta de que esperaba encontrarse con una viejecita enferma, senil.

-Primero a nivel interno, luego local, por radio, televisión y hasta conseguimos…

Deja de atenderla, duda… ¿Realmente no puede vernos? ¿Ni escucharnos?...

-Electrolux y Rowenta firmaron un convenio para financiarnos. Luego, como ya sabe…

¿De dónde habrá sacado las sandalias?

-Saatchi Gallery.

-¿Perdone?

La enfermera se percata de su falta de atención, frunce el ceño y comenta sin ganas -el traslado está previsto en un par de meses.

-Pero… ahí debe de haber cientos… -interrumpe.

-Ciento setenta y dos.

-Va… vaya –balbucea mordiendo el bolígrafo y ocultando la libreta en el bolsillo trasero del pantalón-, y… ¿funcionan? –pregunta empapando el cristal de vaho.

-De momento probamos secuencias alternas. Imagine la potencia que desprenderían todos juntos. De la instalación se encargan los patrocinadores. Con lo que lleva trabajado, esta buena mujer, bien merece un descanso.

La enfermera mira el reloj y se frota las manos.

-Bueno, pues con esto… -se rasca la cabeza-, acabo. El artículo saldrá el lunes. Si me permite un par de fotos –añade hurgando en la mochila que sujeta entre las piernas.

La enfermera asiente.

-Muy bien.

El periodista extrae un objeto envuelto en un pañuelo blanco. Lo abre con cautela y saca una pequeña caja agujereada, pintada de negro. Simula el enfoque manipulando un rollo sin papel higiénico y presiona un lacasito rojo accionando el muelle que dispara un falso canario.

-Clock –apura fingiendo el sonido del disparador sin variar la expresión del rostro-. Clock, clock, clock… ¿No lo nota?

La enfermera se gira aguzando el oído.

-¿El qué?

-El sonido de la cámara.

Termina su trabajo y devuelve el artilugio a la mochila.

-No entiendo como algunos prefieren trabajar con digital.

Y sin esperar respuesta, carga su equipaje al hombro, lanza un beso a la pintora y abandona la sala.

-Grado seis -murmura la enfermera accionando el busca-. Varón, treinta y seis años. Requiere atención inmediata. Urgente.

Relato Corto. Taller de Escritura. 8 de octubre 2009.

(Después de un verano de sequía y continuo remoloneo entre salitre y arena... regreso con nuevas historias gracias a la disciplina impuesta por mi querido profe para este curso. El punto de partida ha sido el extrañamiento. Cuestionar nuevos usos para objetos cotidianos, insistiendo en el poder de la percepción y la necesidad del escritor de observar su entorno como el extraño que es en él para cazar nuevos puntos de vista. Yo he tratado de camuflar ventiladores y convertirlos en protagonistas de un jardín fresquito. Mi personaje, en cambio, prefirió sorprenderme creando un artilugio-cámara mucho más ingenioso... Empiezo a sospechar, que estos impredecibles, siempre se revelan...)

viernes, 24 de julio de 2009

ESTOY EN PROCESO DE INSPIRACIÓN... PARA MI PRÓXIMA HISTORIA


Llevo muchas semanas sin actualizar, pero es que el verano se ha impuesto con fuerza:

1. Sobredosis de contemporaneidad en la Bienal de Venecia
2. Reestructuración mental para proyectos futuros
3. Reestructuración del habitáculo-vivienda y las influencias del Feng Shui


Así que habrá que esperar al otoño para que lleguen nuevos frutos...

sábado, 13 de junio de 2009

CENTRIFUGADOS

El microrrelato centrifuga una historia y la lanza al centro de nuestra imaginación, poniéndola a trabajar de inmediato. Con palabras concentradas, envolventes e indiscretas nos señala con el dedo situaciones en las que nos reconocemos. A veces, mediante la ironía que nos invita a sonreír, otras desde el aroma sutil del recuerdo o con la sorpresa de invertir la lógica y experimentar con el lenguaje.
En un tiempo caracterizado por las mordeduras de las prisas y el poder anestésico de la rutina, no hay nada como una dosis de relatos breves y certeros, libres de aditivos y conservantes, sin derroches ni ostentaciones. Sólo un puñado de palabras despojadas de cualquier elemento expositivo que las perturbe; narraciones reducidas a lo indipensable que avivan el espacio y despliegan en la mente todo su pontencial.
Un regalo lo suficientemente atractivo como para desear que esta muestra de microrrelatos organizada por el Taller de Escritura Paréntesis sea la primera de muchas otras que recojan y expresen la inquietud, ingenio y sabiduría que estos escritores ponen en práctica para lanzarnos un guiño y emocionarnos desde una distancia corta capaz de mostrar lo esencial de la complejidad humana.

Ana Robles
Comisaria de la exposición







sábado, 6 de junio de 2009

PREMIO OROLA DE VIVENCIAS

Finalmente, entre las 2045 vivencias presentadas al III Premio Orola de vivencias, la mía quedo semifinalista en la novena posición ("La mudanza") y aparecerá publicada en otoño en ese mismo puesto, en un libro que recogerá las 150 mejores.
Estoy tan feliz...

LA MUDANZA
Apenas subía seis palmos del suelo cuando mi tía me dijo que tenía que irme a vivir con ella. Yo pregunté por mi hermano, mis padres y mi tortuga, pero ella cambió de tema y me subió los calcetines. Miré hacia atrás y conté los escalones. Me gustaba saltarlos de dos en dos de la mano de mi hermano. La puerta estaba entreabierta y unos desconocidos con gorra y mono azul trasladaban cajas y muebles desde mi casa hasta un camión enorme aparcado enfrente. Volví a insistir y esta vez mi tía me dio un beso en la mejilla y me ató la bufanda. “Ya verás lo bonita que es tu habitación nueva. Tiene hasta un árbol de Navidad con tu nombre”. Luego me abrochó el abrigo, me ajustó las coletas y me acompañó al coche.
Esa noche y las siguientes no dormí nada. El parpadeo de la estrella no sirvió para velar mis sueños.


viernes, 29 de mayo de 2009

LAS VOCES DE PENÉLOPE



Dos. 

La despedida. 

 

Se escucha "Cómo fue" de Benny Moré. En escena, LA MUJER QUE 

ESPERA, rodeada de un ejército de zapatos, botas,sandalias y zapatillas 

desparejados. Va ordenando los pares, buscando la pareja de cada uno. 

  

LA MUJER QUE ESPERA.- Había imaginado de mil formas 

esa palabra perversa de dos sílabas: ADIOS. Hasta que el agua 

nos reúna nuevamente en la luz de la tarde. Hasta que el aire 

nos contamine con alegría o tristeza. Hasta que nos volvamos a 

ver. Había supuesto mil quinientas trece formas de despedida. 

(Pausa.) La real fue la mil quinientos catorce. 

Se fue. 

A veces su sombra me acompaña cuando bailo. Su respiración 

- aquí, entre el cuello y la mejilla- se interpone con cualquiera 

que me saque a bailar. A veces es como el bandoneón que me 

persigue pedigüeño en el Metro, como la voz de un árbol que 

sigue creciendo dentro de mí. 

A veces me gustaría no pensar. Observar lo que me rodea - el 

jardín de arena, la acera, el contenedor de vidrio, la farola, el 

rótulo de la pescadería- y nada más. Dejar pasar la tarde como 

un viajero abrigado en el retraso del tren. Sería estupendo ser 

así: ligero, volátil, efimero. La sombra de lo que fuímos, el 

presagio de lo que deseamos. 

Pero no. No lo somos. Estamos entregados al frío de los 

tiempos. Que el pensamiento se empape en calma. 


Se escucha "Somos novios", de Armando Manzanero. LA MUJER QUE 

ESPERA baila sola, colocando los brazos y la mirada en un compañero 

imaginario. A su alrededor todos los pares de zapatos, dispuestos como si 

se tratara de una pista de baile. LA MUJER QUE ESPERA sa1e de 

escena. 



Ayer me emocionaste Sonia, las palabras, el escenario, la intimidad... Has sabido tejer una historia que te atrapa desde el principio, que te arrastra y te identifica (porque todas hemos sido alguna vez un poco Penélope, todas hemos esperado y, algunas, hasta hemos aprendido a esperar). Y me has llevado a Tánger, a sus telares, a sus hilos enredados en cualquier pomo de cualquier puerta, a su azul intenso y pálido y turquesa. Me has arrastrado por la historia, deteniéndome en cada mirada, en cada gesto de sus protagonistas. Y he deseado vestir y desvestir el escenario, tejer el entramado central con mis manos de araña y convertirlo en mi escondite (cuanto daría por envolverme en un lugar así de vez en cuando y usarlo de celosía y ver sin dejarme ver...) o pasear mis patitas gatunas enganchadas en cualquier ovillo y rodar por el suelo. Me has hecho sentir cerca del mar, en sus entrañas frías y azules y oscuras. Y cerca del cielo (a lo lejos, en la esperanza)...



Y todo esto que te cuento... Ha merecido la pena.



Cóloca el retrato sobre la silla de enea. 

La espera me hizo más fuerte, más segura y descreída. 

Llegaban rumores constantes de regresos o tragedias. Y un día 

aprendí a esperar. A esperarme a mí misma. Y a proteger un 

poco ese lado del corazón que se hace arena o fuente, 

dependiendo de la luz que lo ilumina. 

Aprendí a mirar mi sombra paseando por la orilla con una 

tristeza que construye futuro. Esa tristeza dio paso a la 

serenidad. Y la serenidad a la calma. Y la calma a la inquietud 

por ser yo, no la espera de otro. 

Me esperé a mí misma. Esta es mi verdadera historia. 

miércoles, 27 de mayo de 2009

INCONFESABLE

Estábamos las cuatro reunidas. Peca, Amaya, Trini y la domadora de rizos con felpa que llevaba veinte cinco años conviviendo conmigo. Faltaban seis días para la boda y despedíamos la soltería de Amaya, con una cena pactada en un lugar elegante. En la segunda ronda de Contino, Peca decidió que era el momento ideal para revelar algunas escenas eróticas inconfesables. Todas reímos, bailamos las copas en un brindis desafinado y nos exploramos esperando la primera intervención. Mi recuerdo llegó en un destello, semioculto entre un montón de libros sujetos por dos refinadas manos de bronce que chirriaban junto a la colección de latas de cerveza y el póster de los Ronaldos. Estaba allí esperándome, con su carátula amarilla y una sola palabra escrita con rotulador negro en la portada: SURF. Y allí estaba yo, en el cuarto de mi hermano, con once añitos y un manojo de rizos estirados en un coletero de margaritas a juego con los calcetines; un poco rancia y sabihonda, al tiempo que torpe y demasiado cursi. Esperé a que todos se marchasen; mi padre, a seguir arreglando el mundo desde su pequeño despacho sin vistas al mar, mi madre, con la abuela y sus tardes de novela y nostalgia y mi hermano con su amigo Fran, para preparar los primeros parciales de una diplomatura que duraría más de cinco años. Pasé de puntillas bordeando la cama, la tomé prestada y volé hasta el salón para conectar el video y quitar el volumen, antes de pulsar el play y levantar los ojos hacia la pantalla.

No había créditos. Aparecían sin previos dos hombres sentados en un banco de lo que mucho después supe que era una sauna. Tenían el pecho descubierto y una toalla mínima sujeta a la cintura. No se miraban. El más ancho de hombros, lucía un torso negro y brillante, húmedo. El otro, de menor apariencia y para compensar, mostraba un tatuaje que cubría el brazo derecho y terminaba en la mano posada en el muslo del compañero. Al cerrar el puño, un primer plano, me reveló que se trataba de la cabeza de una serpiente enroscada desde el hombro. Tenía la caperuza desplegada, los ojos fijos sin párpados y el color tostado de una cobra amarilla en posición de ataque (esto también lo averigüé después). Lenta y precisa, comenzó a frotar sus escamas contra el rizo de la toalla. Subía, bajaba y se ondeaba, mientras el negro aflojaba las piernas, se mordía el labio inferior y mantenía los ojos fijos en el reptil que cruzaba de muslo a muslo incidiendo en el bulto que empezaba a crecer en el centro. Desde mi ángulo, a dos palmos de la pantalla y con el dedo fijo en el stop por si sonaban las llaves o el timbre, las proporciones se disparaban. Las piernas crecían mostrando la tensión de los músculos, el ombligo tiritaba en el abdomen a cuadros y la presa engordaba a una velocidad sofocante.

-Noe, comienza tú, con lo listilla que eres seguro que te los has cepillado a pares.

-¿Yo? ¡Qué va! Soy tan ñoña que ni siquiera me atrevería a pensar las perversiones que esconde mi futura cuñada. (Las demás rieron).

-¡Ah! Yo no cuento y menos para ti, guapa -dijo dirigiéndome su copa y simulando un brindis-. Todavía tengo que cazar a tu hermano ¿recuerdas? –Y sonrió mostrando un diminuto diamante de compromiso.

Cazar, atrapar, apresar... Las palabras me devolvieron a la culebra tatuada que continuaba danzando cauta entre las piernas hasta que el dueño de la preciada presa, cansado de rodeos, la atrapó al vuelo y se arrancó la toalla mostrando sus atributos.

-¿Os acordáis de Miguel? El hermano de Eulalia -me atreví al fin para romper el hielo-. Pues, la verdad es que no nos reuníamos precisamente para repasar integrales en selectividad.

-¿De veras? Pero si Escalante lo más valiente que hacía era robarle cromos a su hermana –añadió Amaya en el mismo tono.

-Eso creía yo hasta que una tarde cerramos la puerta y apagamos el flexo.

-Yo soy incapaz de cerrar los ojos –desveló Trini besando la servilleta.

-Depende de quién, ¿no? A veces, hay tipos que… en fin… -y señalé al gordo enchaquetado que engullía una torre de fresas, en la mesa de enfrente.

El silencio entre risas me devolvió a la sauna transformada en campo de batalla.  El tatuado se arrodilló mirando a la cámara y comenzó a morder los pezones del negro que mostraba su lengua jugosa a cada bocado y profería ruiditos que yo no alcanzaba a escuchar. Mientras, la cobra, insistente y obsesiva, separaba las mandíbulas-dedos lanzándose ávida sobre su conquista y sacudiéndola de arriba abajo.

-¿Y qué pasó luego? ¿Os seguisteis viendo? -insistió la futura novia.

-Sólo un tiempo. Llegó el verano. Se marchó a estudiar Interpretación a Madrid y perdimos el contacto.

-Suele pasar…

-Lo mío, prefiero olvidarlo –continuó Peca-. Si mi abuela hubiese intuido las perversiones que mi primo Javi me enseñaba en su casa después de clase, la habría palmado mucho antes. 

Seguí escuchando sin escuchar y recordé que aquella, había sido mi tercera película rara. No sé el tiempo que mi hermano llevaba grabando y regrabando la vieja cinta de video y si alguien más que yo, compartía el secreto. Lo cierto es que siempre aparecían hombres y yo enrojecía cuando comenzaban los acoples y miraba al suelo desconcertada. Sin embargo, no podía resistir el impulso de fisgar a escondidas, cada semana. Fueron muchos los pitos que descubrí aquel invierno hasta que un día desapareció la carátula amarilla y mi hermano dejó de estudiar en casa de Fran. Nadie preguntó nada. Pasaron más de cinco años hasta que nos presentó a su primera novia. Tenía veintitrés años y una sonrisa perfecta. La misma que lucía entonces a una semana de la boda. Antes era demasiado pequeña para entender, después demasiado cobarde para confesar. Solo sé que mi mejor recuerdo erótico, continuó siendo inconfesable. 

Ejercicio de relato erótico. Taller de Escritura. 25 de mayo de 2009.


jueves, 30 de abril de 2009

NIDO (VIDEOPOEMA)


Para los que imploramos libertad...


Delicioso...

http://nuria-gil.blogspot.com/2008/10/nido-videopoema.html

El poema es de Nuria Gil y la ilustración de David Sánchez


martes, 28 de abril de 2009

CONCURSO MICROS DIARIO SUR



"Silencio inerte", de Maite Josune Cuevas Prieto Setién (503 votos):

Tu silencio es una tumba vacía en el inquebrantable día en que tus besos inquietaron mis pasiones más ocultas, del más inicuo recuerdo que calladamente muere.

Hola chicos!
Ya tenemos ganador para el primer concurso de microrrelatos del Diario el Sur, al que presenté mis dos micros.

http://www.diariosur.es/20090427/cultura/ganador-lectores-concurso-microrrelatos-200904271135.html


Mi resultado, en relación al voto del público, me alegra mucho!

"El ambidiestro" con 225 votos, el quinto más votado, entre las 1659 obras presentadas.
"El profesor", con 50 votos, quedó en el puesto número 17.

No está nada mal ¿verdad?
Muchas gracias a todos por apoyarme...

lunes, 27 de abril de 2009

EL CONCIERTO

Y cuarto y no empieza, desde las diez haciendo cola, qué tio más grande, siempre me toca un largo delante, enorme, por lo menos dos metros diez, y yo sin tacones, qué alto y qué lacio, está chapao, esta birra no me dura ni dos minutos, qué apretura, uff y la gente y el humo, joder con el humo, tía, ¿por qué no se lo echas al largo y te largas? qué ansia y qué hambre, lentejas, ayer fueron lentejas, qué manía tiene con preguntar lo que como y dónde voy y lo que como y yo que sé, niño apártate, échate a un lao, que no veo un gruño joder fffff, ahí está, qué bajita, el vestido mola, sin tirantes, seguro que lleva un pedazo de relleno de la hostia, sin tirantes no puedo, se me aplastan y me quedo sin tetas, pues se llevan los asimétricos, lo mismo el verde, el verde no, se me ven las rodillas y la celulitis, mierda, torcidas, las tengo como mi madre, eres cortita de cuartos, será cabrón y tú barrigón cervecero, eso es de parir, que te enteres, que todas las mujeres se casan con cincuenta kilos, tengo que ordenar el armario, jerseys mezclados con tirantes, me da una flojera, qué calor, además yo no llego arriba, se lo diré antes, que luego protesta si me jodo la espalda, anda que no es guapa la tía, tímida y guapa, Celine también era tímida, si hubiese hablado más con ella, y el cuello, qué sexy, ¿será verdad que es lesbiana? pues yo creo que el batería le pone, o ella a él, la mira y pasa, pedazo de voz, será gilipoyas, oye tío o te apartas o empiezo a meter caña con el culo, ¿de dónde la sacará? con lo bajita que es, la Caballé es súper gorda, pero ésta no ha probado el chorizo en su vida, al Naturhouse va a volver tu puta madre, Adrián lo hubiera flipado, mira que se lo dije, joder la peña con los putos cigarros de la hostia, puta, joder, fffff, cállate coño que no la escucho, yo no soy sexy, sin tacones y tan guapa, qué flaca está, ésta me la sé, la grabo y luego me la pongo de tono en el móvil y le vacilo a Carlos, yo qué culpa tengo de que la mierda el móvil suene tan bajito, pues si me llama que me llame, si luego se pasa to el puto día enganchao para llamar a sus colegas, ¿qué talla tendrá? vaya ojazos, ¿será verdad que los focos deslumbran? sí, sí, sí, sí, está me la sé, yo no me vuelvo andando ni de coña, seguro que acaba a las y pico mil, esto está súper lejos, mola, así, pequeñito, un garito guapo, seguro que Silvia también ha venido, aunque no se yo si, mierda, sin batería, sí, sí, ya te dejo pasar, joder con las prisas, qué sed, cualquiera se mueve ahora para ir a la barra, mañana no madrugo, qué gusto, ojala haga sol, la playa, el bikini, la playa, el bikini, sí, me gusta, qué pasa, no como a ti, que te tiras todo el verano en formol, no sé como a la gente le puede gustar el frío y la lluvia y el frío, el otoño deprime, ¿qué dirán la letras? esto de no tener ni puta idea de inglés y la tía pronuncia que te cagas, me gusta el nombre del grupo, Russian Red, le pega, me recuerda a los lentos del Cocas, es un poco años cuarenta, Bangles y el San Francisco con azuquita en los bordes del tubo, a las diez en casa y yo corre que te corre, ¿cómo tendrá la melena? ahora se llevan los flequillos así, todas las niñatas con el mismo flequillo, se les pone una cara de tontas con el uniforme, a mí no me pega nada, uff cuando se gira me pone a cien, la cabrona, con esa forma de modular, si me cantase al oído, me lanzaría, al final Adrián tenía razón, los maricones se lanzan antes, pero yo, qué labios, la muy puta cierra los ojos para gustarme, a lo mejor me ve o me lee el pensamiento, sí, claro, seguro que se tira al batería, yo me lo tiraría también, tengo que arreglar el puto armario. 

Ejercicio de monólogo interior. Taller de Escritura. 25 de abril de 2009.

viernes, 24 de abril de 2009

SÍ, ME VOLVÍ LOCA...


Sí, me volví loca... 
Ayer en el día del libro arrasé con esos títulos que andaban rondando en mi cabeza



DOROTHY PARKER "Narrativa completa"
STANISLAW LEM "Provocación"
THOMAS BERNHARD "El imitador de voces"
ROBERTO BOLAÑO "Llamadas telefónicas"
TRUMAN CAPOTE "Música para camaleones"
KURT VONNEGUT "Matadero Cinco"
RAYMOND CARVER "Si me necesitas, llámame"
ENRIQUE VILA-MATAS "Suicidios ejemplares"
ITALO CALVINO "Las ciudades invisibles"



Qué gusto da dormirse con "Viajar, perder países" de Vila-Matas y despertarse con El señor y la señora Wheelock de Parker..

Esto si que es vida!

domingo, 19 de abril de 2009

MI ABUELA LOLA


Martes, 17 de mayo del 1985.

 

-Dime –suplica separándole el flequillo de las pestañas- ¿me querrás siempre?

La muñeca permanece inmóvil, con la sonrisa cosida y los ojos de botón. La arropa entre sus brazos y le canta una nana sin letra. Me fijo en los encajes que cubren sus piernas entumecidas y en los zapatos de charol y recuerdo las palabras de Manuela -últimamente se quiere arreglar cada mañana. Es cómo si se resistiese a enfermar-. El pelo plateado se esponja en un moño de alfileres, coronado por una diadema blanca. Adelanto el pie derecho y apoyo la mano en el cristal. La puerta avanza unos pasos y me aflijo al encontrar sus ojos. Me mira sin entender y regresa enseguida a su bebé de trapo.

 

La recuerdo en primavera. 1950. Aparece sentada en su butaca como una pichona blanca ablandando las alas y haciendo las veces de la madre que murió al parirme y el padre que no lo soportó. Tengo seis años, mi hermana nueve. Mi abuela cose vestidos para sus nietas. El mío siempre con más vuelo. Engañamos a Manuela diciéndole que el suyo tiene seis cuartas de más estirando la tela por debajo para aparentar el doble. La abuela me guiña y yo contengo la risa encogiendo los hombros.

 

Verano. Me caigo de un árbol intentando espiar, sin ayuda, un nido cantarín. Escalo destrozando la puntilla recién bordada y pelando las medias. La caída desbarata las costuras y araña mis piernas, pero la abuela no protesta. Me lleva en brazos hasta su cama de hierro, cambia los retales por un camisón crujiente y me pasa un huevo por agua para calmar la pena.

 

Cumplo quince años. Ando abstraída con la fuerza de Manolo que alardea de hombría arrastrando un seiscientos con una cuerda atada a la cintura. Mi vecino se mocea luciendo el torso pelado y un flequillo tapando los ojos y la vergüenza. Cuando silba, me apresuro a la habitación de la abuela que es la única que da a la calle. Ella me abre y se siente en la mecedora mientras yo curioseo por los visillos. -Anda, acércate a lo de Marieta a por tres onzas del blanco- me dice sacando unas monedas del delantal, sin despegar los ojos de la costura. Y yo vuelo escalera abajo, para hacerle el recado y cruzarme con Manolo que se sopla el flequillo y me espera en la esquina para contarme su última hazaña. Tres años después, nos casamos. Él, mostrando galones de marinero novato y yo, paseando orgullosa las filigranas de la abuela, que no cesa de ahuecarme el velo y espantar las moscas.

 

Invierno del 68. Nace mi tercera hija y nos trasladamos a la capital. La abuela se niega a acompañarnos alegando tareas pendientes que le llevarán tiempo. Se afana, me cuenta Manuela, en deshacer los vestidos olvidados en roperos y transformarlos en muñecas de tafetán, gasa y piqué, con las que nadie juega. Las recuerdo en visitas posteriores, todas reclinadas sobre la cama de hierro, por estricto orden de llegada. La más antigua, me alcanza a la cintura. Es estrecha y suave, con la boca torcida y la nariz respingona y se parece a Manuela cuando se enfada y pasea su arrogancia por los pasillos. Luego llegan las copias de Marieta, con el delantal a cuadros y los rizos desordenados y las tres bisnietas y las vecinas del barrio y así, hasta que cose la última, la mía y me la regala un mayo florido para festejar mis treinta y cinco, coincidiendo con la celebración de su setenta cumpleaños. Tiene la sonrisa bordada y los ojos de botón y la viste a conciencia con los mismos encajes que cubren sus piernas cansadas. -¿Te gusta?- me pregunta arrugando las arrugas y desoyendo las súplicas de las biznietas para saquearla. -Es la más hermosa-, declaro retando al vecindario a rebatir mi criterio. Pero nadie dice nada. Ni tan siquiera Manuela, que se limita a servir la tarta con la sonrisa de medio lado y una luz distinta en los ojos.

 

Desde aquel día, cada mayo regreso para festejar nuestro cumpleaños. Hasta hoy  martes, alarmada por Manuela, que no deja de repetirme lo extraña que es la enfermedad que la mantiene ausente.

 

-¡Qué haces ahí mirándome como un pasmarote!– me reprocha, de repente, despertando las manos –anda y ve a buscar a tu hermana, que hoy toca medir las telas– y se afana en remover los trapos del cesto que custodia a su lado, sin soltar la muñeca.

Manuela acude al instante. Se coloca a su espalda, la abraza despacio y apoya la cabeza sobre el hombro izquierdo. Yo me rindo en su regazo. Nos miramos.

-Ves Manuela –declara guiñándome un ojo y utilizando sus tretas- por ser la mayor, te concedo el privilegio de doblarle el vuelo a tu hermana-.

Miro mi muñeca, la más hermosa del mundo y aprieto las manos de mi abuela Lola. Radiante, seductora. Le deseo feliz cumpleaños y contengo la risa encogiendo los hombros. 



Relato Corto. Taller de Escritura. 18 de abril de 2009.

(En esta ocasión, el ejercicio consistía en trabajar el tiempo y contar la vida de alguien a través de algunos momentos clave para definir al personaje)


La foto es de Amaya Blanco

http://www.fotolog.com/ranmma/36272244

Un solete de criatura que me ha permitido transformar el viento en el vértigo de los recuerdos...



miércoles, 15 de abril de 2009

EL ESCÉPTICO


La maté. Ignoraba que fuese irreversible.


(Ejercicio para la tercera clase de escritura creativa en FNAC. De la serie, tres micros, tres crímenes)

La obra pertenece a la artista holandesa Madelon Vriesendorp. Exposición antológica en el Museo Suizo de Arquitectura -Basel-. Para saber más, no duden en consultar el magnífico artículo que le dedica Pedro Alarcón en su blog

http://florescaras.blogspot.com/2009/03/madelon-vriesendrop-gabinete-de.html